Cristina, Noticias y José Pablo Feinmann

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A lo largo de estos últimos años, la revista Noticias se ha convertido en una fuente constante de provocación sostenida, gratuita, y vulgar enfocada en la figura del ex Presidente Néstor Kirchner y en la de la actual Presidenta, Cristina Fernández.. No me cabe ninguna duda —y esto es una apreciación absolutamente personal— de que lo que está buscando Jorge Fontevecchia (CEO de Editorial Perfil), es que en algún momento censuren a alguna de sus publicaciones. Claro, esto sería el mejor ejemplo de profecía autocumplida; Fontevecchia y otros grupos por demás conocidos por su odio visceral a la figura de la Presidenta, se han cansado de decir que en Argentina no hay libertad de expresión, que hay “listas negras”, que se “compran” periodistas, etc., etc. Que prohíban la circulación de un solo número de la revista Noticias, por ejemplo, sería la prueba evidente de que esto que tanto se denuncia (curiosamente, desde todo tipo de medios gráficos y audiovisuales) es una realidad palpable y de que todos corremos peligro (palabra mágica en manos de los agoreros de turno). 

La tapa que ilustra el comienzo del post fue publicada hace un par de días y fue rápidamente repudiada por asociaciones varias, por parte de la Cámara de Diputados y por personalidades varias, además de por un amplio sector popular. Y es que no deja de ser una afrenta no sólo para la figura presidencial sino, por extensión, para todos aquellos que votaron a la actual conducción nacional. A eso debe sumársele el carácter machista y misógino de muchas otras tapas, en las cuales se muestra a la Presidenta de la Nación presa del éxtasis orgásmico o se la muestra como a una mujer golpeada.

Por fortuna, la revista Noticias no sufrirá censura alguna; por desgracia, Fontevecchia seguirá con su festival del odio y del mal gusto. Por casualidad, hoy leí el capítuo 27 de Filosofía política del poder mediático, de  Jose Pablo Feinmann, del que transcribiré unos fragmentos más abajo. Vale la pena dos minutos más de lectura, les doy mi palabra.

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Hoy, en la mayoría de los países de América Latina, las clases dominantes han perdido el aparato del Estado. Pero no más. La situación es peligrosa. Las clases dominantes no se sienten cómodas si no están en el gobierno. De ahí el ataque a los gobiernos de Chávez, Correa, Evo y Cristina Fernández. Pese a haber perdido el Estado, las clases dominantes (el Poder) conservan el aparato religioso (en la Argentina: la Iglesia Católica, Bergoglio); el aparato escolar (se sigue enseñando la ideología dominante: no se ha alterado la visión oligárquico agraria y financiera de la Historia) y el aparato de información, que es enormemente más poderoso que cuando Althusser lo incluyó en su análisis. En la Argentina, durante 2010, ese «aparato de información» (según enumera Althusser: prensa, radio, televisión) se ha convertido en el arma más agresiva de los sectores hegemónicos. Los medios del Poder están en manos del Poder y difunden la ideología del Poder. Con una virulencia que va de lo brutal a lo soez.

[…] En suma, si se tiene el Estado pero no los medios que diseminan la ideología de las clases dominante, la tarea de mantenerse en el Gobierno es titánica. Salvo que pase el fenómeno que se está dando en la Argentina. La ciudadanía ha perdido credibilidad en unos medios que repiten una y otra vez la misma, compulsiva cantilena, esa monserga, ese fárrago sin nada fáctico que le dé forma, sin un político presentable, sin que nadie, detrás de los insultos, de las chocarrerías de bajo vuelo de personajes impresentables, vea algo consistente, sino sólo la ausencia de un proyecto, la ausencia de alguien capaz de llevarlo a cabo.

[…] Porque a nueva modalidad de este periodismo no es que falsea la verdad, la altera, la modifica de acuerdo a sus intereses. No, este periodismo ha adoptado la mentira como arma legítima de batalla. Los títulos deforman. O mienten. Los copetes son de una inmoralidad insuperable. Las fotos son las peores.

Feinmann, José Pablo. Filosofía política del poder mediático. Pgs. 132 y ss. Octubre, 2013.

 

El oxímoron de la soledad

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Un oxímoron une dos conceptos de significado opuesto que, en literatura, se utilizan para vigorizar cierta idea o imagen que se quiere imponer. No siempre es fácil encontrar la unicidad final del oxímoron, pero siempre produce un efecto de incomodidad o de asombro en el lector. Si Rubén Darío escribe: «rugido callado» uno piensa que se le fue la mano con el oxímoron. Pero si alguien escribe «desmayo dichoso» o «payaso trágico» ya vemos de qué se trata. Hay «desmayos dichosos». Y los payasos (para mí, al menos) son casi siempre «trágicos», un oxímoron sobre el que Charlie Chaplin ha hecho casi todo su cine. Sobre todo su excepcional filme El circo. Cuando Charlie, al final, se queda solo, sentado sobre su pequeña y destartalada valija, circundado por el enorme círculo que ha dejado en la tierra la carpa del circo que no está, el circo al que él pertenecía, el que lo abandonó y, con él, su heroína, uno comprende el oxímoron. Ése es un payaso trágico. Porque la imagen produce las dos cosas que busca. Por un lado nos reímos. La facha de Chaplin sentado sobre su patética valija y rodeado por un círculo perfecto exhibe una contraposición patética: qué enorme era el circo, que pequeño es Charlie. Y también: ¿qué hace ahí, qué espera, por qué se quedó, por qué está sentado justo en el centro del círculo, qué pretende señalar, de qué pretende ser el signo restante? ¿Del circo que ya no está? Pero si el circo no está es porque no está. De nada sirve que él se quede donde antes estuvo. Tal vez nos quiere decir que el circo era el centro de su alma y que ahora, que no está, él, o su alma, están solos. Aquí es donde empieza el otro efecto del oxímoron. Ya no reímos. Ahora nos apena ese hombrecito solo y hasta comprendemos (y ésta es la genialidad de la imagen: poder convertirse en una cifra de la condición humana) que todos somos él. Que todos estamos solos, sentados en el medio de algo que ya no está y condenados a esperar eternamente.

Feinmann, José Pablo; Filosofía política del poder mediático. P.28

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La beligerancia de Dios

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“Concebimos la historia como conflicto. Toda diferencia es alteridad pero establece un conflicto. La política puede licuarlo o ponerlo al rojo vivo. El mundo no es la danza del caleidoscopio de las diferencias, la armonía y la convivencia de los dialectos. El mundo es oposición y antagonismo. También alianzas, estratégicas o tácticas. Pero todos los sujetos históricos persiguen algo. A veces es lo mismo y ahí late el antagonismo y hasta la guerra y la sangre. La filosofía debe pensar la beligerancia de Dios. Ya que todos lo reclaman como cruzado de su causa. Pero no es más que un estandarte, una excusa con el prestigio de lo sagrado. Dios no nos mira. Hoy, el dios que nos vigila es internet”.

José Pablo Feinmann. Filosofía política del poder mediático (La cursiva es mía).

Historia, política, religión, todas ellas aunadas a través de un solo término: conflicto. Y como otra síntesis, allí, observando todo, internet. Y una nueva pregunta: ¿Quién está detrás de ella?