A uno de los nuestros.

crisis_communication1En plena crisis política de mis dos países, Argentina y México y considerando una posible situación crítica internacional en cuanto asuma el peligroso idiota de Donald Trump, recordé estas notas que tenía desde hace un tiempo y las retoco apenas para dejarlas aquí.

Alguien le preguntó al astrofísico Neil de Grasse Tyson sobre a qué le tenía más miedo, si al calentamiento global o a la posibilidad de que la Tierra fuese golpeada por un asteroide de 192px-neil_degrasse_tyson_at_howard_university_september_28_2010gran tamaño. La respuesta de Tyson, como siempre, fue un paso más allá y dejó, como debe hacerlo un buen educador, una puerta abierta al pensamiento. Tyson dijo que esos dos escenarios ocupan el segundo lugar en su lista de temores, debajo de su temor mayor: un mundo con líderes sin educación científica. Si tenemos líderes con educación científica podremos solucionar esos problemas; de lo contrario nada podrá hacerse. Dijo como para terminar de aclarar el punto.

El astrofísico ya había dicho algo parecido años atrás. Si miramos la lista de los senadores y de los políticos en general ¿qué encontramos? Abogado, abogado, abogado, empresario, abogado, abogado… ¿Dónde están los científicos, dónde los artistas, los educadores, los trabajadores? ¿Dónde están representados los demás integrantes de la sociedad? ¿Y cómo esos abogados y empresarios van a tomar decisiones sobre temas lobo_ovejade los que no saben nada?

Como todos sabemos pero parecemos olvidar, los políticos que nos gobiernan están allí porque nosotros los hemos puesto en ese sitio. La idea base de la democracia es que ellos nos representan; así que como bien nos lo dice Neil de Grasse Tyson, deberíamos dejar de culpar de todo a los políticos y empezar a compartir parte de la responsabilidad y, sobre todo, empezar a votar a aquellos que realmente nos vayan a representar; es decir, a uno de los nuestros.

Sincretismos a la mexicana II

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Hace poco hablé sobre la sorprendente capacidad de la que hacen gala los mexicanos a la hora de mezclar ideas, conceptos, culturas. La muerte es uno de esos temas y la especial relación que tienen con ella es también lo toqué en su momento (en noviembre, cuando se celebró la festividad del Día de Muertos). Esta particular relación de este país con la muerte les permite cosas que a otras culturas les sabría a curiosidad o, incluso, a cierta cercana exposición de mal gusto o de trato inadecuado. En mi caso particular me muevo más por el primero de los carriles; por fortuna mi curiosidad hace que vea todo con una mirada amplia y que jamás juzga a aquello que es diferente como un error. Por otra parte, sé que la muerte es un tema tabú para muchas personas o para muchas culturas, así que ir por caminando tranquilamente por una calle cualquiera y ver un negocio donde se venden ataúdes y éstos se exponen como si fuesen prendas de vestir en una vidriera no debe ser fácil de digerir para unos cuantos. Tampoco sería muy bien visto que una funeraria utilizara el humor para promocionarse, pero eso es lo que encontré en esta ciudad (me disculpo de antemano por la calidad de las fotos; las tomé apresuradamente y desde el punto donde me encontrara en ese momento; la cuestión era no perder la sam_6700ocasión de grabar esas imágenes). “Mamá, mamá ¿puedo jugar con
el abuelo? Bueno, pero luego lo vuelves a enterrar” Tú ríes, nosotros nos preocupamos. Funerales Santa Cruz
. O también: “El preventivo informa: cae una bomba en un cementerio. El saldo: cero heridos, todos muertos. Tú ríes, nosotros nos preocupamos. Funerales Santa Cruz”. Estos dos casos, como pueden ver, se encuentran en la parte trasera de dos transportes públicos; pero la empresa Santa Cruz también se promociona con carteles sobre las autopistas (ya pueden imaginarse los textos en esos casos).

La muerte, ese gran tema filosófico, esa gran incógnita humana. ¿Es correcto usar este tema de este modo? ¿Molesta a alguien o no? Yo, debo reconocerlo, lo tomo con humor; pero creo que sólo lo hago ahora, en este momento; tal vez mañana no me resulte tan gracioso.

Sincretismos a la mexicana

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Si hay algo de este país que no deja de asombrarme por su amplitud y ubicuidad es esa capacidad para mezclar cosas disímiles con la mayor naturalidad. Hace poco, en noviembre, en las celebraciones del día de muertos, vi dentro de una iglesia católica unas ofrendas de maíz y otros alimentos, lo cual es una tradición maya, no católica. Ahora me ha tocado ver algunas mezclas o cruzas más triviales —al menos hasta cierto punto— pero no por ello menos curiosas o interesantes. El día 12 de diciembre se celebra en todo México el día de la Virgen de Guadalupe y en Morelia algunos penitentes van de rodillas a lo largo de los 500 metros de la calzada Fray Antonio de San Miguel hasta el Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. La imagen que tengo grabada, en particular, ocurrió en un momento en que caminando por la calzada paso al lado de un muchacho que iba de rodillas hacia el templo con su pequeño hijo en brazos; lo rodeaban personas que comían algodón de azúcar, que arrojaban vasos vacíos a un lado del camino y, como fondo de la imagen, a tan solo un par de metros, un disfrazado de Grinch esperaba a alguien que quisiera tomarse una foto con él.

Ayer pasé por la plaza central de Morelia y veo que ha sido decorada con motivos religiosos referentes a la navidad. En uno de los canteros veo un infierno hecho con luces rojas y maniquíes representando al diablo, a Cerbero y algunos penitentes. Todo muy bien, salvo que detrás de ese infierno tres payasos hacían sus gracias para ganarse unas monedas de los paseantes. Observé que desde mi punto de vista (el orden sería yo-infierno-payasos) esos payasos dejaban sin efecto a toda metáfora de castigo o de realidad infernal. Todo era una especie de burla sin demasiado sentido; pero pensé que si me hubiese ubicado en el otro extremo (es decir: yo-payasos-infierno) el sentido hubiese sido otro muy diferente. Ese infierno ya hubiese tomado la forma de una amenaza o tal vez de una metáfora de lo ridículo de la vida humana.

Sea como fuere; es decir, más allá de la lectura que yo haga en particular de cada hecho, no cabe duda de que México es un país que no dejará de sorprenderme jamás; y que debo estar más que agradecido por ello.

El consultorio de Dr. Acula

Y uno viene tonteando por las calles, mirando aquí y allá despreocupado, cuando la realidad o el surrealismo o el absurdo lo golpea en la frente y lo despierta de manera terminante con algo como esto:

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A lo largo de mi viaje me he encontrado con muchas muestras de sincretismo, sobre todo el que intenta aunar las ideas religiosas con la sociedad laica o con la ciencia. Muchas de ellas son, hasta cierto punto, comprensibles e inocuas; pero hay veces en que ese sincretismo es bastante más curioso o, me atrevería a decir, que al menos suena más peligroso. Esta imagen la tomé en la ciudad de Quiroga, en México, y la verdad es que me resulta preocupante pensar en las capacidades o métodos del pediatra en cuestión. Teniendo en cuenta de que la medicina moderna intenta ser lo menos invasiva posible, sobre todo con los niños ¿Qué métodos usará el Doctor Ignacio Fuentes para tranquilizar a sus pacientes cuando nos presenta a un ser agonizante y sufriente desde la misma imagen en la entrada? ¿Prescribirá antibióticos o padrenuestros? ¿Creerá en los virus o sólo en el pecado original? Malaventurados los niños que caigan es sus manos…

Calaveritas de azúcar y flores de cempazuchitl

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La relación que mantienen los mexicanos con la muerte es por demás particular, eso ya es por todos sabido. En lo personal me parece, por momentos, por demás sana, ya que en algunos casos veo que se le quita a la muerte ese velo de superstición que suele envolverla; en otros momentos me sabe a todo lo contrario, ya que he podido ver cómo en lugar de encontrar algún tipo de paz, estas celebraciones parecen ahondar en un dolor improducente. Todo depende, claro está, de a quién uno tenga delante. De todos modos, creo que la cultura mexicana es única en este aspecto y en líneas generales la festividad me parece maravillosa.

Por primera vez visito un cementerio de noche. A pesar de todo lo que significa la festividad del día de muertos fue una noche, si se me permite, entretenida. Como dije antes, salvo en casos particulares, la gente suele tomar esta fecha de una forma mucho más relajada de lo que solemos pensar quienes no somos mexicanos. Aun así me negué a tomarme una foto entre las tumbas; me pareció una falta de respeto. Lo que para mí es curiosidad para otros puede bien ser una noche de profundo pesar; así que preferí  tomar algunas fotos generales y siempre y cuando no molestara a nadie con ello. Sin duda, la ceremonia es por demás curiosa. Esta noche (la del 31 de octubre) es la noche en la que se velan a los niños difuntos y en el panteón, además de las personas que pasan la noche allí acompañando a los pequeños que ya han abandonado a este mundo, nos encontramos con una banda de música que tocaba junto a los familiares de un adolescente que parecía haber muerto hacía poco tiempo, vimos tumbas decoradas con las clásicas flores naranjas (flor de cempazuchitl) donde pendían dulces, galletas y juguetes; cientos o miles de veladoras iluminando parte de la noche; fogatas encendidas para paliar el frío; vimos grupos donde se convidaban con bebidas calientes entre vecinos o donde se oían los rezos entre los acordes de otra banda que tocaba en el otro extremo del cementerio. Para alguien que recién está aprendiendo a reconocer el valor cultural de lo que tiene delante, ver en mitad de la noche la tumba de un niño rodeada por la risa de otros niños que jugaban en la oscuridad que nos envolvía no dejó de ser un hecho por demás curioso, particular y, sobre todo, digno de ser considerado como algo decididamente especial.

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La etimología de los nachos

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Según el Oxford English Dictionary, los nachos llevan el nombre de una persona: Ignacio “Nacho” Anaya. A principios de 1940, “Nacho” Anaya era dueño de un restaurante conocido como El Moderno en Piedras Negras, México, al otro lado de la frontera de Eagle Pass, Texas, Estados Unidos. Alrededor de 1943 Anaya comenzó a servir un plato de totopos fritos rematados con pimientos jalapeños y queso derretido, llamándolo “plato de Nacho especial”. De allí a que al platillo se lo llamara directamente “nachos” no hubo más que un pequeño y exitoso paso.

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La acompañante (casualidad)

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Manuel Ocaranza. La cuna vacía, 1871.

Hace un par de meses tuve la oportunidad de visitar el Museo Nacional de Arte de México, también conocido como Munal. La visita fue más que interesante, no solo por las obras que allí pude ver, sino por el placer de recorrer el edificio en sí, otra de las muchísimas maravillas que nos ofrece en ese aspecto la Ciudad de México. En una de las salas donde se exponen las obras de la colección permanente del museo encontré la pintura con la que ilustro esta entrada. No conocía a Manuel Ocaranza (distinguido pintor y poeta nacido en 1841 en Uruapan, Michoacán) y encontrarme por primera vez con él a través de esta pintura fue una pequeña sorpresa. La razón de este (para mi) llamativo encuentro fue que unos pocos días antes yo había escrito un poema que terminaba con una imagen similar a la que el cuadro presentaba ante mis ojos. No es que el patetismo romántico del cuadro me guste demasiado; pero de un modo u otro la relación ahí está, existe y no puedo negarla. Como siempre, entre que escribo una cosa y la corrijo pueden pasar años, así que aquí les dejo el poema/borrador/boceto para que comparen.

La acompañante

«Desde que se inventaron las cámaras en 1839,
la fotografía ha acompañado a la muerte».
Susan Sontag

 

La cámara acompaña a la muerte.
A la muerte ahora vedette o estrella de cine o de TV.
La cámara magnifica su presencia
y su astucia posmoderna
luce las variantes infinitas
de esas creativas formas de higiene.
Para la muerte su trabajo
no es un caos ni un drama,
no es tragedia griega,
ni travelling preciso de Hollywood
o tristeza en cuadro simétrico
adornada con música de cellos.
No. Para la muerte su trabajo
es precisa rutina en experta precisión
un cruce de calles o rutas
a la velocidad justa y adecuada
revolver, bomba, cristal roto
el avión que pierde sustentación
o el barco (perfecto símil)
que pierde su línea de flotación
el policía borracho, el idiota celoso
el cirujano impotente o incapaz.

Con la misma naturalidad
de quien despacha un pan
detrás de un educado mostrador
o de quien prepara un sándwich
o maneja un taxi
la muerte canta
una canción de cuna.

México como disciplina.

Hopper - Monterrey Cathedral

Edward Hopper – Monterrey Cathedral

“México es una disciplina para el espíritu” escribe Jo Hopper (esposa de Edward Hopper) en uno de sus diarios. “Para cualquier cosa te hacen esperar hasta volverte loco. Llevan la mantequilla pero no el pan. El café se enfría esperando la leche…”, pero después añade: “Pueden ser encantadores estos mexicanos…” Cuando leí esas palabras en el libro sobre Edward Hopper ArtBook: Hopper. Realidad y poesía del mito americano, no pude menos que reír abiertamente. Me vi reflejado en esas palabras, las cuales ya he dicho en otras ocasiones aquí mismo y, sobre, de manera personal con las personas con las que me encuentro y con quienes tengo la suficiente confianza como para poder decirlas y que me entiendan (hay que tratar de evitar todo choque nacionalista que sea inconducente, es decir: todos y cada uno de ellos).
Sobre todo a lo largo de éste último mes me he encontrado con esa cara desesperante de un México, por otro lado, entrañable: aquellos quienes nos atienden con displicencia, profesionales que no cumplen con su palabra, amigos que nos hacen esperar varios minutos (o que directamente nunca llegan), cortes de calles por cualquier motivo y razón y otras bellezas por el estilo. Pero después aparecen con esa sonrisa inigualable que todos parecen compartir, te abrazan y todo, mágicamente, parece estar bien.
Al margen: Edward Hopper no se encontraba muy a gusto en la capital mexicana; es entonces cuando Katherine Kuh, en ese entonces restauradora del Art Institute de Chicago, le sugiere que se acerque a las ciudades más pequeñas, aquellas “sin las grotescas atracciones para los turistas”. De allí algunas de las obras que les dejo a continuación. De ese sitio que, como bien dijo Jo Hopper “es una disciplina para el espíritu”.

Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

El hermano de Rulfo

1375069271Hay minutos en que todo parece escaparse de las manos. El día ha sido como un cheque sin fondos. Hemos caminado de prisa y de pronto nos detiene una duda: ¿dónde vamos? Resulta que no lo sabemos. Una bruma desconsoladora nos envuelve. Creemos que los anuncios luminosos y las lámparas de los arbotantes no han sido encendidos. Suponemos que el mundo es demasiado grande y que no lo habita nadie. Algo así como si todos sus habitantes se hubiesen ido a vivir a otro planeta.

 A principios de noviembre, uno de los grandes amigos que he hecho aquí en México me regaló dos libros. Uno de ellos un poemario de José Pacheco y el otro, el libro de cuentos La muerte tiene permiso, de Edmundo Valadés; autor del que desconocía todo; desde su existencia en adelante, todo. Gerardo Farías, este amigo en cuestión, al que no quiero dejar de nombrar, es licenciado en letras y profesor de literatura e inglés. Desde que nos conocimos hemos cruzado lecturas y nombres varios; pero debo reconocer que me lleva ventaja. Sus recomendaciones siempre fueron mejores que las mías y eso debe ser por la sencilla razón de que sabe mucho más que yo. Cuando me dio los libros me dijo que Edmundo Valadés está considerado como un autor que puede colocarse a la par de Juan Rulfo; pero que su fama era menor y que por eso no suele asociárselo de ese modo tan literalmente con Rulfo. Comencé a leer el libro de inmediato y pude notar dos cosas: que Gerardo no había exagerado ni un ápice y que el libro me iba a quedar pequeño; y así fue, ya que en apenas unos días lo devoré, más que lo leí. La muere tiene permiso es un pequeño volumen compuesto por dieciocho cuentos magníficos. El fragmento que abre esta entrada pertenece al cuento Todos se han ido a otro planeta; y lo elegí porque esa soledad que se nos describe en ese principio es la misma soledad es la que vive dentro de cada uno de los personajes de cada cuento de Valadés. Desde el miserable que pide limosna, hasta el poderoso patrón que decide sobre la vida y la muerte de todos aquellos que viven dentro de sus dominios y que morirá a manos de uno de sus sometidos empleados pasando por el hombre que aún espera la llegada de un hada o el niño adoptado que se escapa de la casa donde vive para ser devuelto a ella poco después. No hay optimismo en estos relatos; no hay romances bonitos ni finales felices; pero uno no puede dejar el libro porque, por sobre todas las cosas, hay una pluma magnífica que nos hace permanecer frente a la página disfrutando como si estuviésemos en un parque de diversiones. Esto no es un detalle menor; lograr que el horror diario (porque lo que nos muestra Valadés en estos cuentos es lo que pasó y sigue pasando en el México profundo) sea, al mismo tiempo, puesto en escena como una magnífica obra literaria, es digno de aplaudir y de recomendar. Cuando me vaya de México me va a costar decidir qué es lo que voy a dejar atrás; pero hoy estoy seguro de que este libro va a viajar conmigo.

Sangre preciosa.

Cordero

“Porque ya sabéis que no con cosas corruptibles, como oro o plata que fuisteis rescatados de la vana manera de vivir cual recibisteis de vuestros padres, sino con la sangre preciosa de Cristo, un cordero sin mancha y sin defecto. Fue elegido antes de la creación del mundo, pero manifestado en los postreros tiempos por amor de vosotros”. 1 Pedro 1:18.

Estaba en Zinapécuaro, estado de Michoacán, preparando la clase que iba a dictar unos minutos después cuando mi mirada se detiene en una de las paredes del patio interior de la Casa de la Cultura. En ella hay colgada una imagen de un niño Jesús crucificado; a los pies de la figura una cinta lleva la inscripción “Diosito ayúdanos, plis” (Sic).

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No voy a entender nunca esa repugnante costumbre cristiana de andar sacrificando inocentes. Desde las matanzas indiscriminadas del diosito padre del antiguo testamento hasta las históricas y actuales crueldades del presente (las cuales no se hacen ver a través de la espada directa y evidente, sino por medio de dogmas arcaicos y estúpidos como la negativa a la educación sexual y la negativa al uso de métodos de protección sexual. Por cierto, no hay que olvidar, tampoco, la interminable lista de abusos infantiles que la propicia y efectiva publicidad que el nuevo Papa le está dando a la iglesia católica ha borrado de la primera plana de los periódicos y de todos los medios de comunicación) el cristianismo ha sentido un enorme placer en el sacrificio de aquellos más indefensos. Mujeres, ancianos, niños, animales y hombres que nada habían hecho (o que si algo habían hecho deberían haber sido castigados de manera equilibrada con respecto al delito que hubieran cometido) fueron y son masacrados por la saña de un dios degenerado y por la no menos degenerada clase sacerdotal que tenemos que sufrir hasta el día de hoy. Tal como se cuenta en Josué 10:11, cuando el mismo Dios en persona arroja piedras desde el cielo para matar a todos aquellos que escapaban de una matanza indiscriminada. Como siempre, como en la pared de un pueblo en el México profundo o en la sangre de un cordero que muere sólo para deleite de un dios carnicero; nunca voy a entender esa repugnante costumbre cristiana de andar sacrificando inocentes.

“Y sucedió que mientras huían delante de Israel, cuando estaban en la bajada de Bet-horón, el Señor arrojó desde el cielo grandes piedras sobre ellos hasta Azeca, y murieron; y fueron más los que murieron por las piedras del granizo que los que mataron a espada los hijos de Israel”. Josué 10:11