Los límites del amor

 

Recorro al azar una enciclopedia de arte. Entre las numerosas obras del renacimiento me encuentro con esta magnífica alegoría: Venus, Cupido, la Locura y el Tiempo, de Agnolo Bronzino, creada en 1545.

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Venus, Cupid, Folly and Time - 1545 - Agnolo Bronzino

 

Un crecido Cupido (no podría ser de otro modo; una representación moderna, donde Cupido siempre es un púber pequeñito, sería imposible) besa a una Venus que sostiene una flecha en su mano derecha y la manzana de oro (ganada en el juicio de Paris). Cabe recordar que, según ciertas versiones, Cupido es hijo de Venus y de Marte; así que el beso que aquí vemos no es más que el casto beso de una madre y su hijo.  Detrás de ellos la locura (de la que sólo vemos su rostro en una mueca clásica) y más arriba una mujer que se mesa los cabellos y que se llama Celos (he buscado información sobre las dos figuras a la derecha, ya que no reconocí a ninguna de ellas y no he encontrado nada. Si alguien sabe algo al respecto le agradeceré que me alcancen cualquier información al respecto. Me desorienta esa figura con un panal de abejas en la mano). Por último, el hombre del extremo derecho no es otro que Cronos, el dios del tiempo (del que podemos ver sus alas y el reloj de arena sobre su espalda), eleva su mano derecha como para proteger a la (¿Tal vez incestuosa? Aquí todo parece ser lo que es y no es) pareja de los celos y de la mirada de todos los demás.

Pero un par de páginas más adelante me encuentro con esta obra pintura, ésta posterior a la primera por casi ciento cincuenta años. Se trata de Cronos corta las alas a Cupido, de Pierre Mignard:

 

 

Cronos corta las alas a Cupido (1694), Pierre Mignard

 

Aquí vemos a Cronos —el reloj yace a sus pies, al igual que la guadaña, la que luego será tomada en las representaciones modernas de la muerte— corta las alas a un pequeño Cupido sufriente.

No puedo menos que realizar una relación simbólica entre ambas obras (la mitología sigue siempre con nosotros, aunque pensemos que no es así). Cupido nos atraviesa con sus flechas (en ese sentido podemos recordar que Cupido es hijo de Venus y de Marte y que por lo tanto lleva en sí parte de ambos progenitores. Lo digo por aquellos que repiten tonterías como «Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus» e idioteces similares); pero es el tiempo el que termina mandando por sobre todo y por sobre todos (de allí, también, su posterior relación con la imagen de la muerte).

Ser conscientes que todo, incluso el amor, tiene fin, es el primer paso para comprender que somos nosotros, con nuestras actitudes y conducta, quienes podemos darle más o menos tiempo. Hasta que la muerte nos separe, dice otra mitología. Sí, pero siempre y cuando seamos nosotros los que hagamos lo posible para mantener alejada a esa muerte.

Amor condicionado

 

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«La condición es la trampa de los dioses». Cuando un dios (hablo de la mitología en general pero quisiera hacer hincapié en la mitología griega en particular) brinda un favor siempre pone una condición; pero es allí, en esa condición, donde está la trampa. Es allí por donde se colará la tragedia en la vida del protagonista. Si un dios otorga la inmortalidad siempre habrá un detalle por donde la muerte entrará en la vida del personaje y, lo que es más importante, es precisamente por allí por donde toda la historia tendrá sentido.

Si nos fijamos bien, lo mismo ocurre con el dios de los cristianos o el de los otros dos grandes monoteísmos actuales. Dios da la vida eterna, promete felicidad y bienestar eternos pero… las condiciones son las que determinarán si esos beneficios serán recibidos por el protagonista. Es decir, su amor es un amor condicionado. «Yo, Jehová, te doy el libre albedrío y la promesa de la vida eterna en el cielo; pero… debes creer en esto y en esto; debes seguir estas y estas normas, etc.». Son esos peros, al final, los que echan por tierra toda la ideología monoteísta, ya sea judía, musulmana o cristiana.

El gran coro de agua

 

crystal-cascade1Al este del Walhalla, se halla el castillo de Sokwabek construido dentro de una gran cueva con paredes de cristal. Era la residencia de Bragi, el señor de los cantos y los encantos y creador de la poesía. En la entrada de la gruta se despeñaba una gran cascada, cuyo estruendo estaba formado por misteriosas voces que aleccionaban acerca de los sucesos del pasado y vaticinaban los acontecimientos del futuro; esas voces eran, entonces, el cúmulo de todo lo dicho. El lugar era tan portentoso que hasta el mismo Odín en persona acudía allí para meditar.
La historia es mucho más extensa, pero quisiera detenerme en un detalle: en la cascada. Si esa fantástica caída de agua está formada por todo lo dicho y por todo lo que se dirá, entonces allí estarán las voces de aquellos seres queridos que ya no están con nosotros y también estarán las voces de todos aquellos que seguirán nuestros pasos pero a los que no podremos oír porque seremos nosotros, en ese caso, quienes ya no estaremos presentes para oírlos. Pero tal vez lo más importante de todo es que allí también estará nuestra voz con todo lo que hemos dicho y lo que diremos aún. ¿Qué sentiremos al oírnos? ¿Nos avergonzaremos de nuestras palabras o tendremos la fortuna de sentir aunque sea un mínimo y justificado orgullo?

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Bragi e Idunn

No puedo menos que enlazar esta idea con la que dejé aquí hace unos días, cuando hablé de la ninfa Eco: Creo (quiero hacer esta lectura) que estas historias mitológicas nos dicen que lo mejor que podemos hacer es cuidar lo que decimos y cómo lo decimos. En el caso de la ninfa Eco para no obligarla a rebajarse a repetir palabras banales; en el caso de la gran cascada del Palacio Sokwabek, para no avergonzarnos nosotros mismos al oír nuestra voz, ni avergonzar a nuestros mayores, ni a aquellos que seguirán nuestros pasos, aunque nunca vayan a conocernos.

Eco

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Eco y Narciso, John William Waterhouse 

Todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos jugado con el asombro que nos produce oír nuestras propias palabras reflejadas en una superficie lejana. El eco, ese fenómeno que siempre nos resultará curioso más allá de nuestra edad o de nuestra condición, también tiene una historia no menos curiosa e interesante.
En la mitología griega, Eco es una ninfa de la montaña que amaba su propia voz. Fue

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Ninfa, Gaston Bussière

criada por ninfas y educada por las Musas. De la bella y joven Eco salían las palabras más bellas jamás nombradas; en cuanto a las palabras ordinarias, se oían de forma más placentera. Esto molestaba a Hera, celosa de que Zeus, su marido, pudiera cortejarla como a otras ninfas (ya sabemos que Zeus era un dios con debilidades más bien humanas). Y así sucedió. Cuando Hera descubrió el engaño, castigó a Eco quitándole la voz y la obligó a repetir la última palabra que decía su interlocutor. Incapaz de tomar la iniciativa en una conversación y limitada sólo a repetir las palabras ajenas, Eco se tuvo que apartar del trato humano.
Retirada en el campo, Eco se enamoró del hermoso pastor Narciso. Eco lo seguía todos los días sin ser vista, pero uno de ellos, debido a una impertinencia al pisar una rama, Narciso la descubrió. Eco buscó ayuda de los animales del bosque como ninfa que era, para que le comunicaran a Narciso el amor que ella sentía, ya que ella no podía contarlo. Una vez que Narciso supo esto, se rió de ella y Eco volvió a su cueva y permaneció allí hasta morir. Otras ninfas pidieron a los dioses un justo castigo por esta cruel actitud de Narciso, y así fue que Némesis (la que arruina a los soberbios), maldijo a Narciso a enamorarse de su propio reflejo.
Se me ocurre, entonces, que al pasear por una montaña o por cualquier otro sitio donde nos sorprenda nuestra propia voz, en realidad estamos en presencia de la ninfa Eco, quien repite nuestras últimas palabras aún bajo la obligada imposición de Hera. Creo que lo mejor que podemos hacer, al menos para paliar en algo el dolor de aquella muchacha tan duramente castigada, es decir algunas palabras bonitas, algunas palabras amables, algunas palabras dignas; así, además de hacerle un favor a ella, también nos lo haremos a nosotros mismos, ya que recibiremos de la voz de ninfa, en retorno, al menos una palabra bonita, amable, digna.

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Ninfa Eco, Paul Lemoyne

La montura de los poetas

Odín y Sleipnir (1)
Todos conocemos por su propio nombre a algunos de los caballos más famosos: Rocinante, Babieca, Bucéfalo. También sabemos que en las diversas mitologías existen muchos y poderosos caballos que servían bien a sus poderosos amos; caballos como Burak, Pegaso o los unicornios. Pero hay uno en particular que merece un lugar aparte. Se trata de Sleipnir; el caballo gris de ocho patas que le fue regalado a Odín por Loki, luego de aquella aventura con el gigante de piedra que construía una muralla para proteger a los dioses en el Asgard. Sleipnir era el mejor de los caballos y se dice que era montado hasta para llegar al mismísimo Hel (el reino del submundo). Sus ocho patas eran símbolos de los ochos vientos provenientes de los ocho puntos cardinales y tenía runas grabadas en los dientes.
Hasta aquí nada que no sea común en estas historias mitológicas; pero como dije, SleipnirOdín y Sleipnir (2) merece un lugar aparte, y esto es por un detalle que tal vez no sea menor. Sleipnir no sólo era el caballo de Odín, el respetado dios nórdico; sino que también era quien llevaba a los poetas al cielo. Cuando un poeta moría su alma accedía al cielo nórdico, al mismo Asgard, montado en este fabuloso animal gris (hasta el color parece ser un símbolo en sí mismo, lejos de toda dualidad que me sabe a demasiado vulgar).
Que los dioses brindasen a los poetas un lugar destacado en su cielo es un detalle que magnifica a ese cielo y a esa mitología; que el más poderoso de los dioses prestara a su mejor montura para trasladar el alma de cada uno de ellos a su última morada es algo que nos hace desear haber sido hijos de ese dios o de esa cultura.

El eterno encanto de lo efímero.

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Hilas y las Ninfas, John William Waterhouse

En el tercer libro de Argonáuticas, obra del escritor romano Valerio Flaco, se narra la historia de Hilas y su rapto en manos de las náyades o ninfas de agua. En la mitología griega, Hilas era el hijo del rey Tiodamante de los dríopes. Cuando Heracles mató a su padre en la batalla, perdonó a Hilas, lo tomó como escudero y le enseñó las artes del guerrero. Heracles llevó a Hilas con él a bordo de la nave Argo, haciéndolo uno de los argonautas. Más tarde, a instancias de Hera, Hilas fue secuestrado por las náyades de la fuente Pegea y desapareció sin dejar rastro (según Apolonio de Rodas). Ayudado por el argonauta Polifemo, que había oído el grito del muchacho al desaparecer, Heracles buscó a Hilas durante mucho tiempo. El Argo partió sin ellos, por lo que no participaron en el resto del viaje. Hilas había recibido la inmortalidad por parte de las ninfas acuáticas y permaneció para siempre con ellas. Heracles nunca pudo encontrarlo.

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Hilas y las Ninfas de agua, Henrietta R. Rae

La historia de Hilas es propia y típica de la mitología griega (donde todo favor, incluso los favores divinos, llevaba siempre un detalle, una marca que terminaba trastocando al favor inicial en algo negativo). Quienes pensamos que la inmortalidad es, más que un premio, una verdadera tortura, la historia de Hilas no representa, tampoco, el menor atractivo. Hijos de un cuerpo físico sensual que aceptaría gustoso ese rapto, olvidamos que todo placer, extendido en el tiempo de manera indeterminada, se transforma en un suplicio o en otra forma del aburrimiento. Como dije: en una tortura. No puedo menos que relacionar al futuro de Hilas con el de los musulmanes a quienes les espera un cielo con setenta y dos vírgenes o con el amor constante de Francisco de Quevedo. Por mi parte prefiero los placeres efímeros pero renovables; prefiero el aquí y ahora y ninguna pretensión de eternidad; ninguna en absoluto.

Mitad y mitad.

Mythology

La mitad de las personas en el mundo creen que las metáforas de sus tradiciones religiosas son hechos; y la otra mitad afirma que no son hechos en absoluto. Como resultado tenemos personas que se consideran creyentes porque aceptan las metáforas como hechos y tenemos otros que clasifican a sí mismos como ateos porque piensan metáforas religiosas son mentiras.

Joseph Campbell, Thou Art That: Transforming Religious Metaphor.

Leer a Joseph Campbell ha sido uno de los grandes, grandes placeres de mi vida. Si alguien me ayudó a poner en claro muchos aspectos religiosos (y sobre todo a limpiar los residuos de la episteme religiosa que permaneces siempre constante en la mayoría de las sociedades) fue el bueno del profesor neoyorkino. La cita con la que inicio esta entrada parece, en un primer momento, contradictoria: ¿Al final las metáforas religiosas son hechos o no lo son? En síntesis: ¿Son verdaderas o falsas? La respuesta de Campbell es sencilla y elegante: no son ninguna de las cosas o, lo que es lo mismo: son ambas cosas al mismo tiempo; porque esas metáforas religiosas no son más que representaciones simbólicas; es decir: pura mitología. Las metáforas religiosas sirven como símbolos en los cuales podemos ver con mayor precisión la psique humana en toda su profundidad y extensión. Esta idea es desarrollada por Joseph Campbell en varios de sus libros (en español puede recomendarse, para empezar a indagar mejor estos temas, Los mitos. Su relación con el mundo actual) y no solo hace referencia a las religiones más poderosas, sino que toma desde religiones tribales muy particulares hasta los tres grandes monoteísmos. De un modo u otro, en tanto seres humanos, todos estamos allí representados. Todos somos, en suma, hijos de los relatos mitológicos; lo importante es ser conscientes de ello y no esconder, como el avestruz, la cabeza bajo la tierra.