La génesis de las palabras

Saramago

Hubo un tiempo en que las palabras eran tan pocas que ni siquiera las teníamos para expresar algo tan simple como Esta boca es mía, o Esa boca es tuya, y mucho menos para preguntar Por qué tenemos las bocas juntas. A las personas de ahora ni les pasa por la cabeza el trabajo que costó crear estos vocablos, en primer lugar, y quien sabe si no habrá sido, de todo, lo más difícil, fue necesario comprender que se necesitaban, después, hubo que llegar a un consenso sobre el significado de sus efectos inmediatos, y finalmente, tarea que nunca acabará por completarse, imaginar las consecuencias que podrían advenir, a medio y a largo plazo, de los dicho efectos y de los dichos vocablos. Comparado con esto, la invención de la rueda fue mera bambarria, como acabaría siéndolo el descubrimiento de la ley de gravitación universal simplemente porque se le ocurrió a una manzana caer sobre la cabeza de Newton. La rueda se inventó y ahí sigue inventada para siempre jamás, en cuanto a las palabras, esas y todas las demás, vinieron al mundo con un destino brumoso, difuso, el de ser organizaciones fonéticas y morfológicas de carácter eminentemente provisional, aunque, gracias, quizá, a la aureola heredada de su autoral creación, se empeñan en pasar, no tanto por sí mismas, sino por lo que de modo variable van significando y representando, por inmortales, imperecederas o eternas, según los gustos del clasificador.

José Saramago. El hombre duplicado.

Amar a través de las palabras (Amarte a través…)

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El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.

(Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo).

Roland Barthes. Fragmento de un discurso amoroso.

Ironías de la vida

Una imagen vale más que mil palabras, se dice por ahí; pero estoy algo más de acuerdo con Isaac Asimov (que vaya alguien a buscar la cita, yo ni pienso meterme en los más de cuatrocientos volúmenes que escribió el ruso/americano) cuando él dice que eso está lejos de ser verdad. ¿Cómo traducir —Dijo al fin— el monólogo de Hamlet en imágenes? Como amante de las palabras le doy la razón al prolífico escritor; pero (siempre hay uno), a veces ciertas imágenes nos dejan, literalmente, sin palabras. Dividamos aguas, digamos que ambas expresiones tienen sus valores intrínsecos y que muchas, muchísimas veces trabajan muy bien en conjunto.

Ahora, cuando uno se encuentra con imágenes como éstas, ¿Qué hace? ¿Ríe, se asombra, duda, piensa en lo que ocurrió antes y, sobre todo lo que ocurrió después? Quizá uno pase por todas esas faces, en algún orden determinado por cada personalidad.

Klu-Klux-Klan

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