Mapas en tres dimensiones en Oceanía

Me gustan los mapas en particular y la cartografía en general. En este sitio he publicado más de diez entradas relacionadas con curiosidades relativas a los mapas y hoy, que me encuentro con esta deliciosa curiosidad, no puedo dejar de compartirla (de hecho, me hizo recordar a aquella entrada sobre la cartografía «en tres dimensiones», que solían usar los inuit; entrada que pueden encontrar aquí).

 

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En este caso se trata de otro tipo de cartografía en tres dimensiones; la utilizada en las Islas Marshall hasta mediados del siglo XX; el cual se trataba de un ingenioso y avanzado sistema para cartografiar el oleaje y facilitar la navegación, que no tiene parangón en el mundo.

Los marshaleses siempre fueron excelentes navegantes, no en vano los dos archipiélagos que conforman el país cuentan con un total de 1.152 islas, islotes y atolones. También fueron experimentados constructores de canoas, y de hecho todavía hoy existe una competición anual de fabricación de este tipo de embarcaciones tradicionales.

Pero lo más interesante es cómo se orientaban en el mar, para lo que utilizaban unas cartas de navegación hechas con palos que constituyen el primer sistema cartográfico del oleaje marino conocido en el mundo. Su complejidad y precisión son un logro que todavía hoy sigue asombrando a los expertos.

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Estos artefactos no son cartas de navegación tal cual se entiende el concepto en el mundo occidental, sino más bien instrumentos mnemónicos y de aprendizaje, porque sorprendentemente los mapas no se consultaban durante la navegación, sino que eran memorizados antes del viaje, algo lógico teniendo en cuenta la fragilidad de los artefactos y la limitación de movimientos a bordo de las canoas.

No todos los marshaleses conocían el sistema, solo un reducido número de la élite dominante controlaba el secreto de la creación de las cartas de navegación, que era transmitido exclusivamente dentro de la propia familia. Por ello, cuando salían a mar abierto lo hacían en grupos de 15 o más canoas, al frente de las cuales iba un único piloto, precisamente el que conocía el exclusivo método cartográfico.

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Las cartas de navegación se hacían con palos unidos con cuerdas de coco, que delimitaban las diferentes zonas de oleaje, con las islas representadas mediante conchas atadas en el lugar correspondiente. Mediante hilos señalaban la dirección de las ondas oceánicas al aproximarse a las islas, así como el flujo y reflujo de las rompientes.

Es posible que en principio el sistema fuera común a todos sus conocedores, pero con el tiempo se hizo tan exclusivo que tan solo el propio creador de uno de estos mapas sabía como interpretarlo y usarlo.

 

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Carta conservada en el Museo Histórico de Berna / foto NearEMPTiness en Wikimedia Commons

Identificaban cuatro tipos de oleaje, denominados rilib (generado por los vientos alisios del noreste), kaelib (más debil y solo detectable por los navegantes más experimentados), bungdockerik (oleaje muy fuerte del suroeste) y bundockeing (el más debil de todos, presente en las islas del norte), que eran representados en los mapas mediante palos curvos e hilos, principalmente en torno a las islas, de modo que podían identificar rutas de acceso seguras entre la mar de fondo.

Los mapas de navegación eran de tres tipos: los Mattang eran utilizados para la instrucción en el arte de la navegación; los Meddo eran mapas parciales que solo mostraban algunas de las islas en sus posiciones relativas o exactas, así como la dirección del oleaje profundo; y los Rebbelib eran similares a los meddo pero incluían la posición de la totalidad de las islas de los archipiélagos marshalenses, siendo por tanto los más completos.

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Carta en el Museo Peabody de la Universidad de Harvard / foto Dominio público en Wikimedia Commons

Tras la Segunda Guerra Mundial este tipo de mapas dejó de utilizarse debido a la llegada de las nuevas tecnologías, aunque el conocimiento de su elaboración se sigue manteniendo vivo. Hoy en día también se hacen copias de los antiguos mapas conservados, que se venden a los turistas como souvenirs. Por suerte quedan muchos ejemplares originales en museos de todo el mundo.

Fuente: La brújula verde

El evangelio de la templanza en un mapa de ferrocarril

 

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Ustedes ya saben de mi afición por los mapas y, sobre todo, por los mapas extraños, inventados o alegóricos. Cada tanto tengo la suerte de encontrar uno nuevo, como en este caso, en que por azar me topé con este Mapa de la Templanza. G. E. Bula ideó este mapa en 1908 como una forma educativa indirecta. (Para verlo en mayor tamaño, pueden ir aquí). En el recuadro inferior izquierdo, puede leerse:

«Este mapa único creará una impresión duradera para el bien de todos los que lo estudien. Los nombres de estados, ciudades, ferrocarriles, lagos, ríos y montañas son significativos. Una copia de este mapa debería estar en cada hogar, hotel, estación de ferrocarril y lugar público. Sería un estudio interesante para los escolares, tanto en el  [sistema] público como en las escuelas dominicales. Hará que muchos abandonen la Ruta de la Gran Destrucción y terminen su viaje en la Gran Ruta Celestial. Precio 35 centavos».

Por supuesto, me puse a recorrer ese territorio con el placer de siempre; y encontré que todo parece partir de Villa Decisión (arriba, a la izquierda); y los puntos de llegada son sólo dos: La ciudad celestial (arriba, a la derecha) o Ciudad Destrucción (abajo), con dos caminos directos con los mismos aburridos nombres (la Gran Ruta Celestial los llevara directo a Ciudad Celestial, pasando por los estados de Corrección y Bonda y Sacrificio. Lo dicho: pretencioso y aburrido). Lo mejor está, por supuesto, en ir viajando por aquí y por allá. Deteniéndose donde a uno le parezca mejor. ¿Por qué no tomar el Camino que luce correcto? Los riesgos son mayores, sin duda; pero no vamos a negar que algunas alegrías se conseguirán por el camino,  pasando, por ejemplo, por el Estado de la Vanidad (donde tenemos el Pantano Mormón), Villa Presunción, Falsa Esperanza y luego, tomando un desvío, podemos llegar al Lago Cerveza (para quienes gusten de emociones más fuertes podrían tomar por el primer desvío y luego de pasar por Divorcio y Descontento, pueden llegar al Lago de la jarra de Ron, luego de pasar por el Parque Cocaína.

Como ven, hay para todos los gustos. Por cierto, el mal camino parece mucho más popular que el bueno; aquí, en el mapa, y en la vida real también. Mal que nos pese, las alegorías sólo sirven para entretenernos un rato y poco más. Por eso me despido y me voy a jugar con el mapa otro ratito.

Periferias

Para su Atlas Histórico de 1830, Edward Quin adoptó un enfoque diferente al de otros cartógrafos: En lugar de presentar la historia como una serie de momentos discretos, ilustra el crecimiento del conocimiento cubriendo la tierra en nubes oscurecidas que se golpean de panel a panel.

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“En el Atlas Histórico de Quin, el mundo se muestra primero en la oscuridad, con nubes oscureciendo todo fuera del Jardín del Edén”, observan Anthony Grafton y Daniel Rosenberg en Cartografías del Tiempo. Poco a poco, a medida que la historia revela más del mundo, las nubes retroceden. Dar vuelta a las páginas del atlas es un poco como navegar a través del libro de un tirón, mirando la oscuridad retroceder mientras que el mundo conocido por los europeos crece”.

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Y ése es el punto: Quin, como buen europeo de principios del Siglo XIX, sólo podía ver el mundo desde el centro de poder, del cual él formaba parte. De todos modos eso no lo excusa; decir “en su época…” es una justificación que ya no tiene valor. Cualquier persona ilustrada de cualquier época debe saber que uno nunca es el centro de nada, mucho menos del mundo o del universo. Lo peor de todo es que esa costumbre sigue presente en las mentes de los más reaccionarios de cada época; desde los nazis hasta los Trumps actuales.

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Si nos fijamos en las civilizaciones antiguas, cada una de ellas se consideraba a sí misma como enclavada en el ombligo del mundo (de hecho, muchas denominaciones para ciudades o emplazamientos tenía ese nombre: ombligo. Desde Teotihuacán hasta Jerusalén). La única diferencia es que los incas o los mayas fueron los que perdieron y, como se sabe, la historia la escriben los que ganan; así que hoy el ombligo anda por otros rumbos, pero siempre atento a destacar que ellos sí son el centro mientras que el resto, simplemente, pertenece a la periferia; como esas nubes oscuras en los mapas de Quin.

A viajar sin temor

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Mi querida Danioska me pasó este mapa hace cosa de un mes, pero me demoré en escribir la entrada por la falta de datos, eso hasta que ayer, al fin, encontré algo. Allí vamos:
Este mapa de la “Tierra de la Ternura” fue ideado por la noble francesa Madeleine de Scudéry, para su novia Clelia, en 1653. (Pueden acceder al mapa en mayor tamaño en este sitio) Aquí podemos ver por qué es tan difícil mantener una relación ¡encontrar el curso correcto es casi imposible! Una pareja que comienza su relación en Nueva Amistad, en la parte inferior, puede tomar cualquiera de las cuatro caminos que se abren frene a sí. Dos de ellos se mantienen cerca del Río de inclinación: Uno de ellos pasa por Complacencia, Sumisión, Pequeños Cuidados, Asiduidad, Prontitud, Grandes Servicios, Sensibilidad, Ternura, Obediencia y Amistad Constante para llegar a “Licitación por Reconocimiento” (ustedes disculparán mi torpe traducción; si alguien quiere corregirme le estaré más que agradecido). Continúo: El otro camino atraviesa Gran Espíritu, Versos Agradables, Carta Galante, Carta Amorosa, Sinceridad, Gran Corazón, Honestidad, Generosidad, Exactitud, Respeto y Bondad para llegar a “Sobreestimación“. Pero hay otros dos caminos más peligrosos: Uno pasa a través de Indiscretion, Perfidia, Injurias, y Travesuras para terminar en el Mar de la Enemistad; El otro pasa a través de Negligencia, Desigualdad, Tibieza, Ligereza y Olvido para llegar al Lago de la Indiferencia. Pero para aquellos amantes que anden lo suficiente puede esperarlos un resultado feliz más allá de El Mar Peligroso, alcanzando las Tierras Desconocidas.

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Aún peor es esta visión, el “Mapa o Carta del Camino del Amor, y Puerto del Matrimonio” (pueden verlo mejor en este sitio) publicado por “T.P. Hidrografista, a su Majestad Hymen, y al Príncipe Cupido”, en 1772. El viajero tiene que encontrar el camino desde el Mar de la Vida Común a la izquierda, hasta el Puerto de la Felicidad y la Tierra de la Promesa, a la derecha, y la única manera de llegar es por el Puerto de Matrimonio, en el que se esconden las Arenas del Dominio Femenino y el desastroso Remolino del Adulterio. La explicación en la parte inferior del mapa describe el curso traidor:
Desde el Mar de la Vida Común entramos en el Camino del Amor por el Estrecho del Ciego. Nos dirigimos primero a Dinero, Lujuria y, a veces, a Virtud; pero muchos buques se pierden en el Remolino de Belleza. Desde este camino hay muchos puntos de navegación, sin embargo, algunos navegantes ni siquiera se dirigen a través de estos y amarran en Arroyo del Sueño Rápido. Los que siguen llegan a la Ceremonia del Cabo, pasan al Puerto de Matrimonio a través del Estrecho de Fruición y llegan al Cabo Éxtasis. Se debe tener cuidado de mantenerse inmóvil a estribor para que no caer sobre las rocas hundidas que se mezclan con el Cabo del Arrepentimiento; un buen piloto también se mantendrá alejado de las Rocas de Los Celos. Algunos, al fin, han pasado el Estrecho Placentero (entre el Cabo Fidelidad y el Cabo del Sentido Común) y han llegado a salvo a Puerto Felicidad,
El mapa proporciona un consejo general: “Tu Virtud debe ser tu Piloto; Tu Compás, la Prudencia; la Paz, tu Mar; Tu Ancla, la Esperanza; Tu edad, tu Estiba; Tu Amor; tu Verdadero Curso, puesto aun así, bajo constante prueba. Tu Lastre, El Sentido; y la Razón pura, el Blanco de Tus Miradas”.

¡Buenas singladuras, navegantes!

El mundo nuestro de cada día.

“El mundo fue y sera una porquería / ya lo se / En el quinientos seis /y en el dos mil también… Así comienza el que quizá sea el más famoso de los tangos: Cambalache, escrito por Enrique Santos Discépolo en 1934. Pero no es de tangos que voy a hablar aquí, sino del primero de los sustantivos de la letra: el Mundo.

Este es un mapa del mundo donde los países fueron “deformados” en función de su población. Como es evidente, a mayor población, mayor tamaño relativo; y lo pongo en primer lugar para usarlo como referencia sobre los que vendrán después:

En los siguientes mapas las deformaciones serán mayores, según el tema tratado. Sin duda, aquello de que “una imagen vale más que mil palabras” (frase con la que no estoy en un cien por ciento de acuerdo), en este caso se aplica perfectamente. La fuerza de estas imágenes nos exime de mayores comentarios.

Inversión militar (año 2002)

Muertes durante una guerra (año 2002)

Bien, no hace falta ser muy lúcido para ver de qué se trata todo. Varias páginas de datos y cifras quedan sintetizadas aquí de manera notable.

Uno más relacionado a lo anterior:

Países con armas nucleares

Veamos ahora qué sucede, por ejemplo, con el tema salud:

Uso de condones usados por hombres (nota: el de las mujeres varía en muy poco, por eso sólo pondré éste).

Enfermos de Sida

Mortandad maternal

Y por último, al menos por hoy:

Niñas que no acceden a la educación.

Que falta de respeto
que atropelloba la razon
cualquiera es un señor
cualquiera es un ladrón

Si uno vive en la impostura
y otro roba en su ambición
da lo mismo que sea cura
colchonero rey de bastos
caradura o polizón.

Así sigue la letra de Cambalache, y uno tiene la sensación de que Discépolo era un “adelantado” a su época, un visionario; un cínico quizá, pero con una notable capacidad para ver adónde iba a ir a parar el mundo. Nada de eso. Discépolo escribía desde y para su época, la culpa -o la responsabilidad, para no usar una palabra tan desagradable- es nuestra. Somos nosotros los que no hemos avanzado ni un paso desde 1934, cuando se escribió un simple tango en un conventillo perdido de Buenos Aires.

Es por eso que no podemos, no debemos, quedarnos de brazos cruzados. No digo que salgamos a quemar bancos o a linchar políticos, pero al menos, mínimamente, hacer algo; lo que esté a nuestro alcance. Un simple paso, una simple acción. Sumando uno más uno más uno más uno… algo podremos lograr.

 

 

Y, gracias a  la sugerencia de Alberto Dieguez, Cambalache, en la voz de Joan Manuel Serrat: