El discreto encanto de ser humano (Parte I de III)

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La foto con la que abro (y con las que cerraré) esta entrada forman parte de la obra de fotomontaje de Mostafá Heravi, fotógrafo de origen iraní. La idea general del trabajo habla por sí misma y, lo más importante, si no nos quedamos sólo con el aspecto estético, el cual aquí, por supuesto, es el menor; es que quienes nos veamos obligados a decir algo seamos nosotros, los espectadores. Precisamente esta palabra: «espectadores» es la que nos une con el trabajo de Heravi, ya que la mayoría de nosotros (aún cuando alguno, como quien esto escribe, alguna vez tuvo que emigrar de su país, no podríamos incluirnos en este lado de los desclasados. Al menos en mi caso emigré con suma comodidad, con un pasaporte y una entrada legal al país que me acogió. Las personas de estas fotos, como todos sabemos, son hijos de historias muy distintas) somos iguales a aquellos que se encuentran sentados a un lado de la pasarela. Meros observadores de lo que ocurre en la realidad o lo que sea que vemos de la realidad a través de una pantalla. Aclaro, antes que nada, que no estoy señalando a nadie, sólo hablo en voz alta y el plural mayestático es sólo una forma de expresión que suelo o usar en estos casos. Sigo.

Hace unos días, oyendo y viendo a un muchacho español a quien suelo ver cada tanto en la red, y a quien le presto atención por su buen sentido del humor pero, sobre todo, porque es muy lógico en lo que suele decir (es bastante coherente, lo cual hoy es algo que se agradece), me encontré con lo que tal vez sea la mayor diferencia que he tenido con sus ideas, al menos hasta ahora. Hablando del tema de los migrantes que suelen encontrarse en medio del Mediterráneo, dijo: «una cosa es acoger a la gente que está flotando en el océano, lo entiendo… dales un bocata, sécales la cabeza, una aspirina… ¡Y pa´su puta casa!…». Traigo a colación lo que dijo este muchacho porque es un ejemplo de ese tipo de pensamiento que podría sintetizarse en algo así como «Si tienes que morirte, muérete, pero lejos de aquí; si es posible, donde yo no te vea». El problema de la migración es mucho más complejo que el «Qué hacemos con esta gente». El problema de los migrantes es, para empezar, el porqué de esa necesidad de dejar la propia tierra (cosa que nadie, en ningún lugar del planeta, hace porque sí y sin un profundo dolor) y en qué medida somos nosotros, o tal vez el país en el que vivimos, responsables de eso que está pasando en alguna otra latitud. Esto no significa andar repartiendo culpas a diesta y siniestra (la palabra culpa suele estar desterrada de este blog; aquí se prefiere, en su reemplazo, el término responsabilidad), ni tampoco caer en una simpleza izquierdista de esas que usan la palabra imperialismo cada tres segundos. Pero tampoco caigamos en el otro extremo del espectro, ese que dice «sin son pobres es porque quieren». Las reducciones simplistas deben quedar en el jardín de infantes; aquí de lo que se trata es de uno de los mayores problemas de la actualidad: el Otro. Así, con mayúsculas: El Otro. ¿Quién es? ¿Qué necesita? ¿Cómo hacemos para comprendernos? y, sobre todo: ¿Qué hacemos con él?

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Más del trabajo de Mostafá Haravi. Para ver las imágenes en mayor tamaño pueden hacer clic sobre ellas y estas se abrirán en una pestaña aparte.