El marcador de antaño

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Imagino al hombre caminando por la calle empedrada; tal vez pensativo, tal vez saboreando de antemano la lectura que lo esperaba en la biblioteca, tal vez analizando o contra argumentando lo que ya había leído con anterioridad. Lo imagino deteniéndose un instante y agachándose para levantar una hoja del piso; una hoja caída de ese árbol que se elevaba a un lado. Lo imagino dejando la hoja entre dos páginas para recordar el sitio exacto donde suspendió la lectura. Tal vez un día terminó el libro y comenzó otro o tal vez nunca volvió a él; tal vez, entre otras muchas posibilidades, utilizó otro objeto para marcar la página indicada. Sea como fuere, la hoja quedó allí, olvidada por cuatrocientos años en la contratapa de ese volumen impreso en el 1604 que ahora sabemos bien leído. Y eso lo sabemos, precisamente, por ella; porque esa hoja aún sigue señalando palabras, aunque éstas sean otras que las que el hombre que allí la dejó leyó y degustó. Esta vez las palabras lo señalan a él, aun cuando de él nada sabemos.

Silbando bajito.

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El momento tan esperado llegó y casi sin darme cuenta ya pasó. Bien secundado por mis queridos amigos Freny Herrera García y José Agustín Solórzano presentamos a mi primer libro de poesía En los bordes del silencio. La tarde acompañó de manera magnífica (las lluvias se suceden a diario en Morelia y también ayer lo hizo, salvo que nos dio tiempo para que pudieran llevarse a cabo todas las actividades programadas) y un buen número de personas pudo reunirse en ese estupendo sitio como es el Jardín de las Rosas.

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La tarde empezó con un magnífico concierto a cabo de Beatriz Villicaña y Chava Carrillo (Beatriz es una buena amiga y me dio mucho gusto oírla como nunca; segura de sí misma y con un repertorio mas amplio del habitual), a continuación se presentó la novela El recital, de Ricardo Iriarte Méndez y luego me tocó el turno a mí, bien rodeado de amigos en la mesa y en el público.

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Ya con la tarde despidiéndose y con las primeras gotas de lluvia, nos quedamos a festejar con algunos amigos (muy tranquilamente, por cierto) en uno de los cafés de las Rosas, guarecidos bajo las sombrillas del paseo conversando, como suele ocurrir en esos casos, de veinte temas diferentes y todos cruzados en algún momento.

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Como dije ayer, poco habituado a hablar de mí mismo, prefiero agradecer a todos los que hicieron posible que mi libro pudiese ver la luz en estos días y a todos los que de una u otra manera me brindaron su apoyo durante todo este tiempo. Me voy silbando bajito, feliz, satisfecho y sumamente agradecido, con mi modesto trabajo bajo el brazo.

El fin de la espera.

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Quienes me conoces suelen decir que hablo mucho (aunque nunca demasiado, por suerte); es por eso que les llamará la atención si digo que en este momento no sé por dónde empezar a hablar. El problema siempre es el mismo: no me gusta hablar de mí mismo del mismo modo que no me gustan las personas que constantemente tienen al yo en la boca. Pero no hay opciones; debo hacerlo quiéralo o no, así que mejor lo largo y me voy antes de que me arrepienta. Lo que tienen aquí al lado, a la izquierda, es la primera edición de En los bordes del silencio; mi primer libro de poesía, el cual está recién salido de la impresora y que mañana será presentado en el Jardín de las Rosas, en Morelia con las presentaciones de José Agustín Solórzano (el mejor poeta mexicano de su generación, no me cansaré de decirlo y además un buen amigo de quien esto escribe) y de Freny Herrera García, ilustradora y poeta local quien también me honra con su amistad incondicional. Decir que me siento inmensamente feliz sería empezar a entrar en un terreno donde lo obvio le irá ganando terreno al buen gusto; así que mejor será que me vaya yendo con la promesa de volver y contarles cómo salió todo mañana,  (sé que todo estará bien: rodeado de buenos amigos y en sitio que con su belleza iluminará toda la presentación en sí, no hay posibilidades de que algo salga mal).

Un par de imágenes del proceso de producción del libro:

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El delicado brillo del diamante.

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A Julia Santibáñez

El Sutra del Diamante (en sánscrito: Vajracchedika Prajñāpāramitā Sutra) es un Sutra Mahayana (budista) que podría traducirse como “perfección de la sabiduría”, y hace hincapié en la práctica de la no-permanencia y el desapego. El Sutra del Diamante es uno de los Sutras Mahayana más influyentes en el Este de Asia, y es un objeto clave de la devoción y el estudio en el budismo Zen.

Una de las copias de la versión china del Sutra del Diamante, que se encuentra entre los manuscritos de Dunhuang (la cueva donde fueron hallados esos textos), es considerado el libro impreso más antiguo (en palabras de la Biblioteca Británica, “de los primeros libros  que han sobrevivido de manera completa y que incluyen la fecha de impresión”. Y una nota personal: no hay contradicción cuando hablo de manuscritos y luego de libro impreso. En general se habla de los manuscritos de Dunhuang porque la mayor parte de los textos encontrados allí pertenecían a esta clase).

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El término Sutra significa “el camino de la Verdad; lo que nos lleva directo hacia el Gran Tao”. Diamante, además de la piedra preciosa, incluye el sentido de “relámpago, rayo; algo luminoso y afilado”. Este Sutra, entonces, es una espada fuerte y afilada de sabiduría, con la cual se cortan las ignorancias, los sufrimientos, la angustia. Es la orilla más allá de la paz y la felicidad, es decir, el Nirvana.

Hay una versión en español del Sutra del Diamante en PDF que pueden descargar aquí; pero la traducción no es, por momentos, del todo clara (aunque las notas al pie pueden ser enriquecedoras). Para quien pueda leer en inglés recomiendo la versión más directa que pueden encontrar aquí.

Algunas imágenes del libro impreso más antiguo del que se tenga registro. Para ver las imágenes más grandes, hacer clic sobre una de ellas:

El erotismo de la lectura

 

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Empecemos dejando las cosas bien claras: Una mujer que lee me resulta sumamente atractiva, sugerente, seductora, y todo eso por el simple y sencillo acto de tener un libro en sus manos.

Ahora, vamos a otro punto. Hace poco leí una de esas frases que circulan por la red y que decía algo así como Una mujer que lee es una mujer peligrosa. La frase me resultó divertida y ridícula la mismo tiempo. No creo que nadie que lea, independientemente de sus sexo, de su edad, de su raza o de cualquier otra característica, se vuelva más peligroso; ni siquiera en el sentido irónico de la cita (la mujer que lee se torna peligrosa porque la lectura la hace más inteligente, menos apta para ser manipulada, etc.) sino, por el contrario, todos sabemos que la lectura nos vuelve mucho más pacíficos, lúcidos y con más herramientas para afrontar los diversos problemas que se nos presentan.

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Creo que esta idea verse peligroso proviene de un feminismo mal entendido. Hace poco, también, me acercaron un artículo escrito por una psicóloga (cuyo nombre no anoté en su momento y no lo recuerdo) pero que contenía una idea interesante: la psicóloga en cuestión decía que las mujeres, en éstos últimos tiempos, habían copiado lo peor de los hombres. Ponía como ejemplo lo siguiente: «Cuando yo iba a bailar, las mujeres no tomaban. Eso ya quitaba la mitad del alcohol de circulación. Pero además, si el hombre quería conquistarla, debía medirse en su consumo, porque ninguna mujer quería salir con un tipo borracho. Entonces los muchachos tomaban uno o dos tragos y nada más. Ahora las mujeres beben tanto como los hombres y no es extraño verlas casi sin poder caminar a la salida de los bailes o las fiestas.» Ejemplos como éste podríamos dar varios, pero creo que la idea se entiende.

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El punto es claro: querer verse peligrosas es una estupidez. Ése es el patético papel que nos toca en suerte a los hombres y ya los más inteligentes van dejando esos absurdos de antaño de lado. Ya somos muchos los que queremos a una mujer inteligente, seductora, compañera, sensual, libre. Es decir, a una mujer lectora de verdad, de esas que nos seduce cuando la vemos con un libro en la mano y nos erotiza cuando pasa la página con la delicada yema de su sus dedos.

Nunca he visto un puente feo

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Ay maldita sea me gustaría estar

muerta —absolutamente no existente—

ausente de aquí —de

todas parte pero cómo lo haría

Siempre hay puentes— el puente de Brooklyn

Pero me encanta ese puente (todo se ve hermoso desde su altura

y el aire es tan limpio) al caminar parece

tranquilo a pesar de tantísimos

coches que van como locos por la parte de abajo. Así que

tendrá que ser algún otro puente

uno feo y sin vistas —salvo que

me gustan especialmente en especial todos los puentes— tienen

algo y además

nunca he visto un puente feo.

Marilyn Monroe Fragmentos. Poemas, notas personales, cartas. 

Marilyn Monroe An Enemy of the People (Penguin Plays) Arthur Miller, Henrik Ibsen

Quienes admiramos a Marilyn Monroe —deslumbrados, qué duda cabe, en un primer momento, por su belleza— y hemos seguido sus pasos más allá de lo que nos mostraba la pantalla, sabíamos que no era la rubia tonta que Hollywood preparó para el público en general y que hizo todo lo posible para no dejarla salir de allí. No sólo se sabía a través de la reconocida biografía de Donald Spoto (de la cual he leído fragmentos, no el libro en su totalidad), sino también por textos de personas que, precisamente, no se callaban nada cuando tenían que decir lo que pensaban de los demás, fuesen famosos o no, como es el caso de Truman Capote o también en reminiscencias de uno de los fotógrafos de renombre que trabajó con ella, como André de Dienes.

Marilyn fue una mujer de una sensibilidad profunda, que amaba leer (lo cual hacía muy bien, por cierto. Sus comentarios sobre los libros que iba leyendo eran muy pertinentes y es conocida su amistad con escritores como el ya nombrado Capote, entre otros muchos —sobre todo poetas— como Carl Sandburg, Carson McCullers o Edith Sitwell y sin olvidar su desgraciado matrimonio con Arthur Miller.

Éste libro, el que encontré de manera casual en una librería de saldos, es casi un libro objeto. Contiene, como lo dice el subtítulo, poemas, notas personales y cartas; aunque lo que abundan son las notas personales. Los poemas no son tales en sentido estricto, sino sólo bocetos o fragmentos que luego Marilyn pensaba terminar o perfeccionar. La muerte, el sentimiento de pérdida, la soledad, son los sentimientos que se decantan de sus palabras. Un profundo dolor se asoma en ellos, el dolor de alguien que no es comprendido en su esencia (muy pocas personas de su entorno la vieron como lo que era, uno de ellos su profesor y amigo Lee Strasberg  y su familia. Cabe aclarar aquí que todos estos papeles, a la muerte de Marilyn Monroe, quedaron en manos de Strasberg  y, al morir éste pasaron a manos de su esposa, quien poniendo orden entre las pertenencias de la actriz los encontró y los ordenó).

Mención aparte merece el diseño del libro. En las páginas pares encontramos impresos los originales, en la impares, en la mitad superior, la traducción original, y en la inferior, la traducción al español (no siempre acertada, dicho sea de paso). También hay varias fotografías de Marilyn leyendo, y unos breves suplementos donde podemos ver parte de su biblioteca y la que era su fotografía favorita (la cual dejaré aquí mañana).

Sé que la expresión sentirse incomprendido es un lugar común, sobre todo en la adolescencia, por ejemplo. Pero leyendo estos textos uno se da cuenta de que a veces eso es verdad en casos como el que muestra este libro. La belleza inigualable de Marilyn sumada a su profunda sensibilidad fue su perdición. En el mundo machista retrógrado donde un rostro o un cuerpo no permite ver nada más allá (donde se piensa que no puede haber nada más allá), sentirse incomprendido es un destino inevitable. Y la mejor prueba de ellos es que los verdaderos incomprendidos no terminan sus días llorando su pérdida en una sesión de terapia. Los verdaderos incomprendidos terminan suicidándose. Como Marilyn.

Vida

soy de tus dos direcciones

De algún modo permaneciendo colgada hacia abajo

casi siempre

pero fuerte como una telaraña al

viento —existo más con la escarcha fría resplandeciente.

Pero mis rayos con abalorios son del color

que he visto en un cuadro— ah vida

te han engañado.