Hoja de ruta (V) Machu Picchu

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Nos levantamos temprano y decidimos subir a Machu Picchu en los autobuses que llevan a los turistas hasta la cima de la montaña porque la otra opción, es decir subir por las escaleras se nos tornaba demasiado exigente para esa hora de la mañana (y seamos sinceros: para los años de quien escribe esto, también, ya que, dependiendo el estado físico de cada uno, esa subida puede llevar un buen par de horas y llegar a las ruinas ya agotado no es una buena idea). Cuando ingresamos a las ruinas todo estaba envuelto en una espesa niebla y no podía verse nada más allá de unos diez metros. Unos turistas japoneses esperaban pacientemente con sus cámaras y otros grupos de europeos hacían lo mismo sentados en grupos más o menos numerosos a lo largo de las terrazas.

 

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La espera no fue larga. Media hora después de haber llegado y como si todo obedeciera a una puesta en escena teatral magníficamente ejecutada las nubes se abrieron casi de manera repentina y todo el esplendor de Machu Picchu se presentó ante nosotros. Es la segunda vez que visito este sitio y me gustó el efecto dramático. La primera vez, al subir, todo estaba iluminado por un sol fuerte y claro y aunque eso no hace menos espectacular a lo que tenemos frente a nuestros ojos, ver a las ruinas aparecer por entre las nubes y éstas correr veloces entre las cumbres fue como una maravilla añadida a lo que esperábamos.

 

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Íbamos decididos a recorrer todo lo posible y eso fue lo que hicimos; tal vez por ello nos llamó la atención que algunas personas recorrieran apenas una pequeña parte de la ciudad para irse rápidamente de allí. Luego de todo el esfuerzo económico y físico que implica llegar a Machu Picchu largarse de allí en media hora nos parecía el colmo de la estupidez; pero allá cada cual con su mochila. Nosotros llegamos a las ocho y media de la mañana decididos a recorrer todo lo que pudiéramos y eso hicimos. Las ruinas se encuentran abiertas hasta las cinco de la tarde y nosotros emprendimos el regreso a las cuatro y media luego de haber visitado la ciudad entera (con sus preciosas llamas pastando en las terrazas y las incógnitas que se nos presentan al ver esa ciudad allí, en la cima de una montaña imposible), la Puerta del Sol (donde nos detuvimos a descansar y donde disfrutamos el espectáculo de los que llegaban a las ruinas provenientes del camino del Inca; el cual implica días de travesía y donde todos, al ver la ciudad sonreían maravillados y hasta hubo alguno que dejó derramar alguna que otra lágrima) y el Puente de los Incas (desde donde se tiene una vista sorprendente del camino entre las montañas del que hablé en la entrada anterior).
Al único sitio donde no pudimos acceder fue al Wayna Picchu, la montaña más alta que se ve en las famosas fotos de Machu Picchu. Para poder llegar allí hay que pagar una entrada extra y, además, hay que reservar con meses de anticipación el sitio, ya que sólo se permiten un par de centenares de visitantes por día. Tal vez la próxima, nos dijimos, esperanzados en un futuro regreso.

 

 

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Hablar de Machu Picchu implica caer, casi con seguridad, en lugares comunes; para evitar eso (cosa que no conseguiré) debería terminar esta crónica aquí ¿pero cómo evitar decir que lo que se siente allí es algo incomparable y maravilloso? ¿Cómo encontrar los sinónimos adecuados para describir la sensación de encontrarse frente a algo que excede a la razón? ¿Cómo hablar de lo mágico sin hacer referencia a la magia? Sí, mejor dejarlo aquí y desearles que algún día puedan ustedes encontrarse así, sin palabras, frente a la ciudad de Machu Picchu y todo lo que es y representa.

 

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Hoja de ruta (IV) Camino a Aguascalientes

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Para llegar a Machu Picchu, primer hay que hacer una escala en Aguascalientes (no confundir con el Aguascalientes mexicano, claro está). El Aguascalientes peruano es un pequeño pueblo enclavado en medio de la cordillera de Los Andes, a unos 2000 metros de altura sobre el nivel del mar y con una población de poco más de 3000 habitantes, los20180128_124455 cuales se dedican, más que nada, al comercio y al turismo. Pero para llegar allí se hace necesario disponer de un día entero, aún cuando el pueblo diste apenas unos 280 kilómetros de Cusco. El punto es que al ser un camino de montaña, no hay un tramo recto donde los vehículos puedan alcanzar velocidad alguna y, la verdad sea dicha, esto es algo que se agradece, ya que las combis o autos que hacen este trayecto (imposible para un autobús) bordean peligrosamente el abismo entre montañas cuyas rutas no tienen protección alguna. Es así que, si uno no sufre de vértigo o no es demasiado temeroso, el viaje se disfruta, pero sobre todo si se hace a poca velocidad. Viajar es muy bonito, pero no vale la pena quedarse a mitad de camino sólo por haber intentado ganar un par de minutos en lo que debería ser un día de placer.

 

Entonces esos 280 kilómetros insumen alrededor de siete horas, con alguna breve parada para comer algo y nada más. Israel, nuestro conductor, era un hombre experimentado y por demás amable e iba respondiendo nuestras preguntas sobre el paisaje o sobre las costumbres locales. Como suele ocurrir en estos casos, donde el largo viaje agota la curiosidad del turista o la paciencia del guía, la charla deriva hacia asuntos personales y se termina hablando de la familia o, directamente, se termina con los papeles invertidos y es el turista el que continúa contando las bellezas de sus propio sitio de origen. Así las horas van pasando y entre curva y contracurva —en algunos tramos la 20180128_104458ruta es tan angosta que un vehículo debe detenerse o dar marcha atrás para que el que viene de frente pueda pasar; y ha llegado el caso en donde ninguno de los dos quiere hacerlo debido a lo peligroso del paso; es entonces cuando se entablan discusiones entre los conductores para ver quién lo hace primero y de qué modo y alguno, claro está, debe ceder de mala gana y profiriendo insultos varios— se llega a destino.

 

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Este destino, no es, como podría pensarse, el pueblo de Aguascalientes; sino que es una usina hidroeléctrica que dista unos diez kilómetros del pueblo. De aquí el turista debe 20180128_162040seguir a pie, caminado por las vías del ferrocarril (también, por supuesto, se puede viajar en él; pero además de ser caro ¿dónde está la diversión?). Las vías bordean la base de las montañas y hay que dar vuelta a cuatro de ellas, entre la densa vegetación de esa selva montañosa peruana, bordeando también el río Urubamba, el cual refresca cada tanto algún recodo del camino. A nosotros nos llevó unas tres horas de caminata recorrer esos diez kilómetros, lo cual es poco más que el tiempo promedio. Llegamos a Aguascalientes poco antes del atardecer (habíamos salido de Cusco a las siete de la mañana) y a pesar del cansancio (luego del reparador baño y de la más que bienvenida cena) salimos a recorrer el pequeño pueblo, donde se oyen tantas lenguas como en aquella lejana Babel. Machu Picchu estaba a sólo un día de distancia.

 

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Hoja de ruta (III) Cusco (I)

 

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Cusco desde la altura. (Todas las fotos: Borgeano)

 

Cusco, la antigua capital del Imperio Inca, no ha cambiado nada en estos casi cuatro años que pasaron desde que la visité por primera vez: la plaza bien cuidada, los portales y locales que la rodean no molestan con ruidos de música o pregones, el tránsito es ordenado, los turistas de todas las nacionalidades van y vienen sin cesar o almuerzan en uno de los muchos balcones coloniales de los cafés o pubs que están, casi todos ellos, en el piso superior de cada caserón colonial.

 

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Coricancha (del quechua: Quri Kancha, “templo dorado”).

 

Los cusqueños son por demás amables y, acostumbrados al turista (y conscientes de que el turista es el que deja más dinero en la ciudad y los alrededores y de la necesidad de cuidar esa fuente de ingresos), responden amablemente a las consultas que se les hacen y son muy atentos a la hora de dar indicaciones o consejos. Pero… hay un punto que se les escapa y ellos son, en general, un cierto porcentaje de los comerciantes; de manera específica, me refiero al bendito cambio de dinero: si no tienes cambio no hacen el menor esfuerzo por conseguirlo y ni siquiera se preocupan por no vender: o pagas con cambio o sales de la tienda. Muchas veces uno simplemente va a comprar a otro lado, pero en otras ocasiones hemos tenido que caminar más de un kilómetro para encontrar alguien que quisiera o pudiera cambiarnos un billete para luego poder hacer la compra que queríamos. Salvo ese punto no puedo tener más que palabras de elogio para Cusco y su gente.

 

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Catedral de Cusco

 

Ubicada al sureste del país y con una altura de 3400 metros sobre el nivel del mar, a Cusco hay que caminarla despacio, de lo contrario se corre el riesgo de quedarse sin aire cada veinte pasos. Para que ello no suceda puede ayudarnos un mate (té) de coca o también mascar la hoja de coca, directamente (en realidad no se masca en el sentido de masticar; sino que se coloca la hoja en el maxilar superior, entre la encía y la mejilla y se va extrayendo su jugo poco a poco. La hoja de coca actúa como un estimulante ligero y ayuda a combatir el hambre, la sed, el dolor y el cansancio. También ayuda a superar el mal de alturas).

 

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Luego de unos días recorriendo la ciudad, nos preparamos para el siguiente paso (el cual es sólo transitorio, ya que de una u otra manera hay que volver a Cusco después): Aguascalientes.

 

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Monumento a Pachakuteq Inca Yupanki (Transformador del Universo).

Hoja de ruta (II) Lima (II)

 

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Todo mejoró al día siguiente. Cambiamos de hotel, cruzando el río Rímac, a pocas cuadras del centro. También cambió la atención de la gente; Rony, el recepcionista del hotel fue el más amable de todos y nos aconsejó qué visitar y cómo hacerlo: El centro histórico limeño, Miraflores, el tradicional cambio de guardia en la Casa de Gobierno, qué templos o museos visitar, dónde y qué comer. Molesto por el trato que habíamos recibido el día anterior y haciendo lo posible para que no nos lleváramos esa impresión de su ciudad y de su país (cosa que de ninguna manera íbamos a hacer, recordando aquel viejo refrán, podemos decir eso de que en todos lados se cuecen habas…).

 

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La belleza de la Lima colonial se impuso por sí sola y nos regaló momentos maravillosos. La ciudad moderna también tiene lo suyo, pero nada se compara al centro histórico (el cual está considerado como Patrimonio Cultural de la Humanidad) y su impecable y más cuidada arquitectura. Los dos únicos puntos negativos que encontramos en la capital peruana es, por un lado, el ruido enloquecedor de los automóviles y su constante uso de las bocinas (o claxon, para otros). Los limeños la usan para todo: para señalar que son automóviles de alquiler (hay un fuerte mercado de autos de alquiler paralelo), para pedir paso, para señalar que cambió el semáforo, para evitar que el peatón cruce… para lo que sea, en ciertos sectores de la ciudad uno puede encontrar a una docena de autos todos haciendo ruido al mismo tiempo y por diversos motivos. Segundo punto: para visitar la catedral limeña y otros templos católicos, hay que pagar una entrada; lo cual es absurdo por donde se lo mire (y no importa si se es un turista o un devoto cristiano, o pagas o no entras).

De todos modos, el resultado fue más que positivo: Lima es encantadora y sus encantos superan con creces a sus puntos flacos.

Próximo destino: Cusco.

Una brevísima galería. Para ver las imágenes en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Lo peor de nosotros

Chan chan (2)

  1. Chan-Chan, Trujillo, Perú. Las ruinas de Chan-Chan son los restos de la mayor ciudad precolombina que se conserva construida íntegramente en adobe. Las características de este material de construcción hace que sea destruido fácilmente por las inclemencias metereológicas y, por supuesto, por el daño causado por la gente en sí.

  1. Mientras esperamos a los guias, nos dividen en dos grupos. Por un lado los que irán acompañados por el guía que hablará en español, por otro los que irán acompañados por el guía que hablará inglés. Una mujer que estaba sola se dirige hacia el grupo de habla inglesa pero como el guía en esa lengua debe pagarse aparte y ella no lo hizo, le piden que regrese con el grupo de habla española. Ella pide que la dejen, que vive en Inglaterra y que no habla español. La turista tenía tanto de britsh como su acento, el cual era peor que el mío, así que imagínense. ¿Por qué una mujer latina se hacía pasar por inglesa? Snobismo puro, me dije, y no le presté mayor atención.

  1. Cuando estamos por ingresar al sector de las ruinas, un grupo de jovencitas de una escuela que estaba allí de visita corre hacia un muchacho francés de nuestro grupo y a los gritos le piden que se tome fotos con ellas. El muchacho, quien estaba acompañad de su novia, tomado por sorpresa, accede; pero luego preguntan por esa costumbre. Cuando salimos, luego de más de una hora, otra vez las adolescentes se abalanzan contra el francesito, quien con sus mejores modales se negaba; su novia, que hablaba algunas palabras de español, sólo les pregunta “¿Por qué?” Pregunta que las jóvenes no pueden responder. No parecen ser conscientes de que alguien con piel blanca y ojos claros no es nada más que una persona.

  1. Las ruinas de Chan-Chan están en permanente estado de recuperación y conservación y los trabajos son constantes. Los visitas se hacen entre obreros que trabajan en diferentes sitios y a toda hora. Al pasar por uno de los largos corredores (la foto está más abajo), vemos que se han hecho gruesas “veredas” a los lados, cuando originalmente estas construcciones tenían pocos centímetros. La razón por la que hoy tienen casi un metro es para evitar que la gente escriba en las antiguas paredes de adobe con una llave u otro objeto un edificante “Toribio ama a Pancracia” o bellezas similares.

  1. Sé que no debo permitir que cosas como éstas afecten a mi humor y he tomado medidas para que así sea, pero a veces la realidad supera cualquier expectativa y cualquier método de relajación. Una mujer que niega su procedencia o se avergüenza de ella; una niñas para quienes su color de piel era una marca negativa y que lo aceptaban con una sonrisa; idiotas que dañan un sitio histórico remedando la estupidez de un graffitti; todo eso fue demasiado. Chan-Chan, Perú fue la única vez que abandoné un sitio arqueológico apresurado por llegar al hotel y casi olvidar lo que había visto.

Para ver las fotos en mayor tamaño, hacer clic sobre una de ellas.

Una humilde máquina del tiempo.

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Trujillo, Perú. Quiero enviar algo para alguien muy especial; entonces recorro la ciudad en busca de una oficina de correos, las cuales antes eran ubicuas pero que ahora cada vez van siendo menos y menos habituales. Pregunto a algunas personas y me dan las indicaciones del caso. Camino por el centro histórico cuando en una esquina me encuentro con una señal de la época colonial: en mosaicos esmaltados, sobre la fachada de un edificio, leo: “Calle del Correo”. Lo mejor de todo es que la oficina a la que me dirijo está en esa misma calle ¿se habrá mantenido siempre allí o con el paso de los años habrá vuelto a ése, su sitio original? Por las dudas no pienso averiguarlo; me gusta eso de que las señales antiguas eran mucho más sencillas y directas. Comienzo a prestar atención a las viejas señales que me rodean y veo que el pasado me habla con voz clara y encantadora. Después de que la postal que quería enviar sin falta ya estuviese en camino, me dedico a recorrer y a pensar en cómo habrá sido la vida cuando la gente caminaba por la Calle del Colegio, por la Calle de los Palteros; la Calle del Seminario o la Calle del Cuartel. Noto que, al menos en el centro histórico, no me hace falta mapa alguno para recorrer sus sitios más importantes: me basta sólo con el nombre de las calles. Tampoco me pierdo; sé que si tomo la Calle del Correo hacia la izquierda llegaré sin problemas al hostal. Entonces paseo con mis pies sobre el asfalto de hoy, mientras que a apenas un metro ochenta sobre el nivel del suelo, mi pensamientos andan por el siglo XVIII.