Verla allí

 

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De mi modesto pero no por eso menos querido En los bordes del silencio, les dejo un poema que me fue traído del recuerdo por una de esas estupendas miniaturas que suele compartirnos Rubén en su blog Sendero.

 

Free Moon

Vamos a iniciar un movimiento, usted y yo,
vamos a juntar firmas, a enviar petitorios,
vamos a organizar una marcha,
a enviar cartas y notas a quien corresponda.
Vamos a pedir que suspendan
para siempre jamás
los viajes a la Luna.

Y es que ciertos hombres son tan predecibles
que podemos decir hoy lo que ellos
harán mañana, o pasado mañana.
Y con la excusa de la exploración científica
van a mandar allá a un montón de disfrazados
van a construir un iglú de cartón piedra
van a sacar muchas fotos y poner banderas
van a juntar toneladas de cascotes
y después
con la excusa de lo caro que está todo
(por ejemplo la nafta para el cohete
o la comida deshidratada)
van a poner un cartel de cientos de kilómetros de largo
por decenas de kilómetros de alto
y hasta es posible que encuentren el modo
de iluminarlo de manera económica.

Y la verdad es que no nos gustaría
que al alzar la vista una estúpida
con una estúpida sonrisa, o un simpático osito
o un Santa Claus de barba falsa
nos quieran vender una coca cola,
o chiclets, o el nuevo modelo de celular
(¡llamadas a la Luna con descuento!)
O una 4 x 4
Ideal para sortear cráteres.

Preferiríamos, en lo posible,
(estoy seguro de que usted está de acuerdo
con lo que digo, por eso me atrevo
a que el plural lo incluya),
poder mirar hacia el cielo y verla allí
como hasta ahora, casi virgen,
con esa cara marcada de acné adolescente
que tanto conocemos
y que tan bien le queda.

 

©Diablura Ediciones

De merecimientos y dignidades

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«No te bajan la tapa del inodoro y te van a bajar la luna» Dijo una mujer hace un tiempo en una red social, haciendo gala de ironía mal empleada. «¿Y no será que no te mereces ni una cosa ni la otra?» Le respondí yo, lo cual la hizo enojar muchísimo. En las redes sociales suele suceder que, cuando una persona se enoja, te hecha de su casa para siempre, así que ni siquiera tuve la oportunidad de explicarme. Como decidí dejar Facebook por un tiempo indeterminado, dejaré mis reflexiones por aquí.

Para empezar, me resulta bastante molesta esa costumbre actual que tienen muchas personas, la cual consiste en creer que la vida, el mundo y la sociedad les debe mucho, muchísimo. Esas personas —como la mujer del comentario primero—, creen que por el mero hecho de existir ellos merecen lo mejor de lo mejor y que todos los demás estamos aquí para satisfacer sus necesidades. Sobre todo, claro, en materia de amor o relaciones personales. Olvidan que las relaciones implican un «ida y vuelta» que se realimenta y que necesariamente debe incluir a las dos partes. Estas personas, por el contrario, creen que ellos están aquí para recibir y nunca para dar; por eso se permiten esas malas ironías sobre la necedad de los otros.

A lo que apunto es que si alguien quiere que le bajen la luna debería, en principio hacerse digno de tal cosa. ¿Qué es eso de andar pidiendo lo que ni siquiera merecemos? Todos queremos salir con la reina o el rey de la fiesta, nunca con el lacayo; pero para eso hay que estar a la altura de las circunstancias. De nada sirve gritar “¡Injusticia!” o “¡Me discriminan”! cuando no nos eligen para bailar o para jugar el partido del domingo. El que quiera celeste, que le cueste.

Volvernos dignos, si vamos al caso, no es demasiado complicado; sólo requiere algo de trabajo de nuestra parte: aprender algunos versos o, mejor aún, aprender a escribir algunos versos; caminar derecho; saber hablar y sobre qué hablar; ser amable, atento, educado; aprender algunos acordes; aprender la diferencia entre ser gracioso o ser un tonto y saber que un romántico no es un señor que usa una camisa con jabot y que canta boleros, sino una cosa más íntima y profunda.

Por cierto, no hay obligación alguna en trabajar en uno mismo; quien no quiera hacerlo, que no lo haga; pero que después no se queje cuando no le bajen la luna, ni la tapa del inodoro. No hay que olvidar que los demás están aquí para completarnos, no para satisfacer nuestras necesidades infantiles.

Mi dios favorito

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De todo el amplio espectro de dioses que pululan o lo han hecho a lo largo de la geografía y del tiempo (listarlos me llevaría demasiado espacio), mi dios favorito es Thot, uno de los dioses del panteón egipcio. Las razones son, básicamente, estéticas (lo cual, bien pensado, no es una mala razón para elegir a un dios).

Para empezar,  Thot fue el inventor de la escritura, patrón de los escribas, de las artes y las ciencias. Como dios de la escritura, era el inventor de todas las palabras, del lenguaje articulado. También está considerado dios de la sabiduría y tenía autoridad sobre todos los dioses.  Es decir que no sólo inventó esta maravilla que usamos a diario y a la que mucho de nosotros les debemos el sentido más profundo de nuestras vidas. Además de ello el tipo era un peso pesado en serio, tener autoridad sobre el resto de los dioses no es para cualquiera.

Thot, desempeñaba un gran número de funciones, considerado un Dios lunar (con esta forma aparece representado algunas veces, portando una media luna encima de su cabeza de Ibis, pues simboliza el lado brillante de la luna que contiene la esencia de la Sabiduría creadora), actuaba como iniciador de los Misterios, también era el guardián de las puertas del inframundo y pesaba el corazón de los muertos para determinar su destino, como Dios del Conocimiento era el Sabio Maestro que confiaba los secretos de su arte a sus iniciados, a los elegidos de entre los humanos,  tuvo como misión iniciar en la tierra “la tradición perenne”, heredada de las jerarquías celestes, a los primeros faraones y sacerdotes  de Egipto.

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¿Algo más? Pues sí, parece que el muchacho tenía tiempo y poder como para hacer algunas cosas más. Por ejemplo: es un dios tan antiguo que participó en la creación del mundo (bueno, en esto se parece a casi todos, es cierto); creador de la música (a través del invento de la lira), Señor de la noche y más. En fin, el tipo las tenía todas. Todos conocemos el inframundo egipcio, allí uno llegaba cuando le llegaba el momento y, en una balanza de platos, el corazón del difunto se pesaba teniendo que pesar igual que una pluma. Bien, la pluma en cuestión era un pluma de ibis, es decir del animal asociado con Thot. Si el corazón pesaba más no se podía pasar al mundo de Osiris, si pesaba igual sí. Y nada podía pesar menos que una pluma de Thot.  Él estaba allí, tomando nota del nombre del muerto y, por supuesto, de su destino.

Ahora, hermanos, unamos nuestras manos y oremos con corazón limpio, profundo y sincero:

Salve, oh Thot, señor del Tiempo. Escribe bien sobre nosotros en tu libro cósmico, haznos conocer nuestro camino y concédenos la estabilidad física y mental necesaria para lograr lo que hemos planeado en el espíritu antes de embarcarnos en este viaje. Ayúdanos a aprender nuestras lecciones en todos los niveles, de manera que podamos merecer realmente el grado espiritual al que aspiramos.”

Antigua plegaria egipcia.