El oxímoron de los murales

México, país de gran tradición muralista, me ha hecho disfrutar, aprender, comprender, saborear, entender y sorprender con este género artístico. La pintura mural ha pasado de ser, para quien esto escribe, una mera exposición grandilocuente (generalmente de una expresión política) a una forma maravillosa de magnificencia expositiva y, al mismo tiempo, de delicadeza detallística. Claro, yo sólo había visto murales en los libros sin comprender del todo que ese oxímoron me impedía ver absolutamente nada. Ahora tomo nota no sólo de los sitios adonde quiero viajar, sino también de las obras que quiero ver y, entre ellas, se encuentra este mural italiano, pintado por Giulio Romano entre 1532 y 1534.

 

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Copio: El pintor Giulio Romano decoró el Palazzo del Te fuera de Mantua con una serie de espacios ilusionistas y efectos especiales, que culminaron en una sala desconcertante en la que los gigantes que se han rebelado contra Zeus son aplastados por su transgresión: Giulio «pinta las paredes», dejando al espectador en una ciudad desmoronada en la que Zeus arroja relámpagos desde los cielos. El poeta Gregorio Comanini elogió la fantástica imaginación de Giulio:

«En Mantua, en una habitación en el Palazzo del Te, Giulio Romano ha pintado gigantes golpeados por un rayo en Flegra. Están aplastados bajo los escombros de la roca y la montaña, en posiciones tan extrañas y horribles que cualquiera que viera un espectáculo así en realidad seguramente se horrorizaría y sentiría una gran angustia. Sin embargo, dado que se trata de una imitación y una pintura, cualquier persona agradecería la oportunidad de verla y se sentiría muy complacida con ella, como lo demuestra la frecuencia con la que los visitantes acuden en masa para verla».

 

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Giorgio Vasari escribió: «Que nadie piense nunca ver ningún trabajo del pincel más espantoso o más realista que este».

Esa breve acotación de Vasari selló de manera definitiva la necesidad de tener que ver ese mural, algún día, con mis propios ojos. De alguna manera, sigo viendo murales a través de un medio incorrecto: papel o pantalla, poco importa lo inapropiado que sea; lo importante es que sé que estoy perdiéndome algo realmente grande.

Para ver la primera imagen en mayor tamaño y excelente definición, pueden ir aquí.

Para ver la segunda imagen en mayor tamaño, pueden ir aquí (no encontré otra con mejor definición).

Un enlace, también, al sitio oficial, aquí.

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Fondos congelados

frozen-assets-diego-riveraCuando miro a mi alrededor a la realidad y a la historia mexicana, me parece ver que este país ha tenido más representatividad por parte de sus artistas que por parte de sus políticos. En lo personal, una parte importante de esta representatividad la encuentro en sus tres grandes muralistas: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros (y que me perdonen mis hermanos mexicanos si dejé a alguno de los importantes fuera; no se olviden que aún estoy aprendiendo y que no me van a alcanzar seis vidas para saber todo lo que hace falta saber de este país). Visitar en repetidas ocasiones el Palacio de Bellas Artes en la capital mexicana, recorrer cuando puedo los murales de Morelia o sorprenderme cuando encuentro un mural nuevo en una ciudad o un pueblo nuevo es un placer que por fortuna parece que no va a acabar nunca.

Ahora acabo de encontrar en la red este mural que no conocía de Diego Rivera y que se encuentra (creo) en Nueva York. Como siempre, me siento profundamente atraído por la calidad artística de Rivera, pero siento que el significado de la obra le suma un valor difícil de cuantificar. La descripción del mural que hace el curador del MOMA (Museum of Modern Art) nos explica a la perfección la intención de Diego Rivera:

“En Fondos congelados, Rivera conjugó su admiración por la arquitectura vertical característica de Nueva York con una vigorosa crítica a las desigualdades económicas de la ciudad. El extremo superior del tablero muestra una secuencia dramática de rascacielos en gran medida identificables, la mayoría terminados a pocos años de la llegada de Rivera a Nueva York. En la sección media, una bodega de acero y cristal sirve de refugio a hileras de hombres que duermen, destacando así a los trabajadores desposeídos que hicieron posible el crecimiento extraordinario de la urbe durante un periodo de crisis económica. En el extremo inferior, la sala de espera de un banco alberga a un guardia, un empleado y un trío de figuras ansiosas por inspeccionar sus bienes crecientes depositados en la bóveda que se encuentra atrás. La visión penetrante de Rivera sobre la ciudad —en la cual las masas avanzan pesadamente al trabajo, los desposeídos son embodegados y los ricos acumulan su dinero— tocó una fibra sensible en 1932, en plena era de la Gran Depresión”.

Quienes deseen ver el cuadro en mayor tamaño, pueden hacer clic aquí.