Viajando en el tiempo

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Dado egipcio – Año 0

Tanto se ha discutido sobre la posibilidad de viajar en el tiempo que a veces olvidamos que eso no sólo es posible (nosotros no hacemos otra cosa; solo que nuestras limitaciones nos permiten movernos en un solo sentido; no culpemos a nadie de nuestras incapacidades); a veces olvidamos que podemos viajar al pasado, aunque sea de un modo tangencial, acercándonos a esos tiempos no de manera directa, sino a través de lo que las voces de ese pasado nos dicen.

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Media hogaza de pan carbonizado, Pompeya, año 79 e.c.

Encontré estas tres fotografías en tres artículos independientes de una página arqueológica. De alguna manera sentí que los tres comenzaban a conversar entre ellos y que de alguna manera, aunque limitado por mi incapacidad para entender en profundidad su lenguaje, me hablaban de mí. Como suele ocurrir siempre, en un principio lo que escuché fue lo más obvio; algo así como que allí había una metáfora del hombre o de su destino (la vida en el pedazo de pan, el azar en el dado, la muerte en esa bala clavada en el pecho) pero deseché esa idea por vulgar; no me parecía digno de ellos decir semejante tontería. Entonces sólo me dediqué a escuchar sin interponer nada de mi parte, sin intervenir, sin sumar una sola idea o atisbo de idea; sólo me dediqué a escuchar el ligero murmullo con el cual esos objetos nos hablan desde ese pasado más o menos remoto y nos saludan y se despiden con un ligero “hasta pronto”.

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Esqueleto de un soldado de 23 años muerto en la batalla de Waterloo. La bala que lo mató aún puede verse entre sus costillas. Año 1815.

 

 

 

De elefantes, Kafka y miradas al pasado.

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No hace muchos días atrás conversaba con una amiga mexicana sobre cómo vamos modificando nuestros gustos o nuestros pareceres según vamos sumando textos a nuestro bagaje cultural; es decir, a medida que vamos creciendo intelectual y espiritualmente. Recordé un texto de Borges llamado Kafka y sus precursores y traté de explicarme, creo que con poca fortuna. Creo que mi amiga me entendió pero sólo porque es inteligente más que por mi torpe exposición. Por fortuna, pocos días después pude volver sobre el tema de un modo empírico, físico, real. Me explico: en Kafka y sus precursores, un breve ensayo incluido en Otras inquisiciones, Borges nos muestra cómo un escritor crea a sus predecesores; cómo un escritor puede cambiar el pasado proyectando su sombra de forma retrospectiva sobre textos anteriores. Luego de citar un poema de Browning, Borges dice: “El poema Fears and Scruples de Browning profetiza la obra de Kafka, pero nuestra lectura de Kafka afina y desvía sensiblemente nuestra lectura del poema. Browning no lo leía como ahora nosotros lo leemos”. También dice: “El hecho es que cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado…”. La idea es brillante, sin duda. ¿Cuántas veces hemos dicho “esto es kafkiano” en referencia a un texto de los antiguos griegos, por ejemplo? Nuestra mirada se ha visto modificada por nuestro acceso al tiempo que nos contiene y nos modifica y nada podemos hacer para evitarlo.
Ahora voy al punto central de esa experiencia empírica de la que hablé antes. Mi amiga mexicana con la que hablaba de estos temas es la misma que me acompañó al concierto de Zorn y en la visita al museo del domingo pasado. En el segundo piso de ese museo hay una exhibición llamada “Asia en marfil” de la cual aquí les dejo algunas imágenes (como siempre, para verlas en mayor tamaño, pueden hacer clic sobre una de ellas):

El punto es que al ingresar en la sala de inmediato comenzamos a sentirnos incómodos. Vimos dos o tres obras y no hizo falta ni una palabra para comprender que una sensación molesta se había hecho presente entre nosotros; algo, sencillamente, no andaba bien. Me acerqué a un ajedrez magnífico, vi una o dos tallas más… uno podía reconocer lo exquisito del trabajo artesanal, podíamos ver la magnificencia de lo que teníamos frente a nosotros, pero de todos modos no queríamos estar allí: éramos, sin poder evitarlo, dos seres del Siglo XXI viendo hacia siglos pasados y nuestra mirada estaba inmersa en nuestro presente. No veíamos obras de arte, veíamos animales muertos, veíamos a cientos de elefantes asesinados (nótese el uso del término asesinados) para satisfacción de un poderoso mandarín o cualquier otro rico aristócrata chino. La idea es la misma de la que habla Borges en ese texto que se refiere exclusivamente a la literatura pero que podemos hacerlo extensivo a nuestro devenir diario: no podemos mirar al pasado con la inocencia de otras épocas. Podemos entender al artesano que trabajó esas piezas y para quien un elefante no era otra cosa que un mero proveedor de marfil; podemos entenderlo, pero no comprenderlo. Somos seres del Siglo XXI, para bien o para mal, y estamos condenados a mirar tanto al pasado como al futuro desde esta perspectiva y de ninguna otra.