No importa

 

Hoy sólo comparto un poema del gran José Emilio Pacheco. Como corresponde, el poema dice todo por sí mismo, así que de nada servirá lo que yo pueda agregar. Aquí el poema, entonces, y mi huida.

 

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La flecha

No importa que la flecha no alcance el blanco.
Mejor así.
No capturar ninguna presa,
no hacerle daño a nadie,
pues lo importante
es el vuelo, la trayectoria, el impulso,
el tramo de aire recorrido en su ascenso,
la oscuridad que desaloja al clavarse,
vibrante,
en la extensión de la nada.

 

José Emilio Pacheco

Lo que saben los poetas

 

José Emilio Pacheco

 

La moral es algo móvil y que se adapta a los tiempos. Pero hay algunos códigos morales que no pueden ser modificados sin que cambie lo que tenemos de intrínsecamente humanos. En ese sentido, la moral es siempre la misma: imperecedera y eterna. Uno de esos códigos (uno de esos imperativos, estoy tentado a decir) es el de no ser, jamás, un cobarde acomodaticio. La razón de nuestro propio sentido de humanidad no puede estar sujeta a conveniencias particulares. Los poetas lo saben bien (¿Quién como ellos para defender el valor de la palabra y de todo lo que ella implica?) y José Emilio Pacheco en Moralidades legendarias, poema incluido en su Irás y no volverás, de 1973; lo dice como siempre: alto y claro.

Moralidades legendarias

Odian a César y al poder romano.
Se privan de comer la última uvita
pensando en los esclavos que revientan
en las minas de sal o en las galeras.
Hablan de las crueldades del ejército
en Iliria y en las Galias.
Atragantados
de jabalí, perdices y terneras
dan un sorbo
de vino siciliano
para empinar los labios pronunciando
las más bellas palabras:
la uuumaaaniiidaad, el ooombreee todas ésas
—tan rotundas, tan grandes, tan sonoras—
que apagan la humildad de otras más breves
—como, digamos por ejemplo, gente.

Termina la función. Entran los siervos
a llevarse los restos del convite.
Entonces los patricios se arrebujan
en sus mantos de Chipre.
Con el fuego del goce en sus ojillos
como un gladiador que hunde el tridente,
enumeran felices los abortos
de Clodia la toscana,
la impotencia de Livio, los avances
del cáncer en Vitelio.
Afirman que es cornudo el viejo Claudio
y sentencian a Flavio por corriente,
un esclavo liberto, un arribista.

Luego al salir despiertan a patadas
al cochero insolado
y marchan con fervor al Palatino
a ofrecer mansamente el triste culo
al magnánimo César.

 

Todo, lo que se dice, todo

Julio Romero de Torres, Venus of Poetry, 1913.

Julio Romero de Torres – Venus de la poesía, 1913.

Dice José Emilio Pacheco en Moda, uno de sus poemas breves:

La moda pasa de moda
la desnudez sigue intacta
como al principio del mundo.

Y seguramente muchos conocen aquel fragmento de Eduardo Galeano, que dice:  “Vivimos en un mundo donde el funeral importa más que el muerto, la boda más que el amor y el físico más que el intelecto. Vivimos en la cultura del envase que desprecia el contenido”.

No hay muchas opciones, entonces, para quien quiere ser libre: ¡A desnudarse se ha dicho! En cuerpo y alma, señoras y señores; que las cosas no hay que hacerlas a medias. Todo, hay que despojarse de todo y volver al jardín que nuestro amigo Epicuro fundó hace dos mil trescientos años. ¡Fuera ropa, fuera máscaras, fuera! Lo dicho: Todo.

Mi voz, tu voz

Woman, Old Man, and Flower - Ernst

Max Ernst

En su breve poema Contra los recitales, José Emilio Pacheco nos dice:

Si leo mis poemas en público
Le quito su único sentido a la poesía:
Hacer que mis palabras sean tu voz,
Por un instante al menos.

 

Por demás acertada la visión del poeta mexicano. Si nos adentramos en el significado etimológico de la palabra poesía vemos que ésta nace del término griego ποίησις, (poeima); palabra compuesta, a su vez, del verbo ποιεῖν (poiein = hacer o crear). Es decir que la propia palabra poesía nos lleva de la mano al acto mismo de la creación; entonces, lo que nos propone José Emilio Pacheco no es otra cosa que ser partícipes de esa creación poética de la que él es el germen, pero no el hacedor último o absoluto.

Al margen: No puedo dejar pasar la oportunidad de irme por las ramas. No dejo de pensar en aquel En el principio fue el verbo” bíblico. Sigo jugando con la etimología y veo que puedo relacionar una cosa con la otra y decir «En el principio fue el verbo, es decir, la creación o, incluso, la poesía». La creación como acto poético, el poeta como creador germinal. ¿Qué fue primero, el verso o el poeta?

Tulum, de Pacheco y preguntas que se repiten

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

En octubre de 2015 me hice la siguiente pregunta: “¿Puede leerse sin experiencia?” Y continué: “Sé que lo primero que se piensa cuando se habla de lecturas poéticas es, precisamente, la imagen poética de que puede leerse sin más que el deseo por la belleza; pero el problema permanece: ¿Cuánto necesitamos comprender para disfrutar de un texto?”

Lo anterior viene a cuento porque hace unos meses tuve la oportunidad de visitar Tulum, el hermoso pueblo de la Riviera Maya que incluye entre sus atractivos a las ruinas mayas del mismo nombre. Por esas cosas del azar, hace un par de días volví a leer algunas páginas de la Antología Poética de José Emilio Pacheco y allí encontré el siguiente poema, titulado, vaya maravilloso destino de las letras y de los caminos, Tulum.

TULUM

Si este silencio hablara
sus palabras se harían de piedra.
Si esta piedra tuviera movimiento
sería mar.
Si estas olas no fuesen prisioneras
serían piedras
en el observatorio,
serían hojas
convertidas en llamas circulares.

De algún sol en tinieblas
baja la luz que enciende
a este fragmento de un planeta muerto.
Aquí todo lo vivo es extranjero
y toda reverencia profanación
y sacrilegio todo comentario.

Porque el aire es sagrado como la muerte,
como el dios
que veneran los muertos en esta ausencia.

Y la hierba se arraiga y permanece
en la piedra comida por el sol
—centro del tiempo, abismo de los tiempos,
fuego en el que ofrendamos nuestro tiempo.

Tulum se yergue frente al sol
en otro ordenamiento planetario. Es núcleo
del universo que fundó la piedra.

Y circula su sombra por el mar.
La sombra que va y vuelve
hasta mudarse en piedra.

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Ruinas de Tulum. Foto: Borgeano.

El libro me lo regaló hace un par de años (para mi primer cumpleaños en México) mi amigo, escritor y profesor (en ese orden) Gerardo Farías y lo leí en aquel momento, claro está, aunque este poema en particular no había quedado registrado en mi memoria. Sin embargo, ahora que lo reencuentro, veo que el poema es el mismo y es otro. Se lo leo en voz alta a L., mi compañera de ruta y de lecturas y veo que se le ilumina el rostro ante las referencias que el poema enlaza con aquellas ruinas que visitamos no hace mucho. Versos como “Aquí todo lo vivo es extranjero / y toda reverencia profanación / y sacrilegio todo comentario” ya son señales directas a lo que nos rodea; no son una mera referencia poética, sino que se han convertido en una crítica social. Nuestra visita a las ruinas de Tulum hace que el poema de Pacheco ya no sea ni pueda ser el mismo.

Es entonces que retomo la pregunta que dejé aquí hace casi dos años y la reformulo: ¿Hasta dónde puede leerse sin experiencia?

Ética contra ética

gelman

Recién hoy pude conseguir mi ejemplar semanal de la revista Ñ. Fue una grata sorpresa encontrar que todo el número está dedicado a Juan Gelman, con quien tengo una deuda pendiente. Esto se suma a mi satisfacción por los tres días de duelo que decretó el gobierno nacional. Así es como debe ser despedido un poeta, al menos con los honores que se merece. Ya lo había dicho el propio Gelman:

Condecoraciones

Condecoraron al señor general,
condecoraron al señor almirante,
al brigadier,  a  mi vecino
el sargento de policía,
y alguna vez condecorarán al poeta
por usar palabras como fuego,
como sol, como esperanza,
entre   tanta   miseria   humana,
tanto dolor
sin ir más lejos.
.
Lo que no dejó de molestarme, y en grado sumo, fue que quienes hoy le rinden un sentido homenaje con un título certero, adecuado, preciso: El poeta del compromiso y la ternura, son los mismos que en su momento apoyaron y dieron cobertura a la peor dictadura que haya sufrido la Argentina, la misma que sufrió Juan Gelman en carne propia (en 1976 Gelman tuvo que exiliarse, ese mismo año su hijo Marcelo, de 20 años de edad y la esposa de éste, María Claudia, de 19 años, embarazada de su primer hijo, fueron secuestrados. Marcelo fue asesinado y desaparecido. María Claudia conservó su vida hasta que dio a luz a una niña, la que fue dada en adopción a una familia pro-gobierno militar, y luego fue asesinada y también desaparecida. En 1990 Juan Gelman pudo recuperar los restos de su hijo, quien fue enterrado en un barril lleno de arena y cemento, y en el año 2000 pudo encontrar a su nieta. De María Claudia, aun hoy, no se sabe nada).
El número que tengo en mis manos de la revista Ñ lo voy a leer con atención y, seguramente, con una mezcla de sensaciones encontradas; pero lo haré porque los editores tuvieron, al menos, el buen gusto de encargar las notas a poetas y escritores como Juana Bignozzi, Elena Poniatowska, José Emilio Pacheco, Jorge Aulicino, o Raúl González Tuñón; pero no olvido (no puedo olvidar, ni quiero) que detrás estuvieron y siguen estando aquellos que fueron cómplices en la tortura, muerte y desaparición de un muchacho de 20 años y de su esposa de 19, junto a otros que suman los 30.000 —tristemente famosos— desaparecidos; personas con nombre y apellido ya de sobra conocidos. Que detrás de esta publicación siguen estando aquellos cuyo único dios es el poder y cuya única ética es la que les dicta el dinero.