Pequeña (y original) comedia en un acto.

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— “El primer hombre que comparó una mejilla con una rosa fue, sin duda, un poeta; el primero que lo repitió fue un imbécil” Dijo alguna vez Salvador Dalí. El asunto es qué hacemos ahora; con qué podemos comparar a esa mejilla, a esos ojos, a esa boca. Siempre se corre el riesgo de decir lo que ya está dicho; de repetir incluso lo ya repetido. Es por eso que hay que leer mucho, se dice. Leyendo se aprende qué es lo que se ya se dijo.

— ¿Entonces cuál es la salida, profesor? No puede leerse todo. ¿Cómo saber si lo que para nosotros es original no fue escrito por alguien hace tiempo o tal vez el mes pasado pero una lengua totalmente ajena?

— Tal vez lo que hay que hacer es evitar toda pretensión de originalidad. Tal vez, como dije, ya todo está escrito.

— Entonces, si evitamos toda pretensión de originalidad, sólo debemos abocarnos a escribir lo que realmente no salga de las entrañas.

— Ésa es la idea.

— Aun cuando eso sea comparar una mejilla a una rosa.

— …

— Gracias profesor; es un excelente consejo.

— Emm.. sí claro. Bien, por hoy terminó la clase.

Inhalar, exhalar.

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“Hallar la voz personal no es sólo vaciarse y purificarse de las palabras de otros, sino adoptar y acoger filiaciones, comunidades y discursos. Podría llamarse inspiración al hecho de inhalar el recuerdo de un acto no vivido. La invención, debemos aceptarlo humildemente, no consiste en crear algo de la nada sino a partir del caos. Cualquier artista conoce estas verdades, no importa qué tan hondo las esconda”.

Jonathan Lethem. En contra de la originalidad.

Citar es un acto ineludible. De una manera u otra podría decirse que uno vive citando o parafraseando a éste a aquél autor o, tal vez, simplemente, a alguien a quien uno conoce y que ha dicho algo con el suficiente buen gusto y criterio como para que adoptemos sus palabras. Uno no siempre anda aclarando que estas palabras las dijo tal o cual; un poco para evitar la pedantería de decir a cada rato «Como dijo H….» o «Recuerdo aquellas palabras de J…» y otro poco para que la conversación se mantenga fluida y amena. Entonces, nada más molesto que aquellos que aclaran la cita que uno acaba de hacer y, encima, quiere hacernos pasar por meros plagiarios. Como alguna vez dije, citar es responsabilizarse de esas palabras; es decir, es hacerlas propias. Si alguien dijo lo mismo que yo quiero decir, pero lo dijo de una manera impecable ¿por qué no hacer uso de esas palabras? Creo que voy a imprimir la cita de Lethem en prolijos papelitos como recién sacados de una galleta de la fortuna y, ante la presencia de un pedante ilustrado, simplemente sacaré una hojita del bolsillo y se la entregaré sin decirle absolutamente nada.