Cada uno es lo que es…

 

Thoreau 103

 

De mi adorado Thoreau, dos notas tomadas de sus diarios que se encuentran íntimamente relacionadas. ambas son de 1840 y sólo las separan diez días. La primera es del 1 de julio, la segunda, del 11:

«Ser un hombre es hacer el trabajo de un hombre. Nuestro recurso es siempre el esfuerzo. Podríamos decir perfectamente que nuestros esfuerzos son un éxito. El esfuerzo es la prerrogativa de la virtud. La tarea recompensa al trabajador, no el patrón. La laboriosidad es su propio salario. no dejemos que nuestras manos pierdan un ápice de su destreza afanándose por una mezquina recompensa, pues sabemos que nuestro auténtico esfuerzo no puede verse frustrado, ni nuestras ganancias escatimadas salvo por no habérnoslas ganado».

«El hombre determina lo que dice, no las palabras. Si una persona mediocre usa una máxima sabia, me parece que no puede interpretarse de otra manera que aplicándola a su mezquindad, pero si un sabio hace una observación manida, tendré en cuenta qué interpretación más amplia admite».

En pocas palabras: la dignidad del hombre está en sus propias manos y de nada ni de nadie más depende. La segunda cita expande este concepto al trabajo intelectual; de allí que haya considerado que ambas estaban íntimamente relacionadas. Esto no es más que otra idea recurrente en este sitio: la idea de la responsabilidad personal de cada uno de nuestros actos y de nuestros pensamientos. Somos lo que somos por nosotros mismos y a nadie podemos culpar por ello. Si estamos conformes con lo que somos, pues estupendo; si no, pues será cuestión de poner manos a la obra.

 

Thoreau 100

Thoreau, el taoísta

 

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El Tao Te King comienza con estos versos, bastante enigmáticos para los occidentales, pero para nada contradictorios para los nacidos por allá, por el lejano oriente:

El Tao que puede llamarse Tao
no es el verdadero Tao.
El nombre que se le puede dar
no es su verdadero nombre.
[…]
Su identidad es el Misterio.
Y en este Misterio
se halla la puerta de toda maravilla.

 

Todo el libro de Lao Tsé se maneja en esos términos. Parece (sigo siendo un hombre occidental y cada vez que lo leo debo hacer un esfuerzo consciente para dejar de lado mis prejuicios de lectura y comprensión, cosa que cada vez que me acerco a este volumen me cuesta menos, pero que nunca pude erradicar del todo) que nos está diciendo algo de manera clara y directa y de inmediato nos sacude con un pensamiento paradójico. Ahora, leyendo (releyendo, éste es otro al que vuelvo una y otra vez) a Thoreau, me encuentro con estas palabras:

«Veo, huelo, gusto, oigo ese Algo al que estamos unidos y que es al mismo tiempo nuestro hacedor, nuestra morada, nuestro destino y nosotros mismos; la única verdad histórica, el hecho más notable que puede ser el tema preciso y no solicitado de nuestro pensamiento, la verdadera gloria del universo, el único hecho que un ser humano no puede dejar de reconocer ni en cierto modo olvidar, ni del cual puede prescindir». Thoreau, Diario íntimo (Dreiser; 1980, p. 76. La cursiva es mía).

¿Qué es ese Algo para lo cual Thoreau no encontró otra palabra con la que poder explicarse? Algo. Me atrevo a decir que ese pronombre indeterminado con mayúscula no es otra cosa que el Tao; ese otro gran indeterminado que nos viene del oriente. Thoreau luego se embarca en un intento infructuoso (como todo intento de querer transmitir lo intransferible) que sólo nos acerca a lo que quiere decir. Thoreau nos habla de la naturaleza sin poder usar más que metáforas; porque, en definitiva, el Tao que puede llamarse Tao / no es el verdadero Tao.

 

Tato

Thoreau, interpelándonos

ThoreauHay autores que se nos vuelven imprescindibles. Cada uno tendrá los suyos, claro está; cada cual obtendrá lo que busca de diferentes fuentes e, incluso, de diferentes maneras. Lo bueno de esto, también, es que si no nos quedamos quietos, esos autores nuevos aparecerán en el horizonte y nos acompañarán a lo largo de este nuevo camino. Otra cosa interesante es que esos autores imprescindibles en realidad sólo lo son por un rato y eso no está mal; eso significa que crecemos con ellos y que luego nos sueltan la mano para que sigamos camino solos. Ésa es la idea de todo buen maestro, después de todo.

Henry David Thoreau es uno de los últimos que ha llegado a casa y que se ha instalado cómodamente, con la intención aparente de quedarse por un buen tiempo. Ha sido más que bienvenido, claro está, y he aquí un par de citas —de las muchas, muchísimas que podría compartir— por las cuales se lo trata como a uno más de la familia.

 

«Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente; enfrentar solo los hechos de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Quise vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida… Para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido». La primera de ellas es casi personal, aunque puede (y debería) ser considerada en un sentido general. Simple, directa y necesaria. Por supuesto, nadie dice que hay que abandonar todo para irse a vivir al bosque, no hay que  ser tan dogmático; pero aplicar este modo de vida a nuestra realidad actual sí es posible. digamos que podríamos intentar el camino opuesto: ¿Por qué no transformar nuestra realidad en un bosque?

 

 

Henry David Thoreau (9)

 

«La ley jamás hizo a los hombres un ápice más justos; y, en razón de su respeto por ellas, incluso los mejor dispuestos se convierten a diario en agentes de la injusticia». El mejor ejemplo de este tipo de actitud lo tenemos, por regla general, en la religiones, donde personas con un buen criterio moral terminan haciendo lo incorrecto porque «Así lo manda la ley». Pero no es el único ámbito, por supuesto, en todos lados se cuecen habas, como dice el dicho popular. Hace un par de días, una mujer arroja a un ciego fuera del vagón del metro porque éste era exclusivo para mujeres. Pueden ver el video de sólo quince segundos aquí, a modo ilustrativo de lo que la gente entiende por «ley» en lugar de por «moral».

«¿Es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre? Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que derivan el que a él le cabe y su autoridad, y, en consecuencia, le dé el tratamiento correspondiente». Por último, una cita que nos viene bien a todos, independientemente del país en que vivamos. La democracia, hoy, es un sistema que ha dejado de funcionar de manera adecuada, por lo tanto, es necesario modificarlo o, directamente, cambiarlo. Si Thoreau sabía esto hace ciento setenta años ¿Cuál es nuestra excusa ante nuestra ceguera?

 

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Aprender a morir

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Vuelvo a leer a Henry David Thoreau y su Colores de otoño; libro que vuelvo a recomendar a todos aquellos que disfrutan con la naturaleza (ni todos los libros ni todos los paisajes son compartibles; lo sé). En él encuentro un fragmento (otro) por demás notable. Thoreau torna su mirada sobre un hecho casual —las hojas caídas en bosque— y saca de ella una magnífica enseñanza filosófica. Ambos hechos son dignos de ser imitados: el de saber ver más allá de lo evidente y el de entender que estamos aquí de paso y, por ello mismo, reír.

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Dice Thoreau:

“¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos”.

Esto me hizo pensar en la muerte bien entendida, en aquella máxima de María Zambrano que dice “la filosofía es una preparación para la muerte” cuando vuelvo al libro y Thoreau me dice:

“Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. […] Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir”.

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¡Pues eso mismo! Las hojas de otoño nos enseñan a morir; nos enseñan que la muerte, además de inevitable, no es más que un paso de un estado a otro y que debemos aceptarlo con humildad, “ligeros y juguetones”, para así desfilar en paz hacia “nuestra última morada”.

Confluencia

Remedios Varo - La huida

Remedios Varo – La huida

Más que leo, me deleito con ese amigo entrañable que es, para mí, Heny David Thoreau. Un pequeño volumen titulado Colores de otoño está haciendo que estas tardes de lluvia moreliana se vuelvan casi irreales de tan bucólicas (la lluvia lleva aquí más de un mes; si por mi fuera, que no se vaya nunca). Thoreau camina por su bosque en otoño y toma nota de todos los colores de las hojas que crujen bajo sus pies. Llega a su bote y lo encuentra alfombrado con ellas y decide no quitarlas de allí. Las acepta como una esterilla apropiada para el fondo de mi carruaje. Más adelante me encuentro con esta descripción:

“Por la tarde de aquel día, cuando las aguas están perfectamente calmas y llenas de reflejos, remo con suavidad por el brazo principal y, río arriba por el Assabet, llego a una caleta silenciosa, donde inesperadamente me veo rodeado por millares de hojas, como si fueran compañeras de viaje con el mismo propósito, o falta de propósito, que yo. Miren a esa gran flota de hojas-barco dispersas entre las que remamos por la bahía de este río plano, cada una de ellas curvada hacia arriba gracias al talento del sol, cada nervadura rígida, como las canoas de piel, con todos los posibles dibujos, algunas con proas y popas elevadas, como los majestuosos navíos de la antigüedad, que avanzaban despacio sobre las aguas mansas”.

¿Dónde vi antes a estas embarcaciones? Me pregunté sabiendo que en algún sitio había visto estas hojas que describe Thoreau. El nombre no tardó mucho en llegar: Remedios Varo. La huida es el cuadro en el que estaba pensando cuando leí ese fragmento; pero luego encontré algunos más con una idea que también puede adjuntarse aquí. Me gustó ese encuentro casual entre Thoreau y Remedios Varo; entre el realismo puro de uno y el surrealismo romántico de la otra.

Tomo nota, también, de una frase que Thoreau deja como al pasar, pero que me parece de una lucidez digna de ser destacada: “[…] como si fueran compañeras de viaje con el mismo propósito, o falta de propósito, que yo”. Toda una declaración de principios. ¿Tiene sentido nuestra vida o no lo tiene? Bueno, diría Thoreau; todo depende de lo que hagas con ella. O de cómo mires a las hojas secas que están a tu alrededor…

El arte siempre habla en voz baja; sólo hay que estar atentos a lo que susurra.

Remedios Varo - El hilo invisible

Remedios Varo – El hilo invisible

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Remedios Varo - Hallazgo

Remedios Varo – hallazgo

Pueden ver en mayor tamaño a La huida, aquíEl hilo invisible, aquí; y Hallazgo, aquí.