La malvada Mona Lisa

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Muchas veces he dicho que hay que ser cuidadoso con lo que se afirma, ya que de manera inevitable algo tal vez inapropiado se colará entre esas palabras que salen de nuestra boca. En ese sentido, siempre me ha gustado mucho, y también he usado, la idea del «Test de Rorschach literario»; es decir, algo así como que vemos en lo que leemos sólo aquello que queremos o podemos ver, al igual que quien se somete al famoso test de las manchas de pintura ve en ellas algo propio y particular. Esta idea, por supuesto, la tomo «entre comillas»; ya que no soy muy amante de las ideas psicoanalíticas y, mucho menos, si estas se presentan de manera terminante. Que algo pueda parecerse a otra cosa no quiere decir que eso vaya a ser indefectiblemente una imagen especular de eso a lo que se parece.

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Pero vamos a un ejemplo concreto, que fue el que me llevó a irme por las ramas en el primer párrafo. Encontré esta cita, tomada del New York Times, en un lejano 1 de diciembre de 1913:

«En una conferencia sobre Belleza y moralidad en la Universidad de Londres, Kane S. Smith llamó a la Mona Lisa, de Leonardo da Vinci “una de las pinturas más activamente malvadas jamás pintadas, la encarnación de todo el mal que el pintor podría imaginar, para ponerlo en la forma más atractiva que se pudiera idear”».

Unos pocos días después, el 3 de enero de 1914, en el Literary Digest, alguien (cuyo nombre desconozco), escribió:

«El conferencista admitió que era una obra de pintura exquisita, pero también dijo: “si la miras el tiempo suficiente para adentrarte en su atmósfera, creo que te alegrarás de escapar de su influencia. Tiene una atmósfera de maldad indefinible”»; para terminar el artículo: «Se dice que el público aplaudió con entusiasmo, pero es probable que lo hubieran aplaudido con el mismo entusiasmo si el conferenciante hubiera encontrado buenas las influencias de la imagen».

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Vaya un aplauso para la lógica sencilla y prudente del articulista; y después perdámonos en el mundo de las suposiciones que nos permiten las palabras del tal Kane S. Smith. Por ejemplo, lo primero que se me ocurre es preguntarme qué es lo que tenía en la cabeza ese pobre hombre. ¿Sería un fanático religioso o tal vez un puritano extremista? No eran raros esos personajes por aquella época… ¿Cuáles serían sus conocimientos de arte y de historia del arte? ¿Qué habrá pensado y dicho pocos años después, ante el avance del dadaísmo y el surrealismo? ¿Habría visto a la Mona Lisa en algún momento o sólo tuvo acceso a ella a través de una reproducción?

Las preguntas siguen y siguen apareciendo; pero la que más me intriga es una de las primeras en aparecer y que vuelve, recurrente, de manera inevitable: ¿Qué tendría en el alma ese buen señor Smith para ver, dentro de todas las cosas que podemos ver en la Mona Lisa, una atmósfera de maldad indefinible? Menudo misterio…