Una necesidad indispensable.

PN814_G“Siempre he sentido una gran necesidad de estar solo,  necesito amplias superficies de soledad, y cuando no logro tenerlas, como ha sido el caso los últimos cinco años, a veces la frustración llega a ser desesperada o agresiva. Y cuando lo que me ha mantenido en marcha durante toda mi vida de adulto, es decir, la ambición de llegar escribir algo grande un día, resulta amenazado de esa manera, mi único pensamiento, que me roe como una rata, es que tengo que huir”.

Gracias a un oportuno préstamo del poeta michoacano José Agustín Solórzano, me encuentro leyendo el primer volumen de los seis que forman la obra magna de Karl Ove Knausgard Mi lucha (José Agustín tiene los tres primeros; cuidaré mucho que nada le pase a este que me prestó, a ver si consigo los otros dos). El fragmento que cité, aunque tangencial en lo referente al tema central de la novela, podría haberlo escrito yo mismo en algún momento indeterminado de los últimos treinta años. La necesidad de un espacio propio y de un tiempo que también sea propio (con total privacidad, lo cual significa soledad absoluta) es tan fuerte que a veces debo contenerme para no ser grosero con quienes me rodean. Espero que las personas que me quieren y a las que quiero sepan entender esto porque, por una parte uno no quiere perderlas; pero tampoco uno quiere perderse a sí mismo con el fin de encajar a como dé lugar.

Sobre la novela de Knausgard hablaré en otro momento. En apenas cincuenta páginas ya me ha dado material en el que pensar y trabajar más que varios libros completos. Pero vamos paso a paso, página a página, abriendo, sobre todo, espacios amplios y bien aireados.

El centro de todos los mundos.

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En 1912, cuando tenía siete años, el padre de Elías Canetti —Premio Nobel de Literatura 1981—, murió de manera fulminante, poco antes de cumplir 31 años. Acababa de visitar a sus pequeños hijos en su habitación y había bromeado con el menor de ellos. Luego bajó a desayunar. Al rato se escucharon unos gritos espantosos, y Canetti quiso saber qué pasaba. “Ante la puerta abierta del comedor, vi a mi padre tirado en el suelo”.
Confesó que, desde ese momento, la muerte de su padre se convirtió “en el centro de todos y cada uno de los mundos por los que iba pasando”.  Tiempo después refería otro episodio que también tuvo que marcarlo de manera drástica. Tuvo, en los meses siguientes a ese terrible episodio, que dormir en la cama de su madre, que no dejaba de llorar. “No podía consolarla, yo hacía todo lo posible, pero era inconsolable. Cuando se levantaba para acercarse a la ventana yo saltaba de la cama y me ponía a su lado. La rodeaba con mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas no se desarrollaban con palabras. Yo la sujetaba muy fuerte, y si se hubiera tirado por la ventana habría tenido que arrastrarme con ella”.
En la cultura popular es la madre el centro de todas las miradas; pero historias como éstas que narra Elías Canetti siempre me hacen pensar en el enorme peso que tienen las figuras paternas, las cuales se notan mucho más en las ausencias. Quién sabe cuántos artistas le debemos a ese dolor o a esa búsqueda de sentido o a veces, literalmente, a esa búsqueda de una figura que no estuvo allí el tiempo suficiente.

La invención de la soledad. Paul Auster

Auster - La invención de la soledad

“Recibí la noticia de la muerte de mi padre hace tres semanas. Fue un domingo por la mañana […] Pensé: mi padre ya no está, y si no hago algo de prisa, su vida entera se desvanecerá con él.”

¿Cómo se narra una ausencia? ¿Es posible, siquiera, intentar llevar adelante esa tarea? En su primer ensayo, Paul Auster (quien ya había publicado algunos libros de poesía y una novela, bajo seudónimo, que pasó desapercibida) indaga en la vida de su padre, un inmigrante perseguido por una tragedia de infancia, cuyo mayor talento es estar ausente. Como un fantasma de incógnito entre los vivos, el padre se desliza sin ser tocado, se escabulle de su familia, desaparece incluso para sí mismo, se convierte en una figura vacía y solitaria, impenetrable, que ha cortado lazos con el mundo y, también, con el pequeño y desconcertado Paul, que atesora hasta la mínima señal de apertura del desconocido.

Mi recuerdo más temprano: su ausencia […]
Recuerdos más próximos: un anhelo.

¿Quién es, realmente, esta persona, y por qué? Entender a su padre es el objetivo del escritor, que busca además salvarlo de una segunda muerte: el olvido. La aventura será, quizá, aun más angustiante que la ausencia en vida. El protagonista descubrirá que su padre fue un hombre que jamás hizo nada por dejar huella. Es más, podría decirse que su mayor esfuerzo en la vida fue el de no dejar huella y que de algún modo lo logró: su propio hijo no podía encontrarse a sí mismo en él. El padre de Auster no sólo fue un padre ausente, sino un ser ausente, gris, carente de impulsos vitales que lo incitaran hacia la trascendencia.

Auster 02Auster, padre. La extraña fotografía es una de las tantas que el escritor encontró entre las pertenencias de su padre.

En la segunda parte, “El libro de la memoria”, Auster deshilvana por completo la historia con certera y precisa narrativa y va más allá de la anécdota, se aferra a una grata y descarada introspección que sorprende. Va al pasado, vuelve al presente, imagina el futuro, sufre, y ese padecimiento llega de manera directa al lector. Auster nos dice, a través de meditaciones trabajadas como variantes del tema central (la soledad) que ésta no es sólo una enemiga, sino que es, también, el lugar donde se almacena nuestra historia, nuestra memoria, y de donde parten o nacen las historias.

Poco a poco comienzo a comprender el absurdo de la tarea que he emprendido. Tengo la sensación de que intento llegar a algún sitio, como si supiera lo que quiero decir; pero cuanto más avanzo, más me doy cuenta de que el camino hacia mi objetivo no existe.

La otra mitad

Mucho se ha hablado y escrito sobre la importancia de las madres en la vida de las personas en general y de los artistas en particular. Todos conocemos una amplia variedad de poemas y canciones que las tienen como objeto directo de una visión beatífica, impoluta, incorruptible. Poco se ha hablado, en cambio, de la injerencia de los padres a este respecto; sin embargo, he encontrado que la presencia ─pero por sobre todo, la ausencia─ de éstos es un signo de importancia capital en la vida de muchos autores. Tal vez el más famoso ejemplo sea el de Franz Kafka; quien en su Carta al padre comienza:

“Querido padre:
Hace poco tiempo me preguntaste por qué te tengo tanto miedo. Como siempre, no supe qué contestar, en parte por ese miedo que me provocas, y en parte porque son demasiados los detalles que lo fundamentan, muchos más de los que podría expresar cuando hablo”.

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Otro ejemplo, menos conocido, es el de Manuel del Cabral; poeta dominicano que escribiría en su poema Carta a mi padre:

¿Qué más quieres de mí? ¿Qué otras cosas mejores?
Padre mío,
lo que me diste en carne te lo devuelvo en flores.

Estas cosas, comprende, ya no puedo callarte.
Yo, como el alfarero con su arcilla en la mano,
lo que me diste en barro te lo devuelvo en arte.
[…]
Qué más quieres, no pudo
hacerse licenciado mi corazón desnudo.
Era mucho pedirle, padre mío, ¡no sabes
lo grave que es a veces
un hombre que en el pecho le entierran viva un ave!

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Un caso paradigmático puede ser el de Elías Canetti; En 1912, cuando tenía siete años, murió de manera fulminante su padre, que no había llegado a los 31. Acababa de visitar a sus pequeños hijos en su habitación, y había bromeado con el menor. Luego bajó a desayunar. Al rato se escucharon unos gritos espantosos, y Canetti quiso saber qué pasaba. “Ante la puerta abierta del comedor, vi a mi padre tirado en el suelo“, quien contó en la primera parte de su autobiografía, La lengua absuelta:
En esas páginas confesó que, desde ese momento, la muerte de su padre se convirtió “en el centro de todos y cada uno de los mundos por los que iba pasando“. Y se refirió a otro episodio que tuvo también que marcarlo de manera drástica. Tuvo en los meses siguientes al terrible episodio que dormir en la cama de su madre, que no dejaba de llorar. “No podía consolarla, era inconsolable. Pero cuando se levantaba para acercarse a la ventana yo saltaba de la cama y me ponía a su lado. La rodeaba con mis brazos y no la soltaba. No hablábamos, estas escenas no se desarrollaban con palabras. Yo la sujetaba muy fuerte, y si se hubiera tirado por la ventana habría tenido que arrastrarme con ella“.

Podrían sumarse los nombres de Horacio Quiroga y Juan Rulfo; pero creo que éstos casos merecen un lugar aparte, debido a la tragedia mucho mayor que signó la vida de estos dos escritores (no sólo se vieron afectados por la muerte de su padre, sino que también sufrieron la muerte de hermanos, esposas, amigos, padrastros).

¿Cuántas páginas se habrán escrito a la sombra de padres perdidos, de ausencias que marcaron a fuego los dolores de hombres que por estar situados en una época en donde precisamente por ser hombres no podían hablar de ello de manera clara y directa? ¿Cuántas historias, metáforas, elipsis habremos leído sin saber que hacían referencia a esa figura entrañable que general e injustamente se muestra como ejemplo despótico o cruel pero que muchas veces es el eje central de nuestras vidas?