Con la anuencia de Al-Shafi’i

Al-shafi

Hoy encontré esta sentencia de Al-Shafi’i (un jurista musulmán que vivió entre 767 y 820. Sus enseñanzas jurídicas llevaron a la formación de la escuela Shafi’i de la Fiqh de la que tomó su nombre) y me vino maravillosamente bien para compartir unas notas personales que andaban dando vueltas en una de mis libretas pero que nunca había compartido porque, aunque sigo pensando que son válidas, el tono era demasiado nietzscheano, si se quiere; y ya se sabe que hoy en día nadie puede hablar con ese tono sin que se lo tilde de inmediato de intolerante o algo peor. Así que amparado en esa brillante sentencia de un jurista musulmán de hace mil doscientos años, dejo a continuación lo que escribí un día indeterminado del último año:

El problema es que hoy la ignorancia está mal vista; pero en lugar de eliminarla volviéndose sabio, el hombre común opta por el recorrido más corto y práctico de negarla o, peor aún, de trastocarle el nombre llamándola sentido común. No es un problema no saber cómo incide la eclíptica, no saber qué es o cómo funciona la Teoría de la Evolución ni desconocer el cúmulo de cosas que todos, invariablemente, desconocemos. El problema radica en que las personas se niegan a decir “no sé”; un simple y sencillo “no sé” y terminan enfrascadas en interminables y estériles discusiones sobre los asuntos más triviales creyendo que están hablando de sentido último de la vida. Las tonterías del pensamiento mágico, los excesos del feminismo, la recursiva hipocresía de las religiones, la ignorancia política, científica, histórica, el facilismo utilitario. A esto se suma, como corolario inevitable, una intolerable tendencia a la mentira como recurso que cumple la función de ocultar lo que no se conoce como también ―y esto es infinitamente peor―, para engañar a quienes nos rodean con el fin de obtener algún tipo de beneficio.  Es entonces cuando uno opta por construir una torre que se bien dista mucho de ser marfílea, sirve para el mismo propósito: mantenerse a salvo de la mediocridad general en la que la sociedad parece sentirse plenamente conforme.

Libretas

Hace poco, leí un divertido relato donde se describían ciertas manías de los lectores/escritores. Uno de los puntos hacía referencia a las inevitables libretas que se usan para tomar notas y cosas por el estilo. Recordaba tener varias —todas ellas incompletas— de diferentes tamaños y para diferentes propósitos, aunque algunas de ellas fueron transformándose en pequeños centros caóticos de anotaciones varias.

libretas

Recorrer ese caos no deja de ser una fuente de placer, en algunos casos (y para quien tomó las notas, por supuesto); y en otros, al menos es un divertimento. Allí encontré desde los infaltables fragmentos o inicios de cuentos, poemas, ideas para una novela o para un ensayo, direcciones de páginas web, acertijos de lógica, problemas de matemática (si alguien está por cumplir un número cuadrado de años —es decir 16, 25, 36, 49, 64— que me avise y prometo regalarle un cuadrado mágico hecho con todos los años en que ha festejado un cumpleaños); ideas para cuadros, diseños de muebles, partituras, tablaturas.

Una de las cosas que había olvidado, y que había comenzado en momentos de dificultades (y que me vienen como “anillo al dedo” para estos momentos) tiene por título 1001 razones para no suicidarse las cuales, por supuesto, sólo llegan a 100. Allí encontré banalidades (pero aun válidas) y algunas otras un tanto obvias. Por ejemplo:

01. Por la tierra vista desde el espacio.

32. Por los Hermanos Marx y Buster Keaton

38. Por William Faulkner

41. Por las mascotas (especialmente las mías)

50. Por Buda

53. Por el ajedrez y el backgammon

59. Por Thot

60. Por los orgasmos (y el camino hasta ellos)

70. Por el bajo eléctrico, por el bajo acústico, por el contrabajo

76. Por el surrealismo

83. Por la mermelada de naranjas. Y la de Frutilla. Y la de Kiwi

93. Por Jimi Hendrix y Steve Ray Vaughan

Bien, ya se habrán hecho una idea de qué va la cosa. Tonterías, sin duda; pero cuando esto ocurre (el hecho de encontrar alguna tontería que escribí tiempo atrás), siempre recuerdo el estribillo de aquella canción de Os Paralamas Do Suceso: “Todo eso me haría feliz, tonterías me harían feliz, pero nada me hará tan feliz como dos margaritas”. Si vamos a ser tontos, seámoslo a tiempo completo. Y, para terminar, también encontré esta transcripción del enorme Javier Marías quien, creo, la escribió para mí:

En estas páginas que he ido llenando reconozco una voz fría e invulnerable, como las de los pesimistas que, lo mismo que no ven ninguna razón para vivir, tampoco ven ninguna para matarse o morir, ninguna para temer, ninguna para aguardar, ninguna para pensar; y sin embargo no hacen sino estas tres últimas cosas: temer, aguardar, pensar, pensar sin cesar”.

                                                                                                                                                             Javier Marías; el hombre sentimental.