Sangre preciosa.

Cordero

“Porque ya sabéis que no con cosas corruptibles, como oro o plata que fuisteis rescatados de la vana manera de vivir cual recibisteis de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Cristo, un cordero sin mancha y sin defecto. Fue elegido antes de la creación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”. 1 Pedro 1:18.

Estaba en Zinapécuaro, estado de Michoacán, preparando la clase que iba a dictar unos minutos después cuando mi mirada se detiene en una de las paredes del patio interior de la Casa de la Cultura. En ella hay colgada una imagen de un niño Jesús crucificado; a los pies de la figura una cinta lleva la inscripción “Diosito ayúdanos, plis” (Sic).

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No voy a entender nunca esa repugnante costumbre cristiana de andar sacrificando inocentes. Desde las matanzas indiscriminadas del diosito padre del antiguo testamento hasta las históricas y actuales crueldades del presente (las cuales no se hacen ver a través de la espada directa y evidente, sino por medio de dogmas arcaicos y estúpidos como la negativa a la educación sexual y la negativa al uso de métodos de protección sexual. Por cierto, no hay que olvidar, tampoco, la interminable lista de abusos infantiles que la propicia y efectiva publicidad que el nuevo Papa le está dando a la iglesia católica ha borrado de la primera plana de los periódicos y de todos los medios de comunicación) el cristianismo ha sentido un enorme placer en el sacrificio de aquellos más indefensos. Mujeres, ancianos, niños, animales y hombres que nada habían hecho (o que si algo habían hecho deberían haber sido castigados de manera equilibrada con respecto al delito que hubieran cometido) fueron y son masacrados por la saña de un dios degenerado y por la no menos degenerada clase sacerdotal que tenemos que sufrir hasta el día de hoy. Tal como se cuenta en Josué 10:11, cuando el mismo Dios en persona arroja piedras desde el cielo para matar a todos aquellos que escapaban de una matanza indiscriminada. Como siempre, como en la pared de un pueblo en el México profundo o en la sangre de un cordero que muere sólo para deleite de un dios carnicero; nunca voy a entender esa repugnante costumbre cristiana de andar sacrificando inocentes.

“Y sucedió que mientras huían delante de Israel, cuando estaban en la bajada de Bet-horón, el Señor arrojó desde el cielo grandes piedras sobre ellos hasta Azeca, y murieron; y fueron más los que murieron por las piedras del granizo que los que mataron a espada los hijos de Israel”. Josué 10:11