La mirada inocente.

Full title: The Annunciation, with Saint Emidius Artist: Carlo Crivelli Date made: 1486 Source: http://www.nationalgalleryimages.co.uk/ Contact: picture.library@nationalgallery.co.uk Copyright © The National Gallery, London

 The Annunciation, with Saint Emidius, Carlo Crivelli. 1486

Estoy seguro de que una gran parte del misterio que perdura en las obras maestras del Renacimiento en la National Gallery se debe a la ausencia del material explicativo que ahora drena gran parte de la extrañeza y la poesía de los viejos maestros. Me gustó mirar a la Anunciación de Crivelli encantado por los pavos reales, las hogazas de pan y los otros artículos incongruentes. Ver al transeúnte leyendo un libro sobre el puente y a la Virgen en su casa que parece un alhajero. Me vi obligado a usar mi propia imaginación para unir estos elementos en una narrativa maestra que le diera algún tipo de sentido en lugar de leer un texto en una tarjeta en la pared  lateral donde se dice solemnemente que el pavo real es un símbolo de la vida eterna. ¡Dios nos libre! Es mejor dejar que la exquisita ave sea lo que es; nada más ni nada menos una referencia a sí misma. ¿Qué podría ser más natural y más misterioso que un pavo real y una barra de pan que aparece justo en la escena para celebrar el próximo nacimiento del Salvador?

J.G. Ballard, Milagros de vida. Autobiografía.

Leer a J.G. Ballard sigue siendo una buena costumbre. Comencé a leerlo en mi adolescencia, cuando sumaba páginas y páginas de ciencia ficción entre otras lecturas varias. Con el paso del tiempo me decanté por sus textos biográficos y ensayísticos, los cuales sigo prefiriendo. Ballard es uno de esos autores que nos permite acceder a sus textos una y otra vez con la certeza de que siempre encontraremos algo nuevo en esas palabras. La cita de hoy es sencilla, pero aún así se abre en un abanico de referencias, interpretaciones y comentarios que nosotros mismos podemos sumar, agregar, glosar al texto original En cierta manera, Ballard nos permite o nos invita a crear a partir de su lúcida mirada sobre una antigua obra de arte. Volver a mirar con inocencia y exigiéndonos el encontrar el sentido de lo que se nos presenta sin necesidad de tanta información como la que tenemos hoy. Tal vez el sentido que le encontremos a la obra no sea el “correcto” (si es que tal cosa existe), pero sí podemos asegurar que ese sentido será el nuestro; lo que tal vez sea, en definitiva, lo más importante que podamos encontrar.

Los elefantes y el consomé.

Elephant

El surrealismo me ha parecido, desde siempre, una fuente inagotable de placeres de todo tipo, tanto en pasivo (limitándome a ver sus obras y nada más) como en activo (dejándome llevar por sus ideas y viendo hasta dónde uno puede llegar con ellas). También hay un tercer tipo de relación, que aúna a los dos anteriores; el cual es la lectura de algunos autores que hayan analizado o jugado con el surrealismo (J. G. Ballard es uno de los mejores; Salvador Dalí es otro de los grandes). Georges Perec, representante ilustre de ese grupo inclasificable que fue Oulipo y quien se salió del paréntesis para hacer acto de presencia por separado, es otro a tener en cuenta. De él dejo este juego, esta propuesta; la cual, si nos dejamos llevar un poco más allá de lo obvio, veremos que nos permite adentrarnos en terrenos que pueden ser muy interesantes y creativos.

Georges Perec: Reflexionar sobre estos dos pensamientos muy brillantes (complementarios, como es el caso):

 A menudo pienso en la cantidad de carne de vacuno que se necesitaría para convertir el lago de Ginebra en consomé. (Pierre Dac, L’Os à moelle)

Los elefantes son generalmente dibujados más pequeños que su tamaño real; pero una pulga, siempre más grande. (Jonathan Swift, Los pensamientos sobre diversos aspectos).

Son así, de veras.

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—Hay una tarjeta postal de tu madre. Están cerca de Malta, en un lugar llamado Gozo.
—Dámela —Maitland palpó la tarjeta con las manos—. Gozo… la isla de Calipso.
Retuvo allí a Ulises durante siete años y le prometió juventud eterna si se quedaba con ella para siempre.
—No me sorprende —Judith se inclinó mirando la tarjeta—. Si tuviéramos tiempo tú y yo deberíamos ir allí a pasar unas vacaciones. Mares oscuros como el vino, un cielo paradisíaco, rocas azules. Felicidad.
—¿Azules?
—Sí. Un defecto de impresión, sin duda. No pueden ser así.
—Son así, de veras.
Todavía con la tarjeta en la mano, Maitland salió al jardín, guiándose por la baranda de cuerda. Mientras se acomodaba en la silla de ruedas pensó que había otras correspondencias en las artes gráficas. Las mismas rocas azules y las mismas grutas espectrales podían verse en La Virgen de las rocas, una de las pinturas más peculiares y más enigmáticas de Leonardo. La madona sentada en un arrecife desnudo, junto al agua, bajo el oscuro alero de la boca de la caverna, era como el espíritu soberano de algún encantado reino marino, aguardando a los que llegaban a las costas rocosas de ese extremo del mundo. Como en tantos de los cuadros de Leonardo, todas las ansias y terrores característicos se encontraban en el fondo. Allí, a través de un pasaje entre las rocas, se veían los acantilados azules que Maitland había vislumbrado en aquella visión.

J. G. Ballard. La Gioconda del mediodía crepuscular (fragmento).

Cuadro: La virgen de las rocas. (1483 – 1486) Leonardo Da Vinci.