Los expulsados (de sí mismos)

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Dice Aldous Huxley: «El amor ahuyenta al miedo y, recíprocamente, el miedo ahuyenta al amor. Y el miedo no expulsa sólo al amor; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre a la humanidad misma».

Hace un tiempo hablé del «animal que toma decisiones conscientes»; y ahora, al encontrar esta cita de Huxley, veo que una idea y otra se realimentan y se fortalecen. El miedo no es más que el detonante de nuestra animalidad. El amor (el amor como sentimiento puro y abarcador, no el que se limita a lo meramente romántico) es, por el contrario, el que nos permite acceder a lo humano desde lo humano. Es entonces que la frase «animal que toma decisiones conscientes» puede ser equiparada a la ecuación «odio (animal) ≠ amor (decisiones conscientes)».

Es así que cuando nos encontramos con los gordos y repugnantes nubarrones del odio y la difamación, podemos estar seguros de estar frente al escalón más bajo de la humanidad. Alguien que pretenda acceder al estatus de humano no puede sino actuar de manera madura, pensante, consciente. No hay ni puede haber términos medios: se es humano o se es animal. Y la decisión es absolutamente nuestra.

La pasión irracional

 

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Una de las imposibilidades de hoy en día es la de poder intercambiar ideas u opiniones con alguien que piense diferente. La mediocridad se ha enquistado en tal modo en el modo de ser de las sociedades que ya es imposible sostener una idea sin que se corra algún tipo de peligro, incluso físico. Muchos de ustedes recordarán que al asumir la presidencia Mr. Donald Trump se vieron muchos casos de intolerantes que atacaban a inmigrantes o incluso a nacionales descendientes de otras razas o religiones. ¿Esto fue algo casual o inesperado? De ninguna manera; los intolerantes siempre estuvieron allí, sólo que antes estaban contenidos por el poder de las leyes (al menos hasta cierto punto); pero al asumir uno de ellos, los demás se vieron desatados.

Algo similar ocurrió en Argentina en los últimos años. El odio que despertaron los Kirchner no es gratuito, estuvo siempre allí, latente, hasta que al fin se hicieron con el poder y es entonces que se desata en toda su estúpida y cruel amplitud.

 

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No fueron los Kirchner y tampoco fue Trump quien dividió a la sociedad; ésta siempre va a estar dividida y eso no es algo intrínsecamente malo. Lo malo es que un grupo se sienta con derechos por sobre el otro y que crea que la violencia (siempre ejercida por ellos, por supuesto) es la solución. Recuerdo para ello las palabras de Bertrand Russell: «Las opiniones que se sostienen con pasión son siempre aquellas para las cuales no existe un buen terreno intelectual; de hecho, la pasión es la medida de la falta de convicción racional del poseedor». O también, del mismo Russell: «El problema de la humanidad es que las personas inteligentes están llenas de dudas mientras que los imbéciles están llenos de certezas».

Religión o muerte

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“Argentina por la vida” 

“Patria es la extensión del amor al prójimo”

“Religión o muerte”

Se aceptan explicaciones lógicas. Como no voy a recibir ninguna, mejor les propongo un juego: explicaciones (cualesquiera sean) o nuevos slogans para futuras campañas o banderas.

Por amor al odio

Hace un par de días, se realizó una concentración en varias ciudades de Argentina con el objetivo de protestar contra el gobierno. Digo contra el gobierno –en general– y no sobre alguna medida del gobierno en particular, ya que no había un motivo real de protesta sino, tan solo, el odio total y absoluto a un gobierno popular, equitativo, valiente, trabajador.

El problema es que un gobierno de esas características debe tocar algunas fibras determinadas, si quiere trabajar para todos. Más precisamente, debe tocas las fibras del poder o, mejor dicho, del Poder, así, con mayúsculas. Entonces, quienes se movilizaron fueron las clases media-alta y alta. Es así que se podía ver a señoras “bien” golpeando cacerolas con sus tapados de piel, a los señores con habanos y café de Starbucks en las manos y, en el colmo del absurdo, golpeando una cacerola desde un Mercedes Benz (pueden verlos en las fotos a continuación).

Todos el mundo tiene derecho a quejarse, nadie dice nada con respecto a eso, pero es una verdad evidente que esas clases sociales son las clases que más odio profesan. Generalmente se dice que el pobre es el que odia (por resentimiento, por envidia, etc.); pero pocas veces en mi vida he visto y escuchado tanto odio contra un representante LEGAL de un gobierno. Desde desearle la muerte hasta el uso de svásticas nazis, desde tratar de “puta” a una presidenta elegida por el pueblo (con el 54% de los votos), hasta agredir físicamente a periodistas que cubrían el acto pero que son reconocidos simpatizantes del gobierno.

Me entristece profundamente la estupidez humana, me preocupa el odio (no hay que ver lo que ha hecho y está haciendo éste último a lo largo y ancho del mundo todo); pero soy un convencido de que hay que seguir luchando, desde el llano, desde el humilde sitio que ocupamos en nuestra sociedad. Luchar con las armas de la mesura, de la inteligencia, del discurso coherente; pero siempre, siempre. Sin tregua.