Una pequeña huella dactilar en Croacia

Cuando me enteré de la existencia de esta pequeña isla, abrí mi Google Earth y busqué su ubicación exacta. De allí tomé la siguiente foto, de allí su pobre calidad:

Isla 01

Luego me alejé un poco y tomé la siguiente. La pequeña isla, claro está, es la que se encuentra centrada en la imagen:

Isla 02

Ahora, vamos a lo que encontré: Sin llegar a la profusión griega, Croacia cuenta con 79 grandes islas, más de 500 islotes menores y otros 642 pequeños peñones y rocas que cubren un área de unos 3.300 kilómetros cuadrados. Una de esas pequeñas islas es Baljenac situada al sur de país, y que forma parte del archipiélago de Šibenik.

Isla 03
Apenas tiene una longitud de costa de 1.431 metros y está deshabitada; pero recientemente Croacia solicitó su inclusión en la lista de lugares Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. La razón es que toda la isla está cubierta por una antigua red de muros bajos de piedra, que en total suman unos 23 kilómetros de longitud, formando una especie de retícula que hace que, desde el aire, parezca una huella dactilar humana. Los muros están construidos sin ningún tipo de mortero o cemento, simplemente amontonando y encajando las piedras unas sobre otras. Se levantaron para separar los campos de cultivo, las viñas y los olivares, al tiempo que para protegerlos del viento.

Isla 04
Los constructores fueron los habitantes de la cercana isla de Kaprije, que llevan explotando la zona desde tiempos antiguos y todavía continúan haciéndolo. En Kaprije, que a día de hoy tiene una población de apenas 150 habitantes y en la que están prohibidos los coches, y otras islas del archipiélago también existen zonas cubiertas de estos muros, pero Baljenac destaca precisamente por presentar la mayor concentración de ellos.

Hay también un bonito y breve video, el que pueden ver aquí.

Polaroids VI

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XVII.

Reviso mi blog en busca de un par de entradas específicas. Encuentro textos que no recordaba haber escrito y los leo como si fuesen de otro. Algunos me gustan, otros no tanto. Encuentro, también, otras polaroids y me doy cuenta de que todo el sitio no es más que una serie de polaroids Cada entrada es un pequeño fragmento de lo que fui.

XVIII.

Aunque estábamos en una isla, para ir a la playa había que ir a la isla que estaba enfrente. Las lanchas iban y volvían de manera constante, así que eso no era un problema. Lo que sí era un problema era que en esa isla no había nada más que eso; así que si uno tenía hambre o sed sólo podía bajar un coco de una de las palmeras. Cuando no había cocos en la arena había que subir a buscarlos, cosa que yo nunca pude hacer. Quien lo hacía con sorprendente eficacia era el colombiano. Pequeño y ágil, subía veloz y seguro y desde allí arriba dejaba caer los cocos verdes. Yo, que era un inútil perfecto para trepar hasta esas alturas, era muy bueno recibiéndolos sin dejar que reventaran contra las rocas o las raíces que sobresalían por todos lados.

XIX.

Me elevo en el aire. El mar se aleja bajo mis pies y sólo me rodea el aire y el silencio. Primera reacción: reír como un niño (el que en algunos momentos soy y el que no quiero dejar de ser). Segunda reacción: dejar de pensar y permitir que el entorno se apodere de mis sentidos. La lancha que tira de mí y de mi paracaídas multicolor gira y se adentra en el mar. Más silencio, si es que eso es posible.