Dorian Gray, en privado

 

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Como bien se sabe, Oscar Wilde, en su El retrato de Dorian Gray,  narra las peripecias de ese personaje, quien no sufre en sí mismo, ni en lo físico ni en lo moral, daño alguno ante las iniquidades que comete. Todo este daño se traslada a un cuadro, el cual muestra en toda su crudeza lo que es la viva imagen de Dorian Gray, en sí misma.

Creo que todos, en menor o mayor medida, somos o podríamos ser émulos de Dorian Gray; salvo que en lugar de una pintura a la que nos vemos obligados a esconder en el altillo bajo una tela, podríamos usar el espejo que nos devuelve nuestra imagen cada mañana. Si así fuera; si realmente tuviesen la valentía de ver en ese espejo no lo que la imagen invertida les muestra, sino su interior y lo que éste proyecta al mundo todo (porque en general los demás sí lo ven muy claro) un alto número de personas retrocedería avergonzada de lo que tienen delante. Y digo avergonzada en lugar de aterrorizada porque, a fuer de ser sincero, hoy en día los mediocres ni siquiera tienen la valentía de la ignominia; apenas si se conforman con la estupidez del chisme o del llanto autoconmiserativo.

Ejercicio fundamental, mirarse al espejo y ver más allá de lo que muestra en primera instancia es algo que se debería practicar regularmente, solos y en privado, por supuesto, ya que con eso alcanza y sobra: no hay nada más vergonzoso que ver a la propia mediocridad expuesta en todo su esplendor.

Desde siempre

caracol

Hay un fragmento de un poema de Wislawa Szymborska que no puedo olvidar; lo leí hace veinte años, cuando le dieron el Nobel y comenzaron a traducirla al español. Esos versos son el inicio de un poema cuyo nombre nunca recuerdo, y dicen así:

En un sendero yace un escarabajo muerto.
Tres pares de patas cruzadas sobre el vientre con esmero.
En lugar del caos de la muerte, pulcritud y orden.

Recuerdo mi sorpresa ante esos versos, recuerdo que me llamó la atención, sobre todo, que partiendo de algo tan pequeño e insustancial como es ver a un escarabajo muerto a un costado del camino se pudiera derivar toda una metáfora de la muerte. Hay que saber ver, sin duda alguna; y es allí donde los poetas se destacan: ven los que otros no. Miran lo mismo que la persona que tienen al lado, pero ellos ven un poco más allá. Como dijo Oscar Wilde: “Algunos sienten la lluvia, otros simplemente se mojan”.
Otro que sabía mirar muy bien y que sabía exponerlo mejor que casi todos, fue Alejo Carpentier. Con respecto al tema de hoy, Carpentier nos deja una cita que aúna el tema y el estilo, sintetizando todo en una amalgama perfecta:

Un día los hombres descubrirán un alfabeto en los ojos de las calcedonias, en los pardos terciopelos de la falena, y entonces se sabrá con asombro que cada caracol manchado era, desde siempre, un poema“.

La naturaleza y el azar.

A ella, en su cumpleaños.

Gabrielle Bakker,Geisha Icon, 2009..Lucien Gauthier, Tahiti, 1933

Como muchos de los que pasan por aquí saben, uno de los mayores placeres de quien esto escribe radica en encontrar enlaces entre ideas, objetos, palabras, hechos que parecen no tener relación entre sí. El caso de hoy no es tan extraño, lo reconozco; pero encontrar por azar dos obras que pueden ser relacionadas de manera tan directa me produjo un estado emocional tan profundo que lleva horas en estado de presencia continua. La obra de la izquierda pertenece a Gabrielle Bakker y se titula Geisha Icon (2009); la fotografía de la derecha fue tomada por Lucien Gauthier en Tahiti, en 1933. Las posturas, el desnudo, los adornos en el cabello; todo me llevó a ver una obra dentro de la otra. La belleza de lo puro, la pureza de lo bello. Como bien dijera Oscar Wilde con su impecable e irónica lucidez: La naturaleza imita al arte. 

 

Jugando con fuego.

De vez en cuando la vida nos besa en la boca
Y nos regala un sueño tan escurridizo
Que hay que andarlo de puntillas
Por no romper el hechizo.
(Joan Manuel Serrat)

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La cita con la que abro esta entrada bien podría haber sido otra de muchas. Aquella de Oscar Wilde, por ejemplo  “Lo menos frecuente en este mundo es vivir. La mayoría de la sólo gente existe”. O aquella otra de Nietzsche: “Aquel que tiene un porqué para vivir se puede enfrentar a todos los “cómos”. El asunto es que todos hemos visto o leído frases o libros o hemos escuchado disertaciones y análisis sobre esa cosa extraña que es la vida. Lo que nadie nos dice es que no hay recetas para vivirla; que no hay modo en que podamos vivirla si no es arrojándonos sobre ella (aquí acabo de meter a dos grandes filósofos; pero no voy a nombrarlos para no abrumarlos con nombres y citas; con las de arriba creo que es suficiente). Y menudo problema se nos plantea. Por regla general hemos sido educados para el miedo a la vida, no para la virtud del arrojo. Pórtate bien; sé buen chico, estudia, estudia, estudia; no te quejes: no preguntes; no molestes; siéntate derecho; cállate…

Pero, como en la canción de Serrat: De vez en cuando… un golpe nos despierta y nos damos cuenta que la vida no es más que un juego de naipes. Un juego que algunos juegan con las cartas marcadas y que otros hacen su mejor esfuerzo para jugarlo limpiamente. Y si bien la baraja nos la reparte la vida misma a su placer y antojo, no olvidemos que cada mazo tiene dos comodines: el de la mentira y el de la verdad; y esos dos, como todos los comodines, los usamos nosotros. El problema es que el comodín de la mentira está hecho de seda; es agradable al tacto y a la vista. El de la verdad, en cambio, está hecho de fuego; molesta, arde, quema. Y no es fácil, claro. Pero se puede. Y cuando uno se acostumbra a ello se ve que tiene muchos y buenos beneficios. La mayor parte de las personas prefiere la suavidad de la mentira, el falso lujo de la seda, sin duda. Es más práctica, más beneficiosa y parece no molestar a nadie. Hay otros (me atrevería a decir no muchos) que no; que soportan un par de llagas pero que se acostumbran y que aprenden. Ésos son los que saben que los malnacidos, los manipuladores, o, para ser más sencillo y directo: los hijos de puta, juegan con las cartas marcadas, y que las cartas marcadas sólo se destruyen con fuego.

Leer o no leer. Oscar Wilde

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Los libros pueden ser muy cómodamente divididos en tres clases:
I. Los libros que hay que leer, como las Cartas, de Cicerón; Suetonio; las Vidas de los pintores, de Vasari; la Autobiografía de Benvenuto Cellini; Sir John Mandeville; Marco Polo; las Memorias de San Simón; Mommsen, y (hasta que tengamos otra mejor) la Historia de Grecia, de Grote.

II. Los libros que hay que releer, como Platón y Keats en la esfera de la poesía, los maestros y no los menestrales en la esfera de la filosofía, los videntes y no los sabios.

III. Los libros que no hay que leer nunca, como las Estaciones de Thomson; la Italia de Rogers; las Evidencias, de Paley; todos los Santos Padres, con excepción de San Agustín; todo John Stuart Mill, excepto el Ensayo sobre la libertad; todo el teatro de Voltaire, sin excepción alguna; la Analogía, de Butler; el Aristóteles, de Grant; la Inglaterra, de Hume; la Historia de la filosofía, de Lewes; todos los libros de argumentación y todos aquellos en los que se intente probar algo.

La tercera clase es, con mucho, la más importante. Decir a las gentes lo que deben leer es generalmente inútil o perjudicial, porque la apreciación de la literatura es cuestión de temperamento y no de enseñanza.

No existe ningún manual del aprendiz del Parnaso y nada de lo que se puede aprender por medio de la enseñanza merece la pena ser aprendido. Pero decir a las gentes lo que no deben leer es cosa muy distinta y me atrevo a recomendar este tema a la comisión del proyecto de extensión universitaria.

Realmente es una de las necesidades que se dejan sentir, sobre todo, en este siglo en el que vivimos; un siglo en el que se lee tanto que ya no se tiene tiempo para admirar, y en el que se escribe tanto que no se tiene tiempo para pensar.

Quien escoja en el caos de nuestros modernos programas los «cien peores libros» y publique su lista, hará un verdadero y eterno favor a las generaciones futuras.

 

Oscar Wilde
(febrero de 1886)