El niño detrás del genio

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Todos sabemos que Mozart fue un genio incomparable; todos sabemos de su notable capacidad para escribir y ejecutar música y posiblemente todos conozcamos algunas de sus anécdotas. Lo que por lo general no sabemos es de dónde provienen estas anécdotas; quién tomó notas de ellas y en qué circunstancias. En general me he encontrado con que el cine es la fuente principal para muchas personas, aunque esto parezca un delirio o algo así; y si bien la genial Amadeus, de Milos Forman, es una gran película, no por eso hay que pensar que Salieri era un compositor mediocre o que Mozart era un imbécil que se reía de cualquier cosa.

En Account of a Very Remarkable Young Musician, de Daines Barrington podemos encontrar un testimonio de primera mano de una actuación de Mozart, de 8 años de edad, en 1769:

“[…] después de esto él ejecutó una lección difícil, que ya había estudiado un día o dos antes: su ejecución era asombrosa, teniendo en cuenta que sus dedos pequeños apenas podían alcanzar una quinta en el clavicordio” […] “Su asombrosa preparación, sin embargo, no surgió sólo de la gran práctica; tenía un conocimiento profundo de los principios fundamentales de la composición, ya que, al producir un triple, inmediatamente escribió una base debajo de él, el que, cuando comenzó a sonar, tuvo un efecto excelente”. […] “También un gran maestro de la modulación, y sus transiciones de una clave a otra eran excesivamente naturales y juiciosas; él practicó con un pañuelo sobre las teclas delmozart2 clavicordio por un tiempo considerable” […] “De los hechos que he estado mencionando he sido yo mismo testigo ocular; a lo que debo añadir que dos o tres músicos capaces me han informado de que Bach, el célebre compositor, había iniciado una fuga y se había detenido abruptamente, y que el pequeño Mozart la había tomado de inmediato y la había trabajado de una manera magistral”.

Barrington nos deja, también, una nota que saca a Mozart de esa imagen de robot que también solemos considerar en estos casos:

“Aunque, sin embargo, no dejaba de ser un niño de 8 años. Por ejemplo, mientras él estaba tocando para mí, entró a la sala su gato favorito, así que inmediatamente dejó su clavicordio y no pudimos traerlo de vuelta por un tiempo considerable”.

El niño-genio era, después de todo y simplemente, eso: ambas cosas.

Un Deja-vú divino

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Nu Wa, creadora de la humanidad

Cuando la Tierra se separó del Cielo, no se conocía la especie humana aunque había ríos, lagos, montañas y mares. La diosa Nu Wa descendió un día al mundo y vio todo tipo de animales, pero se sintió sola porque no había nada que se pareciera a ella y que pudiera hablar. Se sentó a la orilla de un lago, amasó barro con el que hizo una figura imitando su propia imagen reflejada en la superficie del agua.
Jugueteó un poco con la figura de tierra y le dio un soplo divino. La figurita cobró aliento y empezó a parpadear. La depositó en el suelo para que caminara a su alrededor, mientras que ella modeló otras figuritas más o menos parecidas, que cobraron vida también con un soplo de su respiración providencial.
No se contentó en crear imágenes sólo de mujeres, empezó a conformar pequeños hombres para que formaran parejas con las mujeres existentes en el mundo. Así, tras trabajar un buen rato en la creación de la humanidad, creyó necesario acelerar el proceso. Tomó una cuerda larga cubriéndola de lodo, y empezó a girarla, desperdigando pedacitos de barro a su alrededor, que al caer al suelo se convertían en figuras de niños y niñas que se alejaban alegremente.
Así nació la humanidad, hecha de barro y animada en el aliento de la diosa.

La historias se repiten, la historias se realimentan, se amalgaman, se influencian. ¿Cómo es posible que aún haya gente que esté dispuesta hasta a matar por sostener ideas semejantes?