Charlando con Diógenes

 

133597488

 

Estábamos con L., dando el habitual paseo nocturno cuando nos sentamos en una de las bancas de piedra de la plaza. L. me hace unas señas y veo a un hombre (me cuesta llamarlo “indigente”) sentado en el extremo del banco. En un primer momento no veo lo que me señala, pero luego sí: una pequeña perra, de unos pocos meses, se acurruca en su falda. Ambos duermen con tranquilidad. Poco a poco la perra se va deslizando y parece que va a caerse, pero el hombre, como una madre atenta aún durante el sueño, vuelve a acurrucarla y su regazo y entrelaza sus dedos para que así la cachorra esté más cómoda.

Le digo a L. «¿Te diste cuenta? Es Diógenes». Aclaro que mi fascinación por el filósofo griego es tal que la imagen que ilustra esta entrada también es el fondo de pantalla de mi laptop, así que la referencia no fue gratuita ni tuve que añadir nada más. L. sabía lo que yo le decía, aunque nunca supusimos que eso pasaría a ser algo un poquito más real. Me explico:

Algunos minutos después el hombre despierta y le preguntamos por la perra y una cosa llevó a la otra y mantuvimos una larga charla en ese banco de piedra de la plaza de Morelia. Él se llama Javier y constantemente se refería a su perra (“Chiqui”) como “Su mejor amiga”, “su juguete favorito”, “su mascota preferida”. Nos contó su historia y, en un momento dijo algo único: “Yo no molesto a nadie y sólo quiero que nadie me moleste”.

Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), cuando una persona observa algo con desapego artístico, es la misma persona que lo observó antes, no importa si fue hace doscientos años, si es ahora o si será dentro de otros doscientos años. Ese desapego emocional que nos permite el arte y el pensamiento hacen que nos separemos de la mediocridad general de ser un mero humano para pasar a ser algo más; algo que excede a esta pequeña cosa que somos. Si Schopenhauer tiene razón (y en general la tiene), ese hombre, en ese momento fue Diógenes. Esas palabras son las mismas que Diógenes le dijo a Alejandro Magno: «Quítate que me tapas el sol». Esa imagen que tuve al principio, la del vagabundo con su perro durmiendo mientras el mundo se afana en sus cosas triviales (mientras todos pasan mirando sus teléfonos móviles; mientras pasan con sus bolsas de la tienda de moda, mientras sacan de sus bolsillos las llaves para poner en marcha el auto) se convirtió en una realidad minutos más tarde cuando el filósofo me recordó que nada es más importante que la paz interior y que yo, todavía, tengo demasiadas cosas

L. y yo tuvimos la suerte, al menos por un instante, de charlar con el mismísimo Diógenes, quien viajó a través del tiempo para decirnos, a su modo, que nos corriéramos un poco y no le tapáramos el sol.

Belleza local

 

Biblioteca Pública UMSNH (1)

 

Dentro de los muchos atractivos que tiene la ciudad de Morelia, hay uno del que, sin duda, debería haber hablado antes. Se trata de la bellísima Librería Pública de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, localizada en pleno centro de la ciudad. Ubicada en lo que fue un antiguo templo católico del siglo XVII, la biblioteca fue fundada en 1930 a iniciativa del gobernador de Michoacán Lázaro Cárdenas del Río y el inmueble histórico fue cedido por el gobierno federal a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo.

 

Biblioteca Pública UMSNH (6)

 

La biblioteca conserva un extenso fondo bibliográfico antiguo compuesto por ejemplares desde el siglo XV hasta principios del siglo XX (digresión: he visto, con sorpresa y delicia, que tienen un ejemplar original del Malleus Maleficarum y otros textos de la misma época e importancia, los cuales se prestan en condiciones privadas y especiales. Por supuesto, ya estoy tramitando uno de esos préstamos. Quiero ver un Malleus Maleficarum original de primera mano) provenientes de las antiguas bibliotecas de Morelia, como la del ex convento franciscano, el antiguo Seminario Conciliar de Morelia, la del propio Colegio de San Nicolás, así como de bibliotecas particulares de destacados personajes como Melchor Ocampo, Mariano de Jesús Torres, entre otras donaciones y adquisiciones.

 

Biblioteca Pública UMSNH (8)

 

El fondo antiguo de la biblioteca con sus 22,901 volúmenes es considerado el tercer fondo antiguo más grande de México en propiedad de universidades públicas. Entre los ejemplares conservados destacan 7 libros incunables. Asimismo, la biblioteca ofrece en sus instalaciones un pequeño fondo bibliográfico actual para la consulta de los estudiantes preparatorianos.

Por último, en el interior del recinto se conservan murales elaborados a mediados del siglo XX por los artistas estadounidenses Hollis Howard Holbrook, S. C. Schoneberg y R. Hansen y también del mexicano Antonio Silva Díaz.

Nota: con la excepción de la primera de las imágenes, la que fue tomada de wikimedia.org, todas las demás son de mi autoría. he aquí una pequeña galería de ellas. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

 

Polaroids II

,polaroid,decoration,hang,photo,photography-2604f374ebe108a81ab005629ae9d5c1_h

IV.

En una playa de Bocas del Toro, una isla casi inhabitada en Panamá; encuentro al pie de una palmera los fragmentos del cráneo de un animal. Como si fuesen las piezas de un rompecabezas tridimensional olvidado allí por un niño, entre la espuma de las olas y los cocos verdes, comienzo a unir los fragmentos de hueso (probablemente el cráneo de un pequeño mono). Desgastados por el agua, se deshacen entre mis dedos y se funden para siempre con la arena blanca.

V.

Por pura coquetería se había puesto unas botas de piel muy bonitas; pero poco aptas para caminar por la nieve del Central Park. La piel había ido absorbiendo el agua derretida y ahora sus pies estaban helados. Esperamos, de todos modos, a que cayera la famosa bola blanca con que se da inicio el principio del año en Nueva York; pero aún faltaba mucho y ella ya no soportaba el frío. Decidimos irnos. Tomamos el metro hasta el aeropuerto JFK y allí abordamos el transporte que debía llevarnos al hotel. Estábamos solos, esperando al chofer que tardaba en llegar. Oímos el estruendo de los cohetes y la explosión de los festejos a nuestro alrededor. Feliz año nuevo, nos dijimos mientras yo masajeaba sus pies intentando que entrara en calor.

VI.

Todo es hijo de una lejana promesa que nunca hice.

VII.

En el Jardín de las Rosas, en Morelia, la charla en los cafés se ve interrumpida constantemente por personas de todas las edades ofreciendo algo para ganarse una moneda. Artesanos, vendedores, músicos, niños, mendigos, floristas; todos ellos tratan de pelear el centavo como pueden, ofreciendo sus servicios. La única que no interrumpe es ella. No sé su nombre y tampoco sé si alguno de mis amigos lo conoce. Ella sólo se para a tu lado, revisa su bolso de donde invariablemente saca un rollo de hilo de color y de él extrae un rollo pequeño que de manera muy prolija envuelve entre sus dedos y que luego deja, en silencio, a tu lado. Si levantas la mirada la ves concentrada en el siguiente rollito, el que dejará al lado de la siguiente persona en la mesa. Murmura siempre algo ininteligible. Nunca la oí decir una palabra, aunque siempre sus labios están en movimiento y aunque es posible oír el murmullo callado entre sus dientes. Acepta la moneda que se le da y sin mirar a nadie se dirige a la siguiente mesa; donde vuelve a buscar en su bolso otro rollo de hilo, tal vez de otro color; tal vez, luego de tanto revolver, termine sacando el mismo.

Una obra de Ioulia Akhmadeeva

Ioulia Akhmadeeva (1)Ioulia Akhmadeeva, dictó, hace unos meses, un taller de libro de artista del que tuve la suerte de formar parte. Luego, pasado un tiempo, asistí a una muestra colectiva en la que participó y en la que tuve la enorme suerte de ganar un grabado de ella (la única de sus obras que se sorteaba entre los presentes aquella noche). Ahora pude asistir a una nueva muestra de su obra, la cual se expone en el Museo de Arte Moderno de Morelia. La obra se divide en tres partes y recorren la vida itinerante de la artista. Ioulia dijo, en la inauguración, que ella no era una artista rusa que vivía en México; sino que era una artista mexicana que había llegado de Rusia (este país tiene esa extraña cualidad: la de hacerse querer hasta el punto en que uno termina creyendo —no sin algo de razón, a veces—, que uno lo quiere más que muchos de los que nacieron aquí. Pero no voy a meterme en ese tema, hoy no es el día para ello) y eso se nota en muchas de sus obras. El exilio, tenga éste las razones que tuviere, siempre marca y siempre lo hace de manera imperecedera. A lo largo de toda la muestra eso se hace palpable y su presencia no pasa desapercibida. Obras como mis tortillas para Valentina o Memorias transferidas, encapsuladas, bordadas, impresas. Panes y Tortillas (una de mis favoritas) destacan esta ambigua relación de amor por la tierra de origen y por el país que hoy la contiene. Quisiera, ahora, destacar otra de las obras. Se trata de Día de conocimiento e integra a Muerte y pacifismo, una de las tres partes principales de la muestra general. Día de conocimiento es un homenaje a los niños que murieron en la masacre en la Escuela Primaria #1 de Beslan, en Osetia, Rusia, en el 2004. También conmemora a los niños muertos en matanzas y asesinatos a lo largo del mundo, como los de Medio Oriente y Europa en el Siglo XX (en los campos de concentración o en los trabajos forzados del Gulag ruso) y hasta la actualidad como en Siria, Ucrania o México. La obra es una instalación que muestra el mandil blanco del uniforme escolar de Akhmadeeva con impresiones en transferencia electrográfica; piedras volcánicas que representan la violencia ejercida sobre los niños y ofrendas de agua (la misma Ioulia contó, en la inauguración, que no se les permitía a los niños tomar agua). Bajo el mandil, cuatro mil hojas otoñales (rememorando la estación en que ocurrió el hecho) llevan, por un lado, una fotografía de una de las tantas víctimas y su nombre del otro lado. Quienes asisten a la muestra pueden llevarse una hoja como recuerdo de aquel día y como recuerdo de uno de aquellos niños. Me agacho y tomo una. Un niño pequeño me mira desde un fondo negro. En el reverso, leo: Albert Adyrjaev (2001-2004). Guardo la hoja en mi pasaporte, saludo a Ioulia y me voy; volveré al día siguiente, cuando no haya tanta gente.

Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.


Recuperando el andar

Morelia (1)

Desde hace dos días he recuperado una buena costumbre que, por circunstancias diversas había dejado de practicar: el simple acto de caminar, de caminar sin rumbo ni meta fija, dejándome ir por donde mis pasos quisieran llevarme, ir por una calle cualquiera y volver por otra. Perderme. Preguntar para dónde queda “el centro”, pero haciéndolo de manera general, sólo para que señalaran y dijeran “hacia allá”, nada más que eso, nada de direcciones exactas, cosa de perderme otra vez si era necesario. También he notado que ese deambular (jugar a ser aquel viejo flanneur del que hablé alguna vez) me es absolutamente necesario y que produce cambios notables en mí, y que había olvidado cuánta falta me hacían. Morelia, además, es una ciudad preciosa y caminar por sus calles es un placer añadido; cada calle, cada esquina, tiene su particular encanto y sus propios colores, sus ritmos que cambian de una a otra aunque estén a cien metros de distancia. Sus avenidas, sus edificios de piedra rosa, sus patios interiores, sus innumerables plazas, su gente, todo invita a andar y andar y andar sin querer detenerse. Por último, por diversas razones que no vienen al caso detallar, este deambular de estos últimos dos días me saben a despedida; aún a mi pesar. Creo que pronto volveré a otro deambular, uno que requiere pasos más largos y más constantes. Cuando comencé a viajar dije que dejaría mucho o todo librado al azar, y el azar manda. Será cuestión, entonces, de comenzar a andar.

Algunas fotos de Morelia. Para verlas en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Así de simple

pano 26

Morelia siempre tiene algo que sorprende. Ayer salí a caminar por el centro histórico —el cual nunca deja de maravillarme— y me detuve a descansar y a escribir en uno de los viejos bancos de piedra. Al rato, sin previo aviso, comenzaron a llegar autos antiguos y a estacionarse frente a esa misma plaza. Dos cuadras de autos autos antiguos que todos recorrían y donde se tomaban las inevitables fotos. Cuando volvía a casa me encontré con estos dos muchachos en una de las calles laterales de la misma plaza. Se prestan libros gratis. Así de simple, así de sencillo. Me quedé charlando un rato con ellos y me enteré de que todos los sábados puedo encontrarlos allí, sentados en uno de los viejos bancos de piedra esperando que lleguen sus “clientes” habituales o esperando que alguien se acerque a donar algún que otro volumen. Antes de irme me dan una buena noticia: son muchos los libros que tienen prestados; y eso me alegra la tarde. ¿Cómo se cambia al mundo? Pues con grandes revoluciones o también con algunas como ésta. Así de simple, así de sencillo.