Antes y ahora.

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Léucade es una isla del mar Jónico, cerca de Corfú, famosa por su promontorio desde el cual se precipitaban al mar los infortunados amantes que querían curarse de su pasión y borrar el recuerdo de sus penas. Venus, que añoraba a Adonis y lloraba su muerte sin cesar, recurrió a la ciencia de Apolo, dios de la medicina, que le aconsejó que realizase el salto de Léucade. Obedeció la diosa y quedó en extremo sorprendida al ver que salía de las aguas tranquila y consolada.

Este remedio era reputado como infalible. La gente acudía a Léucade desde alejadas regiones. Preparábanse todos por medio de sacrificios y ofrendas y se comprometían por medio de un acto religioso, persuadiéndose de que con la ayuda de Apolo sobrevivirían al peligroso salto y que desterrando para siempre las cuitas del amor recobrarían la calma y la felicidad.

No se sabe quién fue el primer mortal que siguió el ejemplo de Venus, pero consta que no hubo mujer alguna que sobreviviera a tal salto y que solo algunos hombres pudieron resistirla, entre otros el poeta Nicóstrato.imagen016

Viendo los sacerdotes de la isla que caía en desuso este remedio, peor, en efecto que el mal, arbitraron un medio de hacerlo menos peligroso. Con una red de hilos hábilmente tendidos al pie del peñasco, impidieron que los amantes pudieran causarse mal alguno en la caída y además, con barcas dispuestas a su alrededor, los recogían al momento y les prodigaban los cuidados oportunos. Más tarde, finalmente, y como los que acudían al Léucade creyeran insuficientes tales precauciones, se compensaron del salto fatal arrojando al mar desde lo alto del promontorio un cofre lleno de plata. Los sacerdotes cuidaban que nada se perdiera y la ceremonia se daba por cumplida a satisfacción de todos.

Humbert, J. Mitología Griega y Romana. (pp. 263/264)

Como todos sabemos, no hay nada nuevo bajo el Sol, y si queremos saber cómo son las cosas en la actualidad bien podemos mirar hacia atrás y ver qué es lo que nos ha enseñado la historia. El hecho puntual, no carente de gracia matizada por el paso de los años, de la actitud tomada por los sacerdotes que cuidaban la famosa roca, nos hace ver con menos gracia la actitud actual de todas -o casi todas- las iglesias modernas. Y para ser equilibradamente críticos, no debemos olvidar a quienes son los que buscan, si no el salto de Léucade, al menos a sacerdotes que los curen de diversos males o que les prometan la cura de éstos por toda la eternidad. Para estas personas siempre tengo presentes las palabras de José Ingenieros:

Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas. Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un pelele hueco; por eso, para conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las que afirman la existencia del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por dinero. Esa aritmética de ultratumba le permite disfrutar más tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y los virtuosos la religión y la moral pueden correr parejas; en los hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los mandamientos.»

Ingenieros, José. El Hombre mediocre. (p. 91)

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