La sustancia específica.

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“Bajo la confusión, la indiferencia, el olvido, ahí estaba. El amor, intenso y fijo, siempre había estado ahí. En su juventud lo había dado sin pensar […]. Lo había ido dando, de manera extraña, en cada momento de su vida y quizás lo había dado más cuando no era consciente de estar dándolo. No se trataba de una pasión ni de la mente ni de la carne; era más bien una fuerza que comprendía ambas, como si fuese, más que un asunto de amor, su sustancia específica. A una mujer o a un poema, simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo”.

El fragmento anterior es parte de Stoner, novela de John Williams, publicada en 1965. Me tomé la libertad de quitar unas pocas líneas (los puntos suspensivos entre corchetes), ya que hacían referencia a personajes puntuales de la novela y mi intención al querer compartirlo es otra: simplemente recordar que esa sustancia específica es, ha sido y será una de las partes integrales de nuestra vida; aunque el discurso posmoderno en el que nos vemos envueltos en este día a día que nos toca en suerte quiera hacernos creer lo contrario. El amor es, lo quieran o no los vendedores de humo y hojarasca, lo que nos moviliza y nos empuja a salir a la calle a pelear por nuestro pedacito diario de vida. El amor en sí y por quien sea: nuestra pareja, nuestros hijos, padres, hermanos, amigos, el amor a nosotros mismos y el amor a todos y cada uno de los otros (amor tan especializado que hasta tiene nombre propio: empatía). Como bien dice Williams al final del párrafo que cité: simplemente decía: ¡Mira! Estoy vivo.