Lobos de mar

 

Pescador 01

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Descalzo el pie sobre la arena ardiente,
ceñida la cabeza de espadañas,
con una caña entre las verdes cañas,
que al Tajo adornan la famosa frente,
tiende sobre el cristal de su corriente
su cuerda el pescador, y por hazañas
tiene el sufrir que el sol por las montañas
se derribe a las aguas de occidente.

Así comienza Lope de Vega su poema Descalzo el pie sobre la arena ardiente y uno siente que está hablando, a través del tiempo, de los últimos pescadores de la isla griega de Paros. Muchos de los que por aquí pasan saben de mi debilidad por los retratos, debilidad que excede el mero marco artístico y que se adentra en lo que suelen decirme (o, dicho con mejor tono, con lo que suelo ver) esos rostros que me miran desde la imagen. Ya he hablado aquí de los trabajos de Steve McCurry, Jay Weinstein, Michael Ackerman o de Jan Banning; a los que hoy sumo un nuevo nombre. Copio del sitio web donde se encuentra este trabajo que he encontrado ahora:

Christian Stemper es un fotógrafo que, desde 2010, ha estado documentando a los últimos pescadores individuales restantes y sus barcos, en la isla griega de Paros. El documental fotográfico LUPIMARIS está dedicado a la historia, las historias y los rostros de los pescadores griegos y sus tradicionales y coloridos barcos de madera.

La mitad de los barcos que fueron fotografiados en 2010 ya no existen: destruidos, abandonados o vendidos a turistas. Debido a que ya nadie quiere convertirse en pescador, las embarcaciones de pesca tradicionales están muriendo y, por lo tanto, también lo hace una tradición milenaria. Son los últimos de su tipo y están en estado de extinción.

No hay mucho que agregar. Cuando un trabajo habla por sí mismo lo único que uno puede agregar es un lugar común, o dos, a lo sumo. Dejo a continuación una breve galería con fotos que parecen iguales pero que, sin duda, no lo son. Todas hablan o vibran en diferentes frecuencias, las que son, al mismo tiempo, armónicas. La humanidad subyace en esos retratos y todos estamos reflejados en ellos.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic en una de ellas. Pueden ir al sitio oficial del documental, aquí.

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La máscara de nosotros

 

Entramos a un comercio, el dependiente nos saluda amablemente y salimos de allí con lo que fuimos a buscar. Nos cruzamos en la calle con un conocido y cruzamos saludos casuales sin detener la marcha. Llegamos a casa y abrazamos a nuestras parejas y besamos a nuestros hijos o a nuestros padres y nos sentamos a comer todos juntos. Nos miramos al espejo mientras nos lavamos los dientes y una cara conocida nos mira desde el fondo de ese mismo espejo…

 

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Aunque, en sus inicios, estuvieron asociadas al culto religioso, las máscaras griegas luego formaron parte de las actividades artísticas desarrolladas con el teatro. Se usaron por primera vez por el dramaturgo Tepis, como un elemento para caracterizar a los personajes que escenificaban dramas de política, religión o de la vida cotidiana dentro de una obra. Generalmente, las máscaras utilizadas eran de naturaleza inmóvil, es decir, con una mueca fija de tragedia o risa. Así, dentro de una misma obra, los actores en escena podían interpretar varios personajes o variar sus rostros para cambiar el estado de ánimo de alguno de ellos e, incluso, demostrar el rango de un rol.

Las representaciones teatrales de la cultura griega se diferenciaron por tener tres estilos diferentes, los que influían en los tipos de máscaras. Las máscaras de la comedia soliendo ser toscas y ridículas, se construían con una sonrisa, deformando los gestos o los rasgos del personaje; en cambio, las de la sátira, eran más fantásticas y con fisonomías zoomorfas, por ser un género más divertido; mientras, que las de la tragedia, representaban diversos personajes, como jóvenes, viejos o mujeres, que una manera muy trágica o severa, sin abandonar la belleza que las caracterizaba, dándole un toque especial al espectáculo. Así que además de su capacidad de hacer resonar la voz del actor, las máscaras griegas permitían al espectador identificar a cada uno de los personajes dentro de un drama. Sin duda una buena herramienta.

 

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Si nos adentramos por un segundo en la etimología, vemos que la palabra «máscara» nos llega desde el árabe «más-hara» y ésta de «sáhara» (el burló) y de «sahir» (burlador). En suma: una ficción, una impostura, un ardid para burlar la realidad. Pero más me interesa la etimología de la palabra «persona», que proviene del latín persona, la cual no era otra cosa que la máscara que se usaba en el teatro. Somos, entonces, y en tanto personas, una máscara constante, una representación de lo que realmente somos. Y eso no está nada mal, claro que no; vivir en sociedad no significa someter a los demás a nuestros caprichos (lo que ocurriría si nos despojáramos en toda máscara, si pudiésemos hacer tal cosa, además); sino conducirnos en el límite justo entre una máscara y la otra. Lo suficiente como para que esa cara que nos mira desde el fondo del espejo no nos avergüence en ningún momento.

 

Antes y ahora.

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Léucade es una isla del mar Jónico, cerca de Corfú, famosa por su promontorio desde el cual se precipitaban al mar los infortunados amantes que querían curarse de su pasión y borrar el recuerdo de sus penas. Venus, que añoraba a Adonis y lloraba su muerte sin cesar, recurrió a la ciencia de Apolo, dios de la medicina, que le aconsejó que realizase el salto de Léucade. Obedeció la diosa y quedó en extremo sorprendida al ver que salía de las aguas tranquila y consolada.

Este remedio era reputado como infalible. La gente acudía a Léucade desde alejadas regiones. Preparábanse todos por medio de sacrificios y ofrendas y se comprometían por medio de un acto religioso, persuadiéndose de que con la ayuda de Apolo sobrevivirían al peligroso salto y que desterrando para siempre las cuitas del amor recobrarían la calma y la felicidad.

No se sabe quién fue el primer mortal que siguió el ejemplo de Venus, pero consta que no hubo mujer alguna que sobreviviera a tal salto y que solo algunos hombres pudieron resistirla, entre otros el poeta Nicóstrato.imagen016

Viendo los sacerdotes de la isla que caía en desuso este remedio, peor, en efecto que el mal, arbitraron un medio de hacerlo menos peligroso. Con una red de hilos hábilmente tendidos al pie del peñasco, impidieron que los amantes pudieran causarse mal alguno en la caída y además, con barcas dispuestas a su alrededor, los recogían al momento y les prodigaban los cuidados oportunos. Más tarde, finalmente, y como los que acudían al Léucade creyeran insuficientes tales precauciones, se compensaron del salto fatal arrojando al mar desde lo alto del promontorio un cofre lleno de plata. Los sacerdotes cuidaban que nada se perdiera y la ceremonia se daba por cumplida a satisfacción de todos.

Humbert, J. Mitología Griega y Romana. (pp. 263/264)

Como todos sabemos, no hay nada nuevo bajo el Sol, y si queremos saber cómo son las cosas en la actualidad bien podemos mirar hacia atrás y ver qué es lo que nos ha enseñado la historia. El hecho puntual, no carente de gracia matizada por el paso de los años, de la actitud tomada por los sacerdotes que cuidaban la famosa roca, nos hace ver con menos gracia la actitud actual de todas -o casi todas- las iglesias modernas. Y para ser equilibradamente críticos, no debemos olvidar a quienes son los que buscan, si no el salto de Léucade, al menos a sacerdotes que los curen de diversos males o que les prometan la cura de éstos por toda la eternidad. Para estas personas siempre tengo presentes las palabras de José Ingenieros:

Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas. Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un pelele hueco; por eso, para conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las que afirman la existencia del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Esa aritmética de ultratumba le permite disfrutar más tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y los virtuosos la religión y la moral pueden correr parejas; en los hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los mandamientos.”

Ingenieros, José. El Hombre mediocre. (p. 91)

Fortuna de la «Y»

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Leo a Michel Onfray en su Las sabidurías de la antigüedad, luego de un párrafo donde nombra a varios filósofos y poetas de la Grecia antigua y sus diversos análisis: «Como eco a estas clasificaciones, los filósofos disertan sobre la «Y» jónica (pues en Asia Menor la «Y» corresponde a la épsilon de Grecia continental) por lo que tiene de simbólico: dos brazos, dos posibilidades, una elección, un empalme, una bifurcación. La letra propone un símbolo, un medio mnemotécnico, un recordatorio, un recurso filosófico; en el punto de unión, todavía parece todo posible, pero más allá se perfilan dos direcciones, con la consecuencia de separaciones cada vez más manifiestas. Al comienzo, nada es neto ni tajante; luego, a medida que se avanza, la diferencia se hace cada vez más clara; finalmente, dos universos…»

Nunca había visto a la Y de esta manera. Muchas veces los símbolos tienen un significado intrínseco (sobre todo en la matemática), otras veces nada significan, más allá de los convencionalismos que le atribuimos. Pero como bien dice Onfray, la letra propone un símbolo. En ese sentido, al menos, la Y parece tener personalidad propia.