Viviendo en la publicidad

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Estábamos con L. en un centro comercial, viendo unos libros cuando me topo con uno titulado 1001 sitios que debes conocer antes de morir (seguramente ustedes conocerán esa colección «1001… que…» ya sean películas, libros, comidas o lo que sea). Como a ambos nos gusta viajar lo hojeamos para ver qué sitios ya hemos visitado y a cuáles nos gustaría ir en el futuro. Nos causa un ligero asombro el hecho de que de Argentina o México apenas aparezcan cuatro o cinco sitios mientras que de los Estados Unidos aparecen cerca de treinta o tal vez un poco más. Le cuento a L. de una revista especializada en gastronomía cuya nota principal era «Los 100 mejores vinos de 2015» cuya lista estaba compuesta por unos sesenta vinos norteamericanos, diez chilenos, dos argentinos y el resto eran franceses, italianos, portugueses y españoles. Le digo que eso no está mal, que la revista, al igual que el libro que tenemos en la mano no es más que una forma de publicidad encubierta y que del mismo modo en que sabemos que México tiene más de cuatro sitios dignos de ser visitados (fíjense que ni siquiera figuraban los cenotes, por decir sólo un sitio específico), bien sabemos que un vino norteamericano difícilmente sea mejor que uno francés o uno español.

 

centro comercial (1)

 

Pocos minutos más tarde, ya fuera de la librería y dentro de un local de ropa, me topo con lo que ven en la foto anterior (aquí ya imaginé esta entrada y por eso mismo tomé la foto). ¿Qué hace, en medio de una tienda en México, una pila de ropa del más acendrado mal gusto norteamericano? Le dije a L. ¿Ves? «Ése es el triunfo de ese tipo de publicidad encubierta de la que hablábamos antes. Copiar o aprender de lo bueno de otros países es inteligente; pero cuando copias hasta lo malo, es que algo no funciona bien». Imagino que alguno habrá comprado varios de esos suéters para sacarse la famosa fotografía familiar, tan estúpida como horrible ¡Y aquí, donde ni siquiera hace falta un suéter!

Seguimos nuestro camino por los pasillos del centro comercial, rodeados de tiendas como Bed, Bath and Beyond, Skeechers, Lilians Coffee, Sears, Roberts, C&A, Vanity, Sally Beauty Supply, McDonald´s, Liverpool hasta que, desde el primer piso veo dos grandes carteles que promueven —en un país con una cultura gastronómica de primer nivel por calidad y variedad— los martes de hamburguesas y los Mondays Wings. Lunes de alitas y Boneless. ¿Dónde? Por supuesto, en McCarthy´s.

 

centro comercial (2)

 

«Bueno», le digo a L.; «está bien, como no tenemos otra cosa que hacer, este fin de semana nos dimos una vuelta por los Estados Unidos sin salir de casa. Es más; tengo la sensación de que esta es la verdadera Embajada de los Estados Unidos. Estos son quienes realmente mandan. El embajador es sólo un burócrata más». Y para que sonría le regalo una sudadera que acabo de comprarle y que en el frente dice I´am a Mexicana what´s your superpower?

 

centro comercial (3)

 

Nota al margen: Por tiempo indeterminado estaré sin conexión a internet, así que responderé a sus comentarios en cuanto pueda. Dejaré varias entradas programadas, así que éstas se subirán aunque no esté aquí. Pasaré a visitarlos en cuanto me sea posible.

Jesús nació por tus regalos.

jesusnacioportusregalos

Un abogado, cerca de los cincuenta años, con una excelente carrera tras de sí, abre el baúl del auto y comienza a sacar cajas de vino y de champagne. Javier le ayuda a entrarlas y, mientras esperan al ascensor, escucha cómo el abogado se queja porque cada año le regalan menos cosas. «Ya ni tarjetas te mandan.» Dice «Ahora, te mandan una tarjeta por e-mail y gracias. Antes te cansabas de traer cosas, ahora no. Y la verdad, éste año yo tampoco hice tarjetas…» Reconoce finalmente. Una mujer, atractiva, hija de un fuerte empresario pesquero y que por eso mismo tuvo la suerte de no haber trabajado nunca en sus cuarenta y tantos años; regala dos cajas de langostinos —producto caro, pero que a ella nada le costó— a dos personas determinadas, pero lo hace a escondidas, para que otras dos personas (personal de limpieza, por lo tanto “incapaces” de reconocer el valor de dicho regalo) no vean esas cajas. Un gerente y un subgerente reciben regalos varios (los clásicos vinos, sidra, champagne y dulces típicos de estas fechas) para ellos y para repartir entre sus subordinados. Ellos se llevan casi todo. Se apuran a meter botella tras botella dentro de sus autos. Uno de ellos olvida la caja de langostinos y llama al día siguiente, casi con desesperación, para asegurarse de que no apaguen la heladera, es decir para asegurarse de que nadie piense en llevarse la caja o comer nada de ella. Jorge y Mirta y “Fede” vieron eso y yo los vi a ellos y ellos me contaron todo, con lujo de detalles. Y como conozco el lugar, sé que lo que me dijeron es verdad. Conozco al abogado y a la señora que nunca trabajó y al gerente y, un poco menos, al subgerente.

Mientras me contaban estas cosas, y con esa manía que uno tiene de relacionar todo, recordé una fragmento de una película: Coffee And Cigarettes, más precisamente la escena actuada por Cate Blanchett (ya hablé de ella aquí, alguna vez). En esa escena, Cate Blanchett actúa los dos papeles, por un lado hace de ella misma y por otro lado hace de una prima suya, bohemia, libre, que viene a visitarla. En un momento, Cate Blanchett le regala a su prima una bolsa con productos exclusivos (los que le acababan de regalar a ella, luego de una entrevista de promoción). La chica mira dentro de la bolsa de papel unos segundos y luego dice «Qué ironía. A vos, que podés comprar de todo, te regalan productos que yo no podría comprar ni trabajando seis meses».

La naturaleza imita al arte dijo, alguna vez, Oscar Wilde. Y eso fue lo que vi ayer y antes de ayer: vi la escena de Coffee And Cigarettes en vivo y en directo. Vi las formas más bajas de la avaricia y de la desvergüenza. Gente que no sufre necesidad alguna desesperada por poseer aquello que bien puede adquirir, pero más importante, más notorio aun, fue su desesperación para que los otros no lo tuvieran. Sobre todo, precisamente, aquellos que más lo necesitan o que no tienen los medios para adquirirlo. El espíritu cristiano que debería aflorar por estas fechas (no veo por qué debe el espíritu cristiano aflorar en una fecha determinada y no todos los días del año) se ha convertido en un espíritu de codicia y vulgaridad. Pero eso sí, no faltan las palabras de buenos deseos y las palmaditas amistosas con sonrisas de ocasión.

Bueno, ahora que el festival de la hipocresía ya pasó, podemos seguir con nuestras mínimas vidas. Con permiso.

Uno y el único

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He recibido un único regalo en esta navidad. No es que haya esperado nada ni, mucho menos, que pida nada a nadie; sólo doy fe de un hecho puntual. Éste libro me ha llegado por interpósitas manos desde las (para mí) lejanas tierras mexicanas, y el remitente es alguien a quien quiero y admiro muchísimo y quien me brinda regalos para el alma y el intelecto a lo largo de todo el año. Danioska es alguien conocida por todos los que visitan este mínimo espacio y si no lo es, debería serlo. Ya hablaré en su momento de las virtudes de este libro (ya me dado material para un buen par de entradas); pero hoy sólo quiero ser agradecido con quien me ofrece su amistad de manera tan sincera y desinteresada. Y las deudas se pagan. Mínimamente es lo que estoy intentado hacer.

P.S.: Pido perdón, sobre todo a Danioska, pero también a todo aquel que se haya acercado hasta aquí, por lo pobre de la entrada. Es que hasta hace un par de horas yo estaba muy bien, muy tranquilo, de buen ánimo hasta que llegaron esas personas que terminan por molestar con su sola presencia. Algo así me ha pasado y, aunque el hecho es meramente anecdótico, me ha puesto de bastante mal humor. Mañana me explicaré; por hoy lo mejor será que me convierta en astronauta y me vaya a dar una vuelta por alguna galaxia lejana. Hasta mañana.

Lugares comunes

Destesto los lugares comunes. Y estas fechas parecen haber sido creadas para eso. Todo el mundo se saluda cortésmente, se dicen feliz navidad unos a otros sin saber qué diablos es la navidad —incluso varios cristianos desconocen lo que se celebra en esta fecha y casi todos desconocen que en realidad están celebrando un rito pagano— y se desean lo mejor, así, como si de un medicamento genérico se tratara. Habría que ser honestos de una vez por todas (después de todo ¿hay alguien que no lo sea?) y desearle lo mejor a quienes en nuestro interior le deseamos lo mejor —más allá de la época del año en que nos encontremos— y deberíamos mandar a la mierda a quienes queremos ver debajo de un transporte público cada vez que nos los cruzamos.

Seríamos tildados de antisociales, eso es casi seguro; y también estaríamos bastante más solos, pero vaya, qué aire más fresco respiraríamos en la cima de esa montaña…