Si alguno se levanta y grita…

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El otro día, dos amigos de la casa, Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro, charlaban sobre sus escritos y sobre las críticas que estos recibían y aprovechaban para burlarse de los infaltables débiles de espíritu o, de manera más directa, de los hipócritas. Bueno, la charla (a través de la red social de la época: la carta) está fechada el 9 de junio de 1508, pero el tema tratado parece sacado de la semana pasada, lo cual demuestra que no hay nada nuevo bajo el sol. La humanidad ha sido siempre la misma y, por lo que podemos deducir de ello, siempre lo será. Tal vez las diferencias sean de grado (que hoy se tenga la sensación de que hay más gente delicada, que no soporta una crítica o un comentario que no les es favorable no significa que esta falta de tolerancia sea mayor en sí, sino que, simplemente, que son más los que acceden a los medios para exponerse). El fragmento que sigue (dirigido de Erasmo a Moro) lo sintetiza bien:

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Tomás Moro – Erasmo de Rotterdam

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«Por lo que se refiere al reproche de causticidad, responderé que el escritor ha sido siempre dueño de satirizar las condiciones de la vida humana, con tal de que su licencia no degenerase en frenesí. Me admira la delicadeza de las orejas de nuestros días; apenas si pueden admitir los títulos aduladores. Se ven personas que entienden tan al revés la religión, que las más horribles blasfemias contra Cristo le chocarían menos que una ligera broma acerca de un papa o de un príncipe, sobre todo si en ello «les va el pan». Pregunto yo: criticar a la especie humana sin atacar a nadie individualmente, ¿es morder? ¿No es más bien instruir y aconsejar? Además, ¿no me critico yo mismo bajo muchos aspectos? Y, sobre todo, cuando el satírico no perdona a ninguna clase social, no puede sostenerse que él quiera vejar a ningún hombre, sino a todos los vicios. Por lo tanto, si alguno se levanta y grita que está herido, él mismo descubrirá su culpabilidad, o por lo menos, su temor».

No.

En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper señala la paradójica relación entre la tolerancia y la intolerancia. Encontré este cartón magnífico que lo sintetiza en apenas tres viñetas y que me eximirá de tener que citar largos párrafos del libro:

Intolerancia (1)

Traigo esto en relación a cuatro hechos que han ocurrido recientemente: por un lado las revueltas raciales en los Estados Unidos, en especial en Charlottesville; la amenaza de Trump a Venezuela; el fraude electoral en Argentina y el atentado de ayer en la Rambla barcelonesa.

No voy a tocar cada uno de estos puntos por separado, ya que eso implicaría una extensión excesiva; pero sí voy a tratar en conjunto a lo que subyace en todos estos temas: la intolerancia. Todos los que suelen pasar seguido por aquí saben que uno de los temas recurrentes en este sitio es el otro; y ello se debe a que el ataque que está sufriendo el otro (es decir, todos nosotros) es cada día más abierto, más brutal y, sobre todo, global, y no podemos ni debemos quedarnos de brazos cruzados ante ello.

Intolerancia (2)-horz

Vuelvo al tema central de la intolerancia: aquí tenemos los dos aspectos en plena ebullición de esa paradoja que destaca Popper. Quienes han llevado adelante estos ataques, amenazas y fraudes son los que Popper (y todos nosotros en pleno uso de nuestra capacidad lógica) llama intolerantes y son quienes se escudan en nuestra tolerancia para actuar. Nosotros, por el contrario, somos los tolerantes que ya debemos dejar de serlo, no para convertirnos en ellos, sino para combatirlos. No importa de qué estemos hablando: política, sociedad o religión; ante el intolerante, cero complacencia.

Dice Popper (p. 379): “Pero de todos los ideales políticos quizás el más peligroso sea el de querer hacer felices a los pueblos. En efecto, lleva invariablemente a la tentativa de imponer nuestra escala de valores «superiores» a los demás, para hacerles comprender lo que a nosotros nos parece que es de la mayor importancia para su felicidad; por así decirlo, para salvar sus almas. Y lleva al utopismo y al romanticismo. Todos tenemos la plena seguridad de que nadie seria desgraciado en la comunidad hermosa y perfecta de nuestros sueños; y tampoco cabe ninguna duda de que no sería difícil traer el cielo a la tierra si nos amásemos unos a otros. Pero como dijimos antes, la tentativa de llevar el cielo a la tierra produce como resultado invariable el infierno. Ella engendra la intolerancia, las guerras religiosas y la salvación de las almas mediante la Inquisición”.

Intolerancia (4)

Creo que podemos relacionar este asunto con el que tratamos ayer: la ignorancia generalizada. Ella es, después de todo, la que acepta a los grandes salvadores, a los héroes, la que se pliega al culto a la personalidad; y es por eso que tenemos a todos estos ignorantes haciendo gala de intolerancia suprema en todos los medios y, lo que es mucho peor, jodiendo a medio mundo.