Los neologismos abren puertas.

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Hace unos días Danioska me dejó, en uno de sus comentarios, un neologismo; una palabra inventada ad hoc para enfatizar su argumento. Al responderle, yo cometí un error de tipeo y en lugar de “me alegró” salió un “me alegrió”, término que pude corregir pero que me hizo sonreír por la posibilidad de poder expresar en un solo término algo tan indefinible como una “alegría agria” o algo similar; en suma: una alegría que no era del todo bien nacida. Ahora, alguien a quien quiero mucho me dice, al querer escribir Anonymous, Amonymous; y ese “amo” como prefijo del término anónimo me hizo relamer de posibilidades de amores ocultos, pero sobre todo de amores en sí y por sí mismos. Lejos de toda simplificación psicoanalítica (el cielo me guarde de ello) recordé que Adolfo Bioy Casares, para señalar con más precisión a aquellas personas a las que se quería criticar, proponía escribir sus nombres o sus profesiones con ligeras faltas de ortografía. Así, un mal arquitecto podía ser señalado como arquitectö, por ejemplo.

Y aquí comienza lo lúdico. El placer por el juego de las palabras y por el de encontrar sentido en esos pequeños errores. Ya sean términos inventados a propósito o azarosos encuentros hijos de la velocidad o de las nuevas tecnologías (bien lo sufrimos todos cuando queremos escribir desde el minúsculo teclado de un teléfono) las palabras se transforman o directamente nacen para decir con mayor precisión lo que intentamos expresar con desigual fortuna. Somos lenguaje y también somos seres lúdicos; no está mal abandonarse, entonces, a los placeres de esas dos facetas que nos forman, nos modifican y, sobre todo, nos exponen.

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