El castillo de Ryōtarō

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Shiba Ryōtarō es el nombre con el que se conoce al escritor y periodista Fukuda Teiichi. Licenciado en Mongol en la Escuela de Lenguas Extranjeras de Osaka (actual Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka) en Japón y periodista del diario Sankei Shimbun. Para nosotros, los occidentales, tal vez su obra más conocida sea El último Shogun. Shiba Ryōtarō murió en 1996 y su casa fue modificada por el arquitecto Ando Tadao para ser convertida en el museo que lleva el nombre del escritor.

El museo consta de dos partes. La casa del autor y el museo en sí, de nueva construcción,libro_1339657625 inaugurado el 1 de noviembre de 2001. En él se puede caminar alrededor del jardín y ver el estudio del autor desde fuera. Ryōtarō trabajó aquí hasta su muerte, el 12 de febrero de 1996. La casa museo posee características estéticas únicas, tales como el corredor de vidrio curvo o las enormes estanterías de once metros de alto con 20.000 libros. Fue investigando estos libros que el autor escribió cerca de 500 novelas históricas, ensayos, ensayos críticos y muchas otras obras. Se considera a esta área como «su otro estudio».

Queda aquí una brevísima galería de la casa museo Shiba Ryōtarō, para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

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De elefantes, Kafka y miradas al pasado.

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No hace muchos días atrás conversaba con una amiga mexicana sobre cómo vamos modificando nuestros gustos o nuestros pareceres según vamos sumando textos a nuestro bagaje cultural; es decir, a medida que vamos creciendo intelectual y espiritualmente. Recordé un texto de Borges llamado Kafka y sus precursores y traté de explicarme, creo que con poca fortuna. Creo que mi amiga me entendió pero sólo porque es inteligente más que por mi torpe exposición. Por fortuna, pocos días después pude volver sobre el tema de un modo empírico, físico, real. Me explico: en Kafka y sus precursores, un breve ensayo incluido en Otras inquisiciones, Borges nos muestra cómo un escritor crea a sus predecesores; cómo un escritor puede cambiar el pasado proyectando su sombra de forma retrospectiva sobre textos anteriores. Luego de citar un poema de Browning, Borges dice: «El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía como ahora nosotros lo leemos». También dice: «El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado…». La idea es brillante, sin duda. ¿Cuántas veces hemos dicho «esto es kafkiano» en referencia a un texto de los antiguos griegos, por ejemplo? Nuestra mirada se ha visto modificada por nuestro acceso al tiempo que nos contiene y nos modifica y nada podemos hacer para evitarlo.
Ahora voy al punto central de esa experiencia empírica de la que hablé antes. Mi amiga mexicana con la que hablaba de estos temas es la misma que me acompañó al concierto de Zorn y en la visita al museo del domingo pasado. En el segundo piso de ese museo hay una exhibición llamada «Asia en marfil» de la cual aquí les dejo algunas imágenes (como siempre, para verlas en mayor tamaño, pueden hacer clic sobre una de ellas):

El punto es que al ingresar en la sala de inmediato comenzamos a sentirnos incómodos. Vimos dos o tres obras y no hizo falta ni una palabra para comprender que una sensación molesta se había hecho presente entre nosotros; algo, sencillamente, no andaba bien. Me acerqué a un ajedrez magnífico, vi una o dos tallas más… uno podía reconocer lo exquisito del trabajo artesanal, podíamos ver la magnificencia de lo que teníamos frente a nosotros, pero de todos modos no queríamos estar allí: éramos, sin poder evitarlo, dos seres del Siglo XXI viendo hacia siglos pasados y nuestra mirada estaba inmersa en nuestro presente. No veíamos obras de arte, veíamos animales muertos, veíamos a cientos de elefantes asesinados (nótese el uso del término asesinados) para satisfacción de un poderoso mandarín o cualquier otro rico aristócrata chino. La idea es la misma de la que habla Borges en ese texto que se refiere exclusivamente a la literatura pero que podemos hacerlo extensivo a nuestro devenir diario: no podemos mirar al pasado con la inocencia de otras épocas. Podemos entender al artesano que trabajó esas piezas y para quien un elefante no era otra cosa que un mero proveedor de marfil; podemos entenderlo, pero no comprenderlo. Somos seres del Siglo XXI, para bien o para mal, y estamos condenados a mirar tanto al pasado como al futuro desde esta perspectiva y de ninguna otra.

Dialogando con la Diosa

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Tarde de Museo de Arte Moderno. Primera alegría: al entrar, una escultura de dos pisos de alto; sencilla pero, para mí, trascendente. No sé cómo se llama la obra y tampoco busco su nombre. Le pongo el que yo creo que es el más adecuado: La escalera de Jacob. Me comunico con la Diosa (la que está muy lejos de aquí, pero gracias a la tecnología a veces la tengo cerca) y se la muestro, se la describo, se la envío. Diálogo fructífero. Segunda alegría: Xul Solar, pero eso no es todo, en medio de la sala se encuentra expuesto, bajo una protección de cristal, su Panjuego, del que ya hablé alguna vez. Es la primera vez que puedo verlo de cerca. Como un niño ante un juguete nuevo lo rodeo por los cuatro costados una y otra vez, observo los extraños símbolos, las piezas extrañas, los complementos. Las acuarelas de Xul Solar están mal iluminadas y se pierde mucho de ellas. Con desazón me alejo de allí. Tercera alegría: Tatiana Parcero. ¿Dónde la vi antes? Fuerzo mi memoria pero no mucho. Nos la presentó Danioska hace un tiempo. Intertextualidad bloguera. Quienes critican a los blogs (muchas veces con razón) deberían considerar casos como éste. No sólo se pude saltar de libro a libro, de ensayo a ensayo, también de blog a blog, al menos cuando el blog vale la pena.
Afuera cayó la noche. Pésima noche de fines de invierno que nos ataca con todo su arsenal, como para que no olvidemos que aún tiene poder suficiente como para arruinar la salud de cualquiera: lluvia, frío y viento, mucho viento. De todos modos, por la costa hay grupos de gente corriendo o trotando. Yo no soy uno de ellos, por supuesto; yo, simplemente sigo hablando con la Diosa, aunque ella no me escuche, y seguimos discutiendo sobre las obras de arte que acabo de ver.