Conceptos erróneos

En la película Ghandi, de 1982, hay una escena que me quedó grabada: el enviado inglés le dice al Mahatma «Ghandi, usted no sabe nada de historia, nunca un país se independizó de manera pacífica», a lo que Ghandi responde «El que no sabe nada de historia es usted. En historia, el que algo no haya sucedido no significa que no pueda suceder».

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¿Cuántos conceptos erróneos nos han inculcado a lo largo de nuestra vida? Desde la primera infancia —«con la mejor buena voluntad» suele decirse como si eso fuera una excusa para la ignorancia— nos han ido sembrando el inconsciente con ideas erróneas, conceptos falsos, creencias ridículas. Algunas de las que recuerdo.

• Si no eres bueno Dios se enojará contigo.

• Si te tocas te quedarás ciego (o te volverás estúpido o te crecerán pelos en las manos o Dios se enojará contigo)

• Sé bueno.

• El amor todo lo puede.

• Trabaja y nunca te quejes.

• El que es rico será porque ha trabajado lo suficiente.

• El trabajo dignifica.

• El superior (o el cliente) siempre tienen razón.

• El hombre nunca debe llorar.

• Fuimos, somos y siempre seremos un país de mierda.

• Eres un bueno para nada.

• En boca cerrada no entran moscas.

• Ten fe y lo demás te será dado por añadidura (ésta es la idea original, las de entrecasa eran iguales pero más sencillas).

• El sexo es sucio.

• Nunca le respondas a un adulto.

Hay que revertir todos los valores, como decía Nietzsche. Después de todo, peor no nos va a ir.

¿Tú también, Bruto?


Tu quoque, Brute, fili mi?”
Traducción: “¿Tú también, Bruto, hijo mío?”
En la obra Julio César de William Shakespeare se cambió por “Et tu, Brute” (¿Incluso tú, Bruto?”), aunque las últimas
palabras de César no están claras. Según Suetonio, las últimas palabras de César fueron en griego: “και συ, τεκνον;”
(“¿También tú, hijo?”).

Ustedes me disculparán pero hoy el tema viene plagado de citas. Y es que no he encontrado mejor método para acercarme a este tema, al menos es lo que he encontrado para evitar hablar de cuestiones personales.
Comencé por la más conocidas de todas las citas referidas a la traición. Y es que éste es el tema que me preocupa hoy (y viene haciéndolo desde hace unos años por circunstancias varias que me han hecho víctima de ellas; como se ve, las referencias personales son inevitables, pero intentaré mantenerlas en el mínimo posible).
Sigo con una somera explicación, también personal: Quiene esto escribe vivó durante seis años en los Estados Unidos. Al regresar a la Argentina, comencé a sufrir, de inmediato, todo tipo de traiciones, desde las de 20 centavos hasta las de miles de pesos; es decir que me encontré con aquel que te traicionaba casi por deporte y con aquel otro que lo hacía con saña y premeditación, y que, obviamente, producía un daño mayor.
Cierto día, una persona muy inteligente y analítica me dio su explicación de por qué ocutría esto. Según él, El gobierno militar primero, y la crisis económica después (la famosa crisis del 2001), rompieron el tejido solidario clásico del pueblo argentino. Éste no es una quimera ni una idealización mítica del pasado, era una realidad de la que tengo memoria, aún cuando en los tiempos de la dictadura militar yo no era más que un niño de escuela primaria. Según esta hombre, el temor que produjo la dictadura (el “despegarse” del otro, ya que ser amigo de un amigo de un amigo de alguien que había sedi secuestrado o sospechado era suficiente como pasar a ser un sospechoso en potencia) y la crisis dell 2001 (que produjo una especie de “sálvese quien pueda, y si alguien queda en el camino, mala suerte”), fueron los causantes de esta modalidad enquistada en lo más profundo de la personalidad argentina de hoy: la traición como modo de vida.
Quizá suene exagerado, y quizá haya, realmente, un ligero tinte magnificador en ello; pero si existe es muy a pesar mío y, eso sí puedo asegurarlo, es muy, muy pequeño. Lo único que puedo decir es que, desde hace seis años he sido víctima de traiciones pequeñas, medianas y grandes por parte de todos los estratos de la sociedad. Policías, comerciantes, amigos, compañeros de trabajo, familiares, conocidos, jefes, subalternos, vecinos. De algunos de ellos podría dar no solo un ejemplo, sino varios.

En el día de ayer no una, sino dos personas me dieron la cuota semanal de traición. Trastocando todos mis planes y sin ningún respeto por mis sentimientos o mis necesidades. Claro, éste tipo de traición de la que hablo no es como la de la cita de Shakespeare, alguien que planifica apuñalarte -no literalmente, por fortuna (o al menos hasta ahora)-, sino que me refiero a que actúan según su provecho aún sabiendo que afectan directamente a otro. ¿Qué importa si alguien sale lastimado? ¿Qué importa si el otro todos sus planes deshechos por esa actitud? El otro ha dejado de ser un Otro -es decir un igual- para transformarse en otro, con minúsculas, es decir alguien ajeno, alguien menor, alguien sin importancia.
Bien, basta de hablar de mí.

Vamos a las citas:

“Debemos desconfiar unos de otros. Es nuestra única defensa contra la traición”.
Tennessee Williams

Bien, totalmente de acuerdo con Williams: Desconfiar de todos es la única defensa: Pero yo paso. No puedo, no podría jamás, desconfiar de todos los que me rodean. Es algo natural en mí (¿será por eso que soy una víctima fácil?), pero cuando alguien me dice algo, le creo. Siempre y cuando lo que me digan se encuentre dentro de lo razonable, por supuesto. Mi incredulidad se reduce a la honestidad del interlocutor, no a la imbecilidad del que cree en el fin del mundo para este año o afirmar la existencia del monstruo del Lago Ness. Prefiero confiar; y si me engañan no soy yo el culpable (frase de consuelo que no sirve para nada, el dolor de saberse traicionado no se calma con estas frases de ocasión; aún así, la sigo usando).

“Más traiciones se cometen por debilidad que por un propósito firme de hacer traición”.

François de la Rochefoucauld (1613-1680) Escritor francés.

De las dos traiciones de las que hablé, de las dos de ayer, una es de este tipo. Creo la falta de experiencia de esta persona hizo que actuara de un modo egoísta, pero que su fin no fue el de producir daño, al menos no de un modo premeditado (paradójicamente, fue la que más daño produjo). La otra persona no, actuó fría y deliberadamente. Me guardo los calificativos.

Luego tenemos:


“Con ciertas personas vale más ser traicionado que desconfiar”.

Arthur Schopenhauer (1788-1860) Filósofo alemán.

No voy a agregar mucho, para mí es una frase perfecta y voy a usarla para confirmar mi punto de vista: prefiero creer (es decir: correr el riedgo de ser traicionado) antes que desconfiar.

Y por último, mi amado Nietzsche:

“Sé al menos mi enemigo”: así habla el verdadero respeto que no se atreve a implorar amistad.
Friedrich Nietzsche

Las cosas claras. Que otra vez el otro se convierta en Otro, en un igual, en un semejante; y si por alguna razón no podemos estar del mismo lado, pues no lo estemos. Pero seamos honestos.