El poder de la tijera

 

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Un problema clásico en la filosofía es el del conocimiento y sus alcances o sus límites (epistemología). En la práctica podemos dejar de lado esos asuntos, ya que todos sabemos que esa mesa que tenemos adelante es una mesa y no hace falta adentrarnos en temas que son sólo aptos para ámbitos académicos. Pero las cosas se complican siempre y la verdad es que cada día cuesta más y más saber en qué podemos creer y en qué no, aún en aspectos prácticos. La duda sobre lo que nuestros sentidos nos ofrecen se va haciendo cada vez más tenue en la medida en que los medios de comunicación se perfeccionan. Roland Barthes escribió alguna vez: «Toda fotografía es un certificado de presencia. Este certificado es el nuevo gen que su invención ha introducido en la familia de las imágenes. [ …] Quizá tengamos una resistencia invencible a creer en el pasado, en la Historia, como no sea en forma de mito. La Fotografía, por vez primera, hace cesar tal resistencia: el pasado es desde entonces tan seguro como el presente».

La fotografía vino a poner un poco de orden en el mundo y hubo un momento en que pasó a ser tan importante que si algo no estaba fotografiado podía llegar a considerarse como que no había ocurrido. Pero luego llegó la perfección a la técnica y, como bien dijo Peter Burke en su Visto y no visto «La fotografía no miente, pero hay fotógrafos mentirosos». Somos nosotros, como siempre, los que estamos detrás de todo lo que sucede.

La foto que ilustra esta entrada sintetiza la idea. Una foto, la central, puede ser modificada con sólo un pequeño corte para mostrar dos realidades diferentes. La que continúa es más compleja en su ejecución, pero la base es la misma. Pertenece al fotoperiodista Brian Walski y este montaje le costó su trabajo en Los Angeles Times. Pero como siempre digo en estos casos ¿Cuántos otros casos pasarán desapercibidos o serán ocultos tras la trama del poder?

 

Brian Walski

 

Ahora, claro, volvemos a la pregunta inicial: ¿En qué o en quién podemos creer?

Los invisibles (esta vez de verdad) de los medios

 

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Cada vez que escribo una entrada para este sitio movido por el descontento que provoca algún hecho en particular debo contenerme para acotar las citas que se agolpan de inmediato en mi mente. En este momento estoy entre Wilde, Nietzsche y Kapuscinski. Empiezo por el primero, ya que mi inconsciente parece que ya los puso en orden.

Oscar Wilde dijo aquello de «La naturaleza imita al arte»; y empiezo por aquí porque quiero aclarar, de entrada, que no deseaba hablar de nada que tuviera que ver con los desgraciados sucesos ocurridos en México hace unos pocos días; pero la realidad me obliga a hacerlo; de allí lo certero de la cita de Wilde.

El asunto es que, como todos saben (y los que no, podrán verlo en entradas recientes, como Los invisibles y los medios, entre muchas otras) creo que los medios de comunicación son cualquier cosa menos lo que se dice «medios» (el mismo término implica en cierto modo una equidad entre los extremos) y mucho menos «comunicación» (término que implica la difusión de datos o hechos concretos). México no sólo ha sido víctima de una catástrofe natural —algo sobre la cual las personas no tienen poder alguno—, sino también de, hasta cierto punto, de una catástrofe artificial —y aquí a nadie más que a un humano puede echársele la culpa—.

Durante dos días se tuvo a la sociedad mexicana en vilo por las tareas de rescate que se llevaban a cabo pero, sobre todo, por un caso que, por lo doloroso fue central: el colapso de la escuela Enrique Rébsamen. Se habló de una niña —Frida Sofía—, la cual estaba con vida y sobre la que se dijo que estaba en comunicación con los rescatistas, que había tomado agua, que hablaba por medio de un micrófono, que se había protegido debajo de una mesa, y que ella misma había dicho que estaba con otros niños. Dos días después (dos días de trabajos constantes entre los escombros. Repito: dos días en medio de la tragedia) Carmen Aristegui, una de las pocas periodistas serias con las que se puede contar hoy, nos informa que Frida Sofía no existe. El desconcierto, el enojo, el estupor, nos invade a todos. Televisa parece ser el canal de donde parte la falsa noticia; y Televisa culpa a la Marina, y la Marina culpa a los rescatistas y…

 

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… Y aquí entra Friedrich Nietzsche, se tusa el bigote y dice lo que ya nos enseñó hace tiempo: «No hay hechos, sólo interpretaciones» y «La verdad es una construcción del poder». Está bien, ya sabemos que la verdad no existe (la verdad entendida como construcción independiente del hombre, claro) pero aquí al menos debe existir algo que se llame responsabilidad. Ya sabemos, también, que la información no es, precisamente, información, sino material ficcional adecuado a las necesidades de venta del emisor; de allí que un canal de TV necesite el drama o el escándalo para que la gente no se despegue de su pantalla y así tener los mejores anunciantes. Lo mismo pasa con los periódicos o las radios, claro está; pero en casos como el que acaba de suceder en México, la TV es ama y señora de lo que sucede.

 

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Rudyard Kapuscinski dijo —y me parece increíble que tenga que repetirme con tan sólo unos pocos días de diferencia—: «Cuando la información se transformó en una mercancía, la verdad dejó de ser relevante». Y el asco ya es completo.

Dije que no quería hablar de lo sucedido en México pero me fuerza a dejarlo por escrito lo que ocurre a mi alrededor ¿Mañana podré hacerlo? Vaya uno a saber… a la realidad le gusta tanto imitar al arte…

El editor interior

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“Toda edición es una mentira” Jean-Luc Godard

Vemos sólo lo que queremos ver. Vemos sólo lo que podemos ver. Lo segundo determina lo primero y es por ello que deberíamos obligarnos a pulir, a alimentar, a perfeccionar el segundo término de la ecuación para que el primero vea minimizada su posibilidad de error. A ver se aprende y a pensar también. Como bien dijo Peter Burke en Visto y no visto: “Las fotografías no mienten, pero hay fotógrafos mentirosos”. No ser uno de ellos de manera consciente es un trabajo personal y necesario; no mentirnos a nosotros mismos (primero) ni a los demás (después). Entonces la edición seguirá siendo una mentira, pero su sombra no será tan oscura ni será tanta su influencia.

El centro del poder en el siglo XXI.

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Palabras. El problema mayor del siglo XXI son las palabras. Nunca como en estos tiempos que nos tocan vivir la palabra ha tenido tanto poder y, por eso mismo, ha sido más manipulada y utilizada. Sé, por supuesto, que existen problemas graves como la guerra, calentamiento global, migraciones forzadas, extremismo religioso y otros más; pero todos ellos están supeditados al poder de la palabra. Todos y cada uno de estos problemas de la actualidad ―algunos de los cuales no es nuevo en la historia de la humanidad― es impulsado por el valor de la palabra.

Arturo F. Silva

Desde hace tiempo se sabe que las palabras son las que crean los límites de la verdad (lo que significa, en definitiva, que directamente crean la verdad); pero el mayor énfasis en el estudio del valor de la palabra como medio de manipulación se ha dado desde mediados del siglo XX, posiblemente con Chomsky al frente de la lista. Hoy es más que evidente que lo que se busca es vaciar a las palabras de significado. Desde el poder hoy se tergiversan todos los términos y sus valores; de este modo, todo se torna confuso, lo cual es, en definitiva, lo que se busca. Decir terrorista, demócrata, feminismo, religiosidad, mentira, progreso, belleza, etc. es no decir nada claro. Como bien dice el viejo refrán, “A río revuelto, ganancia de pescadores”. Como sucede siempre, si miramos bien alrededor las redes y las botes nunca están en nuestras manos.

Subterfugios eclesiásticos

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La historia es así: resulta que el Papa Paulo VI había solicitado un informe sobre el estado de corrupción imperante en la burocracia del Estado Vaticano; el informe fue realizado, pero ante el escandaloso contenido se lo guarda en un arca con dos llaves y se mantiene en una importante oficina. Por la noche alguien ingresa y bueno, supongo que se lo imaginan, el informe desaparece. Al día siguiente, en una conferencia de prensa, el portavoz vaticano Federico Alessandrini desmiente tal robo.
Y copio:
“Los enterados saben que allí, cuando se apresuran a declarar que no saben nada acerca de lo que se dice, significa que hay algo oculto de lo que están al corriente, aunque lo desmientan. Es lo que se llama reserva mental sobre una verdad distinta.. No siendo una mentira, tampoco es un pecadillo.” (El Vaticano contra Dios).

El subrayado es mío y creo que también debería haber subrayado la última frase. ¿No es brillante el modo en que algunas personas se las rebuscan para mentir y caer parados? Ahora, ¿Quién les dijo a los muchachos del Vaticano que ocultar la verdad sobre un asunto no es mentir, así, lisa y llanamente aún cuando lo llamen una verdad distinta? ¿Y qué sentido tiene la expresión –al menos en este ámbito– una verdad distinta? ¿Es que acaso un robo puede ser considerado como un delito y, al mismo tiempo, como un no-delito? (El aburdo de la expresión “no-delito” al que me veo obligado a recurrir pone en evidencia el absurdo de la expresión verdad distinta).  A no ser que ésa sea una nueva costumbre cristiana, eso, después de todo explicaría muchas cosas.
Perdón, ¿dije nuevas costumbres?

Sepa qué hizo su Santa Madre antes de que usted naciera

Yo ya no estoy en edad de que mi madre me ande controlando aunque, para ser sincero, a veces lo intenta. Supongo que debe ser más fuerte que ella. Lo que significa más fuerte que la razón misma. Pero no puedo dejar de mirar a mi alrededor y veo a un montón de madres  que hablan y dictan (porque no enseñan o educan: dictan) como si la Virgen María, a su lado fuese la Madama de María Magdalena. Está bien, si hay algo difícil en este mundo es imaginarse a la propia madre haciendo eso que con tanto gusto hacemos todos nosotros en cuanto tenemos oportunidad; pero de algún lado aparecimos en este mundo, así que no hay más remedio que reconocer que nuestra Santa Madre ha tenido, aparte de sus navidades, también bastantes nochebuenas.

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¿Entonces a santo de qué viene esa costumbre de estigmatizar la educación sexual? ¿Qué quieren hacernos creer esas señoras que, como leí en algún lado, se horrorizan de la palabra pene y tienen ocho hijos? Vivo a dos calles del Hospital Materno Infantil y se ven, con demasiada regularidad, jóvenes con sus pequeños en brazos o abuelas que recién deberían ser madres. ¿No sería mejor enseñarles a esas pequeñas a cuidarse en sus relaciones sexuales en lugar de hacer como si nada de eso existiera o que eso es pecado o que eso es sucio, cuando no hace falta ser un Einstein para darse cuenta de que esas ideas nunca funcionaron ni van a funcionar?

Me siento como un iluso haciendo estas preguntas tan burdas y tan obvias; pero éstas son hijas (valga el juego de palabras) de otra pregunta también obvia: ¿Es que nunca la humanidad hará uso del sentido común?

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