No hay chip como el papel

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Es un tema bastante común y presente el cantar loas a las nuevas tecnologías. Recuerdo cuando no hace mucho se hablaba de la maravilla que significaba el poder tener toda la Enciclopedia Británica en un CD; por ejemplo. Ahora se habla de nubes donde podemos guardar no sólo una enciclopedia, sino toda nuestra historia: nuestros escritos, fotos, música, recuerdos, y lo que les venga en gana. Pero también recuerdo que los CD´s tuvieron una vida más bien breve y todos aquellos que tenemos una computadora hemos pasado por esa terrible experiencia que como es la de perder todas esas cosas simplemente porque el aparato se mojó o se cayó al piso el “le entró un virus”. Vamos, que las nuevas tecnologías son prácticas para comunicarse y todo eso, pero no mucho más. Para guardar información no hay ni habrá como el viejo y querido libro. No voy a volver a hacer las loas de sus virtudes; ya todos las conocemos; mejor apunto para el otro lado y mejor aún si pongo un ejemplo. Vean esta foto:

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La imagen de la derecha es la misma que la de la izquierda; la única diferencia es que la segunda fue subida y descargada de Instagram noventa veces. La pérdida de información que cada upload y cada download producen hace que la imagen se deteriore hasta lo irreconocible.
Ahora, la misma idea obtenida en Youtube. Este usuario se tomó el trabajo de subir un video y descargarlo repetidamente mil veces. El resultado es notable (abajo, a la izquierda podrán ver el número de repeticiones. No se preocupen; no están las mil; sino un resumen de ellas); es notable cómo en apenas cincuenta repeticiones ya no nos es posible entender nada:

Creo que ésta es un de las mejores pruebas de que si queremos, como sociedad, guardar información para el futuro, debemos volcarnos a hacerlo en formato de libro. Él ya nos dio sobradas pruebas de que puede atravesar el tiempo y seguir brindando la información con la misma certeza que el primer día.

Soñar no cuesta nada

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Pues, no; no cuesta nada y es una fuente inagotable de beneficios si se lo hace correctamente. Soñar como punto de partida para la movilización personal; para dar inicio a un camino, sea éste cual fuere. El siglo XX, como bien sabemos, tuvo de todo: las dos guerras más atroces que el hombre haya visto; revoluciones; bombas atómicas; migraciones masivas; pero también vio el germen de una revolución en las artes; aprendimos a volar y a navegar futuro-3por el espacio; expandimos nuestra comprensión del universo que habitamos (hasta la década del 20 del siglo pasado ni siquiera se conocían otras galaxias); y muchas, demasiadas cosas más que ustedes podrán agregar a cada una de las listas. Si nos fijamos bien, lo que integra la segunda lista fue producto, básicamente, de los sueños. Los hombres de aquella época ansiaban romper los límites humanos, querían volar, moverse más de prisa, mirar más allá de lo que nuestros pobres ojos nos permitían ¡y lo hicieron en ambos sentidos!, de lo infinitamente pequeño como a los incomprensiblemente grande.

Pero hoy la sensación que se tiene es otra. ¿Cuáles son los sueños del hombre actual? ¿Aparecer en una pantalla? ¿Volverse millonario? ¿Acceder a la fama sin importar el medio usado para tal propósito? No veo mucho más por allí. Lesfuturo-2 propongo un pequeño ejercicio: busquen una revista de los años cincuenta; una revista, si es posible, de temas o de información general. Estoy seguro de que verán en ella algún artículo titulado “El mundo del mañana”; “Las ciudades del año 2000”; “Los aviones del futuro”; “El hombre en Marte”; etc. Ésas eran las ideas que impulsaban el imaginario social de aquel entonces. ¿Y hoy, dónde están los sueños de futuro; dónde las ansias de avanzar, de sorprender, de crecer o de seguir volando? La verdad es que no los veo por ningún lado; sólo veo personas preocupadas por la imagen y por lo que el otro piense de esa imagen. Lejos que querer pisar la superficie de Marte parece que hoy sólo es necesario una cámara digital.

Un mundo de perdedores.

Ser cool… Tomarse una foto con un funcionario público aunque ese funcionario público esté separado por una valla y esté rodeado de guardias de seguridad (alejados lo suficiente como para no salir en la foto, pero cerca como para romperte el cuello si piensas acercarte demasiado). Claro, también podemos ver a una asesina de guante blanco y aceptada socialmente porque se encarga de los otros, por ejemplo. Sea como fuere, lo grave del caso está a la izquierda de la fotografía. Un montón de descerebradas intentado una selfie que ni siquiera va a ser original (¿hay algo que lo sea en este mundo?). Y lo peor es que esas descerebradas y muchos otros de igual calibre son los que van a elegir a su (nuestro) presidente.

La democracia es una exageración de la estadística, dijo alguna vez Borges y, como siempre, tenía razón.

Elogio del silencio.

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Lago Cuitzeo

Como muchas de mis entradas, ésta tendrá dos partes. Ya saben comienzo hablando de una cosa y termino comentado algo tangencial a lo primero. Esta vez lo haré de manera consciente desde el mismo principio.
El fin de semana lo pasé en una montaña, con una zona arqueológica a mis espaldas, el Lago Cuitzeo frente a mi y más montañas al otro lado del enorme lago; estuve junto a un maravilloso grupo de personas a las que conocí allí (fui invitado por una amiga y sólo la conocía a ella). Este grupo se reúne todos los meses y llevan a cabo una serie de rituales místicos a los cuales estuve invitado pero en los que duré bien poco, ya que ellos implican la permanencia en un temazcal, el cual es una especie de tienda cerrada donde se colocan en su centro una determinada cantidad de rocas al rojo vivo y se la moja para que suelten vapor. Esto se hace cuatro veces y la ceremonia puede durar más de dos horas. Yo, humilde nativo de tierras frías, no duré ni cuatro minutos. Si la ceremonia se llevase adelante con hielo sería el hombre más feliz del mundo, pero así no, me es imposible. Entonces me disculpé (lejos de mí el querer ser irrespetuoso con las costumbres locales) y salí de allí. Era tarde en la noche y estaba frío; yo, feliz, me acosté en el césped y me quedé allí mientras el resto del grupo continuaba con su ceremonia. Debo decir que no me sentí muy feliz por no haber participado en esa ceremonia; quería hacerlo, quería ser parte de ese ritual y quería aprender el significado profundo de todo ello, pero no pude hacerlo. Me sentí, sí, algo avergonzado, pero el grupo me trató maravillosamente y me brindaron todo su apoyo y su comprensión. Pasé entonces tres días allí, compartiendo con ellos, ayudando en lo que podía, respondiendo infinidad de preguntas y preguntando otra cantidad posiblemente no menor. Fueron tres días sin conexión con el mundo exterior, como suele decirse; al menos en mi caso no hubo un solo momento en que tuviese un aparato electrónico en mis manos. Todo se redujo a charlar, compartir, aprender, enseñar. Todo era un profundo silencio sólo roto por voces humanas y nada más que por voces humanas.
El domingo por la tarde regresé a Morelia y a las tres horas de haber llegado sentí que quería volver a esa montaña y quedarme allí por un tiempo indefinido. Fue tanto el cúmulo de tonterías, malas noticias y palabras vacías que en poco tiempo me sentí saturado, agobiado, cansado por ese ruido de fondo que parecía que no iba a detenerse nunca.
Silencio. Lo único que quería era silencio. Quería volver y sentarme a conversar con Laura mientras mirábamos el paisaje michoacano; quería volver y sentir el apoyo de “Soco” cuando comencé a sentirme mal dentro del temazcal; quería volver y compartir la cocina con Nicolás y su profundo conocimiento tradicional de la cocina mexicana; quería volver y seguir despejando las eternas dudas de Gerardo, quien con sus veintiún años quería saber todo y por eso preguntaba una y otra vez con absoluta inocencia.
Sé que lo que estoy diciendo suena algo hippie o indie o como quiera que se lo llame en estos tiempos; no importa demasiado la denominación y tampoco importa si alguien encuentra esto naïv. Sólo expongo una verdad básica que puede comprenderse cuando se vive una experiencia de este tipo: el ruido de fondo de la sociedad industrial es demasiado… todo. Demasiado elevado, demasiado persistente, demasiado constante; como dije: demasiado todo.
Entonces entro al segundo tema, al tema tangencial: Cuenta una antigua historia que, ante la llegada de un emisario extranjero que había llegado a Grecia para realizar un informe sobre los avances de esta civilización, se reunieron muchos filósofos dispuestos a dejar en alto a la civilización a la que pertenecían. Pero había allí uno que permanecía callado. Casi al final de la reunión el emisario extranjero le preguntó a este hombre, que no era otro que Zenón de Elea, si no tenía nada que decir, a lo que filósofo respondió: “Dile a tu amo que has encontrado entre los griegos a un hombre que sabía callar”. No podía ser de otro modo, el paradójico Zenón valorando el silencio en el mismo momento en que lo rompe. Dice Roland Barthes que el silencio es un significante; lo que significa, en buen español, que el silencio tiene el mismo valor, el mismo significado, la misma importancia que la palabra. Claro, en este caso, el silencio es mucho más poderoso que la palabra (e infinitamente más poderoso que el ruido). Y eso es lo que quiero o necesito en este momento: hundirme en lo más profundo del poderoso silencio; dejarme llevar por él durante un tiempo. Descansar hasta de mí mismo. Entonces, para no contradecirme y para empezar ahora mismo, me despido como en Hamlet lo hace el compañero Shakespeare: …y el resto es silencio.