Esta tierra que se agarra a mí

 

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Hace algunos años encontré en Argentina una edición de poemas de William Faulkner traducidos por Javier Marías que llevaba por título Si yo amaneciera otra vez. Recuerdo que mi amor por Faulkner no se vio mellado por no haberme gustado mucho su poesía (de la que luego el mismo Faulkner renegaría, si mal no recuerdo). Ahora me encuentro este poema —perteneciente a ese libro y que incluye el verso que le da nombre al volumen— que me pareció raro y maravilloso. ¿Será que los años o el camino recorrido han cambiado algo en mí (ya que no en el poema) y que ahora puedo atisbar algo más de lo que antes no veía? Sea como fuere, el poema y la imagen con la que ilustro la entrada (la cual tenía guardada para una ocasión especial, la cual resultó ser ésta) son lo que hoy soy yo; algo o alguien que pendula entre las rarezas y las maravillas y que no quiere dejar de hacerlo por nada del mundo.

 

SI HAY DOLOR, QUE SEA SÓLO LLUVIA

y ésta sólo dolor de plata por el dolor en sí,

si estos verdes bosques sueñan aquí para despertar

en mi corazón, si yo amaneciera otra vez.

 

Pero dormiré, pues ¿dónde hay muerte

mientras que en estas azules y soñolientas colinas de lo alto

tenga yo como el árbol mi raíz? Aunque esté muerto,

esta tierra que se agarra a mí me encontrará el aliento.

La cíclica historia de la humanidad

mediocridad

“Se ha acentuado la necesidad de destronar a quienes han subido demasiado alto, sólo que hay una enorme e hiperactiva porción del planeta que considera cualquier triunfo un exceso, por pequeño que sea. Esa necesidad siempre ha existido, y mucha gente aguardaba impaciente a que los ídolos se dieran el batacazo. La diferencia es que ahora esa porción enorme está agrupada y cree que no hay que esperar, que el batacazo lo puede provocar ella con el poderoso instrumento puesto a su disposición, las redes sociales”. Dice Javier Marías (a quien la academia debería darle su bien merecido premio y así dejarse de joder con experimentos sociales fallidos).

1064310José Ingenieros hace poco más de cien años (ciento tres para ser exactos), en su El hombre mediocre ya nos brindó las pautas a seguir si queremos evitar ese defecto: “Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde a la mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti, quedas inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño que te sobrepone a lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento”. 

La florida prosa de Ingenieros no debe hacernos perder de vista que ella contiene la esencia de todo lo que implica, luego de arduo y consecuente trabajo, poder alcanzar la excelencia en el campo al que hayamos decidido brindarle todos nuestros esfuerzos. Cansado de personas que pretenden elevar el relativismo cultural posmoderno a alturas de verdad revelada, pretendo seguir los pasos quienes han apuntado alto y nunca, jamás, abandonarme a la estupidez de pedir para mis palabras el estatus de verdad simplemente porque soy una persona y porque todo es opinión. Que el diablo se lleve al que piense así.

Monarquía sí, monarquía no…

 

Javier_MariasAcabo de leer en el blog de Javier Marías, escritor español por quien siento gran admiración y respeto, los siguientes párrafos: “Por mucho respeto que se le haya perdido en los últimos tiempos a la figura del Rey, creo que todavía es más respetado por parte de un país con tendencias iconoclastas de lo que podría serlo cualquiera que fuera elegido presidente de la República”. También: “Digamos que, siendo republicano de corazón, hace ya muchos años que, tal como es este país y tal como ha ido este reinado, creo que no está mal que haya una figura que tampoco interfiere realmente (en los asuntos de Estado), porque es verdad que el Rey reina pero no gobierna”. 

Debo reconocer que me resulta imposible imaginar la figura de un Rey y lo que ello implica para quienes viven y han vivido siempre bajo un régimen de ese tipo; si debo especificar una postura, evidentemente me declararía en contra de toda monarquía; pero insisto: no creo estar en condiciones de poder ser absolutamente objetivo sobre este tema. Es por eso que me gustaría saber la opinión de quienes por aquí pasan, sean o no españoles (incluso sería muy útil que especificaran desde qué país están hablando, para una mayor claridad).

Hace un tiempo un español que vive aquí desde su juventud explicaba que la figura del Rey “mantenía unida” a España. Según él, la figura del Rey Juan Carlos servía de nexo unificador para lo que de otro modo sería de inmediato una serie de reinos en disputa por su independencia. Si esto es así, podría halarse de un fuerte punto a favor del Estado monárquico. A su vez, se le ha dado amplia difusión al grupo de españoles que se reunió para pedir el fin de la monarquía (lo cual puede significar mucho, poco o nada; quienes saben la verdad y el peso de esas opiniones son los que viven allí).

Por otra parte, también, he oído que se habla del Rey Juan Carlos como de la persona que impide las investigaciones sobre los hechos ocurridos durante el franquismo. En este caso, si esto fuese verdad, se trataría de un evidente punto débil, es decir, la vieja y conocida “otra cara de la moneda”. Aquí sí que me animo a declarar mi intransigencia; como defensor de los Derechos Humanos no puedo menos que estar del lado de aquellos que han sido las víctimas de cualquier dictadura. De las víctimas y de sus familiares y de todos aquellos que busquen la verdad por más dolorosa o vergonzosa que fuere, porque este tema excede fronteras y tiempos históricos. No importa si es un dictador argentino, español, coreano, norteamericano o un delirante musulmán que secuestra jóvenes de una escuela para venderlas como esclavas.

En síntesis: que siento curiosidad por saber qué es lo que piensan ustedes de todo esto.

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Antes de irme quiero agradecer, como ya lo he hecho muchas veces en ocasiones anteriores, a Claudia Snitcofsky por esta imagen de Eneko y también por acercarme el enlace de ayer, esa magnífica fotografía en Siria.

Los libros de enero.

Una doceava parte de este 2013 ya ha quedado atrás y junto a la suma de sus días, también han quedado atrás algunos libros. Algunos de ellos de forma definitiva, otros, por fortuna, llegaron para quedarse.

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Diario de Golondrina, Amélie Nothomb. Hace ya varios años, y ante mi rechazo a leer a Colette, una amiga me preguntó qué había leído de ella. «La gata», fue mi respuesta, a lo que ella acotó «¡Pero es que empezaste por lo peor!». No sé si mi amiga tenía razón o no; la cuestión es que nunca pude darle una segunda oportunidad a Colette. ¿Me habrá ocurrido lo mismo con Amélie Nothomb? Ésta autora viene haciendo ruido desde hace un tiempo y la primera novela que leo de ella me ha dejado más bien frío. Está bien escrita, sin duda; pero con eso solo no alcanza. La historia es sencilla (un muchacho joven que, luego de ser abandonado por su novia se convierte en asesino a sueldo y que no puede sacarse de la cabeza la música de Radiohead) y está narrada en forma directa, demasiado directa. Nada de metáforas ni descripciones (salvo,obviamente, las que corresponden a los asesinatos). Los diálogos son entretenidos pero obvios (un asesino a sueldo que habla cínicamente, vaya novedad). Hay un par de asuntos que quedan sin explicar, lo cual no es trascendente pero le darían algo más de solidez al texto. Y nada más. Por suerte es una novela breve, y ése sí es un punto a favor.

Larga Distancia, Martín Caparrós. También primera vez con un Caparrós y, en este caso, el resultado fue bastante bueno. Éste autor está bastante bien considerado en el ambiente literario argentino, pero nunca había leído nada de él porque el personaje Caparrós no me caía del todo bien y, aunque objetivamente sabía que una cosa nada tenía que ver con la otra, hay que sincerarse: no pocas veces nos dejamos llevar por las impresiones que tal o cual persona ha creado en nosotros y consideramos a su obra bajo esta luz parcial. Pero (como se sabe, siempre hay un pero, y esta vez corre a favor del autor del libro) elegí como primer acercamiento un libro de crónicas, temática que siempre fue de mi agrado y que esta vez, por fortuna, me hizo sentir que llevarle el apunte a mis presentimientos no estuvo nada mal. Los textos que componen este volumen fueron publicados a lo largo de la década del 90 en varios medios, pero la ventaja de las crónicas es que si envejecen, en general lo hacen bien. Las de Caparrós han soportado el paso de los años con dignidad. Hay algún que otro toque de esos que me hacen ver al personaje Caparrós por ahí, medio escondido entre algunas frases. Me refiero a cierta afectación, a cierta obligación de mostrarse como un literato consumado y como un tipo mundano, que sabe de qué habla cada vez que abre la boca. Pero cuando se contiene y se larga a narrar los hechos que ha vivido y los sitios que ha visitado nos son mostrados con el mejor lente de la objetividad, el resultado es muy bueno; la prosa es ágil, precisa, atractiva. Dato (casi) al margen: antes de terminar de leer larga distancia ya había comprado El interior, otro de los libros de crónicas de M. Caparrós; lo que demuestra que sí, que me gustó. Pero Caparrós me sigue cayendo gordo.

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Cuentos únicos,  Javier Marías.  Javier Marías es uno de mis escritores preferidos, uno de esos exquisitos del lenguaje, uno de esos autores que no son fáciles pero que si se les da una oportunidad sabemos que va a regalarnos horas inagotables de placer (caramba, parece que estuviera hablando de Naomi Russell). Cuentos únicos es una recopilación de relatos de fantasmas, como bien adjetiva Marías en el prólogo. Los relatos, según Marías, llevan el mote de únicos porque son textos con que los autores consiguieron, por así decirlo «dar en el blanco»; es decir, relatos que sus autores —por una razón u otra— nunca pudieron igualar. Como toda recopilación, ésta no escapa a la regla general de la inconsistencia. Hay relatos buenos y otros decididamente malos. Hay que sumar a esto que estos cuentos fueron escritos a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, lo cual implica, para el lector actual, una carencia de efectos, de variedad, de color estilístico. Tuve la sensación de haber vuelto a mi adolescencia, cuando leía cuentos de Poe o de Lovecraft (estos dos nombres, por supuesto, quedan demasiado grandes para este volumen; más allá de que ya los inhibía el hecho de no ser autores de un único relato). Quizá éste volumen sea adecuado, precisamente, para adolescentes que recién están haciendo sus primeras incursiones literarias; para un lector algo avezado es un texto menor.

Pasiones pasadas, Javier Marías. Esto sí, ya es otra cosa: hemos vuelto al mejor Marías; ése que nos encanta con la palabra y que nos hace seguir leyendo aun cuando el tema tratado no nos provoque el menor interés. Pasiones pasadas es la primera recopilación de artículos del autor español y, creo, una de las mejores. El libro  fue publicado en 1991 y esto tiene algún peso propio: sin duda, Marías ya sabía cómo se debía escribir y cómo se debía llevar un texto adelante; pero aquí no hay excesos, no hay barroquismo, no hay subordinadas, no hay nada que demore la lectura; lo que hay es un buen escritor escribiendo bien sobre temas diversos (lo mismo da que sea el sentido de la década del 80, que se trate de semblanzas de escritores o que se dedique a darle consejos a los jóvenes críticos); Javier Marías nos regala un compendio de páginas bien escritas y de argumentaciones impecables. Todo un manual para el futuro (o presente) escritor.

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Pensar bien, sentirse bien, Walter Riso. Entre las muchas cosas a las que no soy afecto, voy a nombrar a dos que tienen relación con el tema que estoy tratando: una es los libros de autoayuda; la segunda es que me presten libros sin que yo solicite dicho préstamo. Eso es lo que me ocurrió con Pensar bien… llegó a mis manos y lo hizo de esa manera en que uno no puede decir que no. Claro, hay gente que lo ve a uno leyendo una novela, después un libro de historia, luego algo de filosofía, alguna vez un volumen de poesía, luego —con alguna otra novela en el medio— un volumen de arte y ¡zas! Aparece el pensamiento mágico: «Éste tipo lee cualquier cosa. Seguramente para matar las horas o algo así…» Pues no señora, pues no señor, eso que parece caos no lo es en absoluto. De alguna manera podríamos llamarlo método. Algo extraño, es cierto, pero método al fin. ¿Y qué puedo decir del libro? No mucho realmente: se lee en un par de horas porque está escrito para aquellos que no suelen tener como hábito la lectura, así que lo más complicado con que nos vamos a encontrar es con una oración con un par de comas, nada más. En cuanto a substancia se puede decir que algunas ideas, algunos consejos no son malos, es más, son bastante buenos, siempre y cuando éstos se lleven a la práctica; cosa que dudo mucho que alguien haga una vez que ha terminado el libro. Con los habituales ejemplos (los cuales, a decir verdad, suenan bastante apócrifos) el libro me dio la sensación de ser una especie de placebo en forma de páginas ordenadas: te hace sentir bien mientras lo digieres, pero luego vuelves a tu vida de siempre.

Una historia de la lectura,  Alberto Manguel. Bien llegamos a la cereza del postre y por ello mismo no voy a hablar mucho de ella/él. Desde hace unos diez años, cada vez que termino un libro, escribo algo sobre él; ya llevo varias carpetas llenas con mis modestos pareceres. A veces se asemejan a alguna especie de crítica, aunque en general sólo se trate de unos simples comentarios. He notado, a lo largo de todo este tiempo, que cuanto más me gusta un libro menos puedo hablar de él. A veces simplemente siento que lo único que puedo decir (decirme) es: «¿Qué puedes decir al respecto? ¡Nada! ¡Vuelve a leerlo!» Y eso es lo que quisiera decir hoy con respecto a este maravilloso libro de Alberto Manguel. Fue el mejor libro que he leído en años, fue el libro que me hizo sonreír a medida que avanzaba página a página, palabra a palabra; y no hablo de una sonrisa de esas que arranca una buena broma o una buena comedia, no; hablo de esa sonrisa que nace del placer más íntimo, de esa sonrisa hija de la complicidad, como esa sonrisa que cruzamos con el ser amado y que tácitamente nos indica que pensamos o sentimos lo mismo. El puro, viejo y querido placer de la lectura. Quien lee para entretenerse se aburrirá con este libro; quien disfruta con la lectura disfrutará de este libro; quien ama la lectura amará a este libro; es así de sencillo. Nada más puedo decir sobre él; sólo lamento no estar a la altura que se necesita para poder escribir algo que se acerque a una crítica (y perdón por la palabra) o algo parecido.

enriqueta - liniers

Bien, creo que he escrito uno de esos posts que nadie leerá y, sinceramente, he disfrutado mucho haciéndolo. La verdad es que ya estoy ansioso por saber qué me traerá febrero.