Melancolías (II)

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Para terminar hoy con lo que empecé ayer, quiero compartir uno de esos pequeños recuerdos placenteros que sólo tienen importancia para uno mismo, pero que de algún modo, al ser eso parte integral de uno, también puede ser considerado digno de mostrar, como si fuese una faceta de ese cristal múltiple y complejo que somos.

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El hornero es un pequeño pájaro endémico del sur de América del Sur. Es el ave más común de donde provengo y tiene una característica peculiar: construye su casa con adobe; es decir, con barro. No sólo eso, sino que además, para protegerse del frío y de los fuertes vientos que son habituales durante largos meses en aquellas lejanas latitudes, construye una pared interior que separa la estancia en dos partes. Es decir que construye su vivienda con dos ambientes, por así decirlo.

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Recuerdo muchos horneros y muchas de sus casas, las cuales son habituales en los árboles, por supuesto, pero también en casas o, como las imágenes con que ilustro la entrada, en edificios o en monumentos. Recuerdo uno muy particular, en una pequeña ciudad llamada Coronel Pringles. En ella hay un monumento al General San Martín y detrás de él hay una alta columna rematada con un imponente cóndor. Fue muy gracioso ver debajo del ala de esa ave andina el nido de un humilde hornero, que había encontrado allí una doble protección: la de su casa y la del ala del cóndor inmóvil. Nadie como la naturaleza sabe cómo manejar la ironía.

El hornero no es un pájaro notable, no es grande ni tiene colores brillantes; pero es un gran arquitecto y es el primer ave que aprendí a reconocer y eso es algo que, como el primer amor, uno nunca olvida.

Buscando en la red he encontrado un par de imágenes que ilustran lo anterior. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Oh, melancolía.

Silent Lake by Shufu Miyamoto

Lago silencioso, de Shufu Miyamoto.

«Aparte de mis numerosas amistades aún tengo un confidente íntimo: mi melancolía. Constantemente me hace señas en medio de mis alegrías o de mis trabajos, y entonces me llama a un lado y la obedezco, aunque corporalmente continúe en mi sitio. Mi melancolía es la más fiel amante que he conocido. ¿Qué tiene, pues, de extraño que la corresponda con todo mi amor?»
Søren Kierkegaard, “Diapsálmata” Editorial Gredos.