Felicidades

 

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Max Ernst

 

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.” Bill Bryson, Una breve historia de casi todo.

Es fácil, a veces, perder el horizonte de lo que es y no es la vida o, dicho de otra manera, sobre lo que es y debería ser. Las pretensiones de inmortalidad que son moneda común a lo largo y ancho del mundo y de las civilizaciones me parecen propias de espíritus infantiles, de esos que tienen miedo a lo desconocido, como si otra cosa no fuera el mismo acto de estar vivo. ¿Qué significa despertar cada mañana, levantarse y salir al mundo? Eso es adentrarse a lo desconocido de manera constante. Aun cuando se siga una rutina determinada siempre cabe la posibilidad de que algo rompa —y a veces de manera definitiva— esa torpe costumbre. ¿Quién querría, además, extender esa rutina por toda la eternidad? Siempre que aparece este tema recuerdo aquel fragmento de Destejiendo el arco iris, Richard Dawkins y que me parece el planteo más lúcido que he visto en mucho tiempo:

 “Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

Arrojar el traje

 

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Max Ernst – El ángel del hogar

Si bien la frase de Shakespeare «Todo el mundo es un teatro» es por demás conocida, no siempre es bien entendida en lo que tiene de profunda verdad filosófica. Este deambular por el escenario de la vida para luego hacer mutis y ser reemplazado por otros actores no siempre es algo que se tenga presente al citar al dramaturgo inglés. También la idea fue trabajada por otros y, entre ellos, mi preferido es Søren Kierkegaard, quien en su Las obras del amor (editado originalmente en 1847 y cuya cita pueden encontrar en el volumen de Editorial Sígueme, pág. 115) trabaja la idea de modo más poético y filosófico, lo cual ya me sabe a perfección o cercanía de perfección. No puedo dejar de leer este fragmento sin que una profunda sensación de paz se apodere de mí. Una profunda sensación de paz física, aclaro; porque curiosamente no hay intelecto alguno aquí, sino sólo eso: la tranquilidad y la quietud de quien flota en aguas tranquilas.

Dice Kierkegaard:

«Y cuando al morir caiga el telón sobre el escenario de la realidad, entonces todos serán […] lo que esencialmente eran pero que tú no veías a causa de la diversidad: verás que son seres humanos. […] Que la diversidad de la vida terrena es meramente como el traje del actor, o meramente como un traje de viaje, que cada cual tendrá que procurar y vigilar para que los lazos con los que se sujeta esta ropa exterior estuvieran atados flojos y, sobre todo, que no estuvieran enredados, para poder arrojar el traje con ligereza en el instante de la transformación; esto parece haberse olvidado».

Aprender a morir

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Vuelvo a leer a Henry David Thoreau y su Colores de otoño; libro que vuelvo a recomendar a todos aquellos que disfrutan con la naturaleza (ni todos los libros ni todos los paisajes son compartibles; lo sé). En él encuentro un fragmento (otro) por demás notable. Thoreau torna su mirada sobre un hecho casual —las hojas caídas en bosque— y saca de ella una magnífica enseñanza filosófica. Ambos hechos son dignos de ser imitados: el de saber ver más allá de lo evidente y el de entender que estamos aquí de paso y, por ello mismo, reír.

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Dice Thoreau:

“¡Cómo se mezclan todas las especies, robles y arces, castaños y abedules! Pero la naturaleza no se recarga de ellas; es un perfecto granjero que las almacena a todas. ¡Imaginad qué inmensa cosecha es derramada cada año sobre la tierra! Ésta, más que ningún grano o semilla, es la gran recolección del año. Los árboles devuelven a la tierra con intereses lo que han tomado de ella. Están a punto de añadir una capa de hojas a la profundidad del suelo. Mientras converso con un hombre que me habla sobre el azufre y los costes de transporte, pienso que de esta bella forma la naturaleza obtiene el mantillo. Gracias a esta descomposición todos somos más ricos”.

Esto me hizo pensar en la muerte bien entendida, en aquella máxima de María Zambrano que dice «la filosofía es una preparación para la muerte» cuando vuelvo al libro y Thoreau me dice:

“Es agradable caminar sobre este lecho de hojas fresco y crujiente. ¡Con qué belleza se retiran a su sepultura! ¡Con qué suavidad yacen y se convierten en mantillo, pintadas de mil colores, perfectas para ser el lecho de nosotros, los vivos! Así desfilan hacia su última morada, ligeras y juguetonas. No caen sobre las hierbas, sino que corretean alegres por la tierra, eligen un terreno, sin vallas de hierro, susurrando por todos los bosques de los alrededores. Algunas eligen el sitio donde hay hombres que yacen debajo enmoheciendo y se reúnen con ellos a medio camino. […] Ya han volado tan alto que vuelven al polvo con enorme satisfacción y se depositan allí abajo, resignadas a yacer y a descomponerse al pie del árbol para ocuparse de la alimentación de las nuevas generaciones de su especie y volver a ondear en lo alto. Nos enseñan a morir”.

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¡Pues eso mismo! Las hojas de otoño nos enseñan a morir; nos enseñan que la muerte, además de inevitable, no es más que un paso de un estado a otro y que debemos aceptarlo con humildad, «ligeros y juguetones», para así desfilar en paz hacia «nuestra última morada».

La ganadora perpetua

The Seventh Seal - Ingmar Bergman

Muchos conocerán la famosa escena de la película de Ingmar Bergman El séptimo sello; la cual es más conocida por las escenas en las que el caballero Antonius Block juega al ajedrez con la Muerte, personificada como un hombre pálido y misterioso que a menudo sostiene una guadaña y lleva el típico traje negro y capucha. La muerte como personaje ha aparecido en el arte durante siglos, pero una de las primeras apariciones del símbolo de la muerte jugando al ajedrez se remonta a la pintura medieval del siglo XV de Albertus Piktor. Esta obra se encuentra en la Iglesia católica del condado de Täby, justo al norte de Estocolmo. Parece probable que Ingmar Bergman se refirió específicamente a la pintura de Pictor como un homenaje a esa pintura.

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Pintura de la iglesia en Täby, Suecia, por Albertus Pinktor hacia 1480.

Buscando más información he encontrado varias representaciones antiguas de esta imagen simbólica. Las dejo a continuación. Para ver las imágenes en mayor tamaño y una descripción breve, hacer clic sobre una de ellas.

Somos, nada más, que copos de nieve

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Por esas cosas del azar o de la sincronía (tal vez sólo sean nombres distintos para la misma cosa), leí el siguiente párrafo y pocos minutos después me encontré con un artículo fotográfico que mostraba a algunos copos de nieve en el momento previo a desaparecer para siempre. Cuando leí el fragmento que les dejo a continuación no pensé en postearlo; pero al ver las fotos pensé que sería el complemento perfecto el uno del otro. La cita es de Steve Maraboli; del libro Life, the Truth, and Being Free. Las imágenes pertenecen al trabajo del fotógrafo ruso Andrew Osokin. La reflexión corre por cuenta de cada uno de nosotros.

«Somos perfectamente imperfectos. Todos hemos oído que no hay dos copos de nieve iguales. Cada copo de nieve toma la forma perfecta para lograr la máxima eficiencia y eficacia para su viaje, y mientras la fuerza universal de la gravedad les da un destino compartido, el espacio expansivo en el aire da a cada copo de nieve la oportunidad de tomar su propio camino. Están, entonces, en el mismo camino, pero cada uno toma una ruta diferente. A lo largo de este viaje impulsado por la gravedad, algunos copos de nieve chocan y se dañan unos a otros, algunos chocan y se unen, algunos son influenciados por el viento… ¡Hay tantas transiciones y cambios que tienen lugar a lo largo del viaje del copo de nieve! Pero, cualquiera que sea la transición, el copo de nieve siempre se encuentra perfectamente formado para su viaje. Podemos encontrar paralelos en la naturaleza como un bello reflejo de esta gran orquestación. Uno de estos paralelos es el de los copos de nieve y nosotros. Nosotros también estamos todos en la misma dirección. Estamos siendo impulsados por una fuerza universal al mismo destino. Todos somos individuos que tomamos diferentes viajes a lo largo de nuestro periplo y a veces chocamos unos con otros, nos cruzamos, nos alteramos… tomamos diferentes formas físicas. Pero en todo momento nosotros también somos 100% perfectamente imperfectos. En cada momento dado somos absolutamente perfectos para lo que se requiere para nuestro viaje. Yo no soy perfecto para tu viaje y tú no eres perfecto para mi viaje, pero soy perfecto para mi viaje y eres perfecto para tu viaje. Nos dirigimos al mismo lugar, estamos tomando diferentes rutas, eso es todo. Piensa en lo que podría significar esta gran orquestación para entender nuestras relaciones. Imagina interactuar con los demás sabiendo que ellos también comparten este paralelo con el copo de nieve. Al igual que tú, se dirigen al mismo lugar y no importa lo que puedan parecerte, ellos han tomado la forma perfecta para su viaje. Cuán fuertes serían nuestras relaciones si pudiéramos ver y respetar esa simple idea: la de que todos somos perfectamente imperfectos para nuestro viaje«.

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Por todos

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En el marco de una entrevista con Larry King, y ante la clásica cuestión de la muerte o del miedo a la muerte, Neil deGrasse Tyson respondió con la precisión y la lucidez que lo caracterizan: “La forma en que yo lo veo es así: Es el conocimiento de que voy a morir lo que le da sentido al estar vivo. La urgencia del logro. La necesidad de expresar amor ahora, no más tarde. Si viviéramos para siempre ¿para qué levantarse de la cama cada mañana si siempre habrá un mañana? Ese no es el tipo de vida que quiero llevar”. Ante la pregunta de Larry King sobre si no siente miedo a no estar más aquí, la respuesta fue: “Temo vivir una vida donde podría haber logrado algo que no logré. Eso es a lo que temo, no a la degrassetyson-2muerte. ¿Sabes lo que quiero que escriban en mi lápida? Mi hermana tiene las indicaciones para el caso. Lo que quiero que escriban es una cita de Horace Mann, el gran educador: «Ten vergüenza de morir, si no has conseguido un logro para la humanidad».

Creo que quien teme a la muerte lo hace no porque tema a lo desconocido, como habitualmente se piensa. Creo que se teme a la muerte cuando se ha desperdiciado una vida y, de alguna manera más o menos consciente, nos damos cuenta de ello demasiado tarde. Tal vez dejar de mirar nuestro ombligo y ver a los demás como lo que son, parte integral de nuestro ser, sea una buena manera de aprender a morir en paz.

Viajando en el tiempo

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Tanto se ha discutido sobre la posibilidad de viajar en el tiempo que a veces olvidamos que eso no sólo es posible (nosotros no hacemos otra cosa; solo que nuestras limitaciones nos permiten movernos en un solo sentido; no culpemos a nadie de nuestras incapacidades); a veces olvidamos que podemos viajar al pasado, aunque sea de un modo tangencial, acercándonos a esos tiempos no de manera directa, sino a través de lo que las voces de ese pasado nos dicen.

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Media hogaza de pan carbonizado, Pompeya, año 79 e.c.

Encontré estas tres fotografías en tres artículos independientes de una página arqueológica. De alguna manera sentí que los tres comenzaban a conversar entre ellos y que de alguna manera, aunque limitado por mi incapacidad para entender en profundidad su lenguaje, me hablaban de mí. Como suele ocurrir siempre, en un principio lo que escuché fue lo más obvio; algo así como que allí había una metáfora del hombre o de su destino (la vida en el pedazo de pan, el azar en el dado, la muerte en esa bala clavada en el pecho) pero deseché esa idea por vulgar; no me parecía digno de ellos decir semejante tontería. Entonces sólo me dediqué a escuchar sin interponer nada de mi parte, sin intervenir, sin sumar una sola idea o atisbo de idea; sólo me dediqué a escuchar el ligero murmullo con el cual esos objetos nos hablan desde ese pasado más o menos remoto y nos saludan y se despiden con un ligero “hasta pronto”.

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Esqueleto de un soldado de 23 años muerto en la batalla de Waterloo. La bala que lo mató aún puede verse entre sus costillas. Año 1815.

 

 

 

Sincretismos a la mexicana II

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Hace poco hablé sobre la sorprendente capacidad de la que hacen gala los mexicanos a la hora de mezclar ideas, conceptos, culturas. La muerte es uno de esos temas y la especial relación que tienen con ella es también lo toqué en su momento (en noviembre, cuando se celebró la festividad del Día de Muertos). Esta particular relación de este país con la muerte les permite cosas que a otras culturas les sabría a curiosidad o, incluso, a cierta cercana exposición de mal gusto o de trato inadecuado. En mi caso particular me muevo más por el primero de los carriles; por fortuna mi curiosidad hace que vea todo con una mirada amplia y que jamás juzga a aquello que es diferente como un error. Por otra parte, sé que la muerte es un tema tabú para muchas personas o para muchas culturas, así que ir por caminando tranquilamente por una calle cualquiera y ver un negocio donde se venden ataúdes y éstos se exponen como si fuesen prendas de vestir en una vidriera no debe ser fácil de digerir para unos cuantos. Tampoco sería muy bien visto que una funeraria utilizara el humor para promocionarse, pero eso es lo que encontré en esta ciudad (me disculpo de antemano por la calidad de las fotos; las tomé apresuradamente y desde el punto donde me encontrara en ese momento; la cuestión era no perder la sam_6700ocasión de grabar esas imágenes). “Mamá, mamá ¿puedo jugar con
el abuelo? Bueno, pero luego lo vuelves a enterrar” Tú ríes, nosotros nos preocupamos. Funerales Santa Cruz
. O también: “El preventivo informa: cae una bomba en un cementerio. El saldo: cero heridos, todos muertos. Tú ríes, nosotros nos preocupamos. Funerales Santa Cruz”. Estos dos casos, como pueden ver, se encuentran en la parte trasera de dos transportes públicos; pero la empresa Santa Cruz también se promociona con carteles sobre las autopistas (ya pueden imaginarse los textos en esos casos).

La muerte, ese gran tema filosófico, esa gran incógnita humana. ¿Es correcto usar este tema de este modo? ¿Molesta a alguien o no? Yo, debo reconocerlo, lo tomo con humor; pero creo que sólo lo hago ahora, en este momento; tal vez mañana no me resulte tan gracioso.

Un vistazo fugaz

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A Fleeting Glance (Un vistazo fugaz) es la novena canción del último disco de la banda noruega Opeth. En esa canción se habla, nada menos, que del sentido mismo de la vida (se ve que Mikael Åkerfeldt no tiene problemas, al componer, de meterse en temas delicados o complejos. Bien por él) y en el final, luego de que un complejo “puente” de paso a un grandioso acorde, al darse cuenta de que sólo hemos nacido para morir, nos dice “hay otro «yo» esperando detrás”. La idea de que la muerte no es más que un paso necesario para que la vida continúe es algo que me hizo un poquito de ruido ¿dónde había oído eso antes? ¡Pues claro! No podía ser otro que Lucrecio, el Divino Lucrecio (Ay, humanidad, qué diferente hubiese sido la historia si en vez de darle lugar a las fantasías de la judería y de los predicadores de la muerte hubiese tomado a Lucrecio como evangelista… cuántos dolores nos hubiésemos ahorrado, cuánta miseria, cuanto atraso…). En fin, que busqué el libro y que busqué en el libro y di con la cita en cuestión: “Es la Insaciable y estúpida avidez por la vida lo que nos torna pavorosa la muerte. Quién ha sabido gozar de la vida morirá contento de los placeres que ha gozado; quien no ha sabido vivir bien, es inútil que continúe viviendo mal; quién se encuentra en el vigor de la edad ha vivido ya bastante y quien es viejo ha vivido demasiado: la naturaleza ha cumplido su tarea. Tiene necesidad de muertos, hoy, a fin de que haya vivos mañana y se vayan sucediendo las  generaciones”.

Por si hiciera falta agregar algo más, la cita continúa: “Los hombres tienen miedo de las ficticias penas infernales, pero el verdadero infierno está en su mente. En la tierra está el infierno, en la tierra están los suplicios. La muerte es el término, no el comienzo de los tormentos”. Lucrecio —un verdadero rocker de su tiempo— dijo hace 2100 años lo mismo que Åkerfeldt nos dice hoy desde una canción. Lo dicho: Ay, humanidad…

Aquí pueden escuchar A Fleeting Glance.

El susurro perpetuo.

20160725_141312Hace poco tuve la oportunidad de visitar por primera vez la ciudad de Guanajuato, conocida por su particular belleza pero, por sobre todo, por sus momias. Debo decir que me sentí levemente decepcionado al visitar este museo; me hubiese gustado un poco más de intensidad en la muestra, un poco más de historias relevantes y de contexto social. Pero ya se sabe, hoy en día lo que prima parece ser el beneficio económico, así que luego de una larga cola para poder ingresar, nos despacharon en unos veinte minutos y a otra cosa, que pase el que sigue. De todos modos, el tema de las momias de Guanajuato es por demás interesante, así que busqué algo más de información al respecto, la cual intentaré resumir.

En 1833, un brote de cólera golpeó Guanajuato, México, y los muertos fueron enterrados en el cementerio local. Sesenta y tres años más tarde, en 1896, las autoridades municipales comenzaron a cobrar una tasa por los lotes ocupados en el cementerio, y las familias pobres que no podían pagarla se20160725_141627 vieron obligadas a desenterrar a sus muertos. No fue poca la sorpresa y el horror que sintieron (pienso en la época y a ello sumo la particular relación que tienen los mexicanos con la muerte) al descubrir que allí no había esqueletos, como se suponía, sino cuerpos grotescamente conservados, retorcidos en posturas de pesadilla y con expresiones faciales aún visibles. Las condiciones del clima y del suelo de la región se habían combinado para conservar los cadáveres de esa forma.

La ciudad ha puesto 119 de los cuerpos —algunos todavía con pelo, cejas y pliegues en la piel—, en exhibición (eso es lo que dice la información general; hoy en día hay muchos menos). El escritor Tom Weil dijo, luego de visitar el sitio: «En las figuras puede verse tanto a los vivos como a los difuntos; la muerte con un rostro humano y la humanidad con el cráneo debajo de la piel». Ray Bradbury, que visitó el museo en la década de 1940, escribió: «Se veían como si hubieran saltado, quebrados en sus tumbas en posición vertical, las manos cerradas sobre sus pechos arrugados y gritando. Las mandíbulas caídas, la lengua fuera, las fosas nasales abiertas. Congelados de esa manera. Todos ellos tenían la boca abierta. El suyo era un grito perpetuo. Luego agregó: «La experiencia me hirió y me 20160725_142309aterrorizó, casi no podía esperar a huir de México. Tenía pesadillas sobre la muerte donde tenía que permanecer en los pasillos de los muertos con los cuerpos apoyados y sostenidos apenas por un cable. Con el fin de purgar mi terror, al instante, escribí «El siguiente en la línea». Fue una de las pocas veces que una experiencia dio resultados casi en el acto».

Cada uno que pasa por allí sale, sin duda, transfigurado. Al menos, claro está, que se encuentre ajeno a todo sentir o a todo pensar; es decir, al menos que ya está muerto en vida. La muerte o el horror como génesis creativa, en el caso de Ray Bradbury o del pensamiento filosófico de Tom Weil, quien atinadamente se vio a sí mismo y a todos nosotros allí. Las momias de Guanajuato, de un modo u otro, nos hablan o susurran cuando pasamos a su lado.