Polaroids IX

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XXVII.

Eran tiempos donde el sol aún no tenía nombre y los delfines y las ballenas ya sabían del mar como camino y refugio. Las olas se plegaban sobre la costa como una sábana cansada y las líneas de color en el horizonte señalaban el día o la noche sin que nadie estuviera allí para tomar nota de eso. Hasta que una tarde entre otras una huella en la arena señaló una presencia y esa presencia señaló a un pedazo de arco iris que volaba de flor en flor y dijo en su voz antigua: «Tsintsun». Hoy decimos «Colibrí» con el mismo asombro y sorpresa, aunque aquella voz antigua siga haciéndose eco en el sutil batir de las alas de ese pedacito de arco iris que se mueve ante nosotros.

 

XXVIII.

Los árboles no entienden a las nubes. Estas pasan allí arriba tan lejanas y veloces que para el señor de los bosques no tiene sentido tanta fugacidad. Para los árboles es suficiente el movimiento de sus copas y el vaivén de sus ramas que abren un claro en el bosque y que hacen dibujos con sus sombras en el césped. Las nubes no detienen su viaje para observar al pequeño dios verde; ellas viven un instante y no hay tiempo que sea más breve que lo que dura su vida. Permanecen como un soplo de viento sobre el tapiz del bosque y se van como se va la tarde, sin despedirse.

 

XXIX.

«La luz es la presencia de las cosas», pensé mientras miraba un reflejo de plata en el asfalto mojado frente a mí. «La luz es el museo que guarda las cosas de este instante», noté mientras permanecía inmóvil y así no perder el ángulo preciso que me permitía esa visión que sólo existía en ese momento. «La luz es la palabra con la que las cosas nos hablan y saludan» Me dije antes de saludar con una leve inclinación de cabeza e irme, llevándome para siempre ese instante, esa palabra, esa luz.

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Polaroids VII

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XX.

Desperté después de dos días en coma. Excepto mi brazo y mi pierna izquierdos, todo lo demás estaba envuelto en yeso. Estuve así algunos meses, entonces aproveché y modifiqué unos cuentos que ya tenía escritos y los convertí e guiones de historietas. De los cuatro trabajos que envié tres fueron seleccionados y uno de ellos ganó el primer lugar. Era la primera vez que ganaba un premio (y uno importante, además). De todos modos, por una u otra razón, mis quince minutos de fama duraron, en realidad, dos minutos y medio.

XXI.

Detenía el autobús y de inmediato comenzaba a plegar el cochecito del bebé. Ya estaba bastante práctico y subir al autobús con el niño en brazos, el cochecito plegado y mi instrumento musical en el otro era algo que hacía bastante bien. Cuarenta minutos después hacía el trabajo en sentido inverso. En alguna rara ocasión obtenía ayuda de algún buen samaritano; pero eso no era habitual. La madre del cantante me cuidaba al niño mientras ensayábamos. Más allá de toda la pompa y el glamour que se ve en un video o en una revista, no es nada fácil ser el bajista de una banda de heavy metal.

XXII.

Observo una rosa y veo que es abstracción pura ¿quién determina que un triángulo o un círculo es una figura abstracta y que una flor no lo es? Sigo observándola y veo que todo es abstracto hasta que el hombre decide que ya no lo es. El orden de las cosas no es más que un sistema de clasificación.

XXIII.

Tirado en el pasto miro el cielo celeste, despojado de nubes. La noche anterior, desde ese mismo sitio, había dibujado con el dedo algunas de las líneas que unían a las constelaciones. Vuelvo al cielo celeste y me recuerdo que las estrellas siempre están ahí, sólo es que la luz del sol es demasiado fuerte como para que ellas puedan verse. Pero están allí, sobre mí, ahora.

Polaroids VI

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XVII.

Reviso mi blog en busca de un par de entradas específicas. Encuentro textos que no recordaba haber escrito y los leo como si fuesen de otro. Algunos me gustan, otros no tanto. Encuentro, también, otras polaroids y me doy cuenta de que todo el sitio no es más que una serie de polaroids Cada entrada es un pequeño fragmento de lo que fui.

XVIII.

Aunque estábamos en una isla, para ir a la playa había que ir a la isla que estaba enfrente. Las lanchas iban y volvían de manera constante, así que eso no era un problema. Lo que sí era un problema era que en esa isla no había nada más que eso; así que si uno tenía hambre o sed sólo podía bajar un coco de una de las palmeras. Cuando no había cocos en la arena había que subir a buscarlos, cosa que yo nunca pude hacer. Quien lo hacía con sorprendente eficacia era el colombiano. Pequeño y ágil, subía veloz y seguro y desde allí arriba dejaba caer los cocos verdes. Yo, que era un inútil perfecto para trepar hasta esas alturas, era muy bueno recibiéndolos sin dejar que reventaran contra las rocas o las raíces que sobresalían por todos lados.

XIX.

Me elevo en el aire. El mar se aleja bajo mis pies y sólo me rodea el aire y el silencio. Primera reacción: reír como un niño (el que en algunos momentos soy y el que no quiero dejar de ser). Segunda reacción: dejar de pensar y permitir que el entorno se apodere de mis sentidos. La lancha que tira de mí y de mi paracaídas multicolor gira y se adentra en el mar. Más silencio, si es que eso es posible.

Polaroids V

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XIV.

Una página. A veces las letras están fijas en ella, a veces se mueven o danzan o forman una flecha que apunta a otra página, a otro libro, a otro autor. Hipertextualidad, le llaman. A veces tengo más recuerdos de páginas que de rostros.

XV.

A pesar de mi miedo a las alturas, me obligo a hacerlo. Camino por una madera de unos quince centímetros de ancho mientras con mi mano izquierda me sostengo de las cuerdas que se pierden en la altura. A mi derecha, tres pisos más abajo, está el mar; lo cual es un doble peligro, además de la altura yo no sé nadar. Por las noches no se ve nada; sólo una cúpula de luz nos indica que en ese punto, detrás del horizonte, hay una ciudad. Las estrellas se cuentan por miles y parecen una explosión de fuegos artificiales detenida en la bóveda celeste.

XVI.

Como estoy sin trabajo, organizo una venta de garaje para obtener algunos dólares extra. Estoy sentado en la calle esperando que llegue algún interesado en mis cosas, pero quien se acerca es una hermosa siberian husky a la que abrazo y con la que juego un par de minutos. La supongo mascota de algún vecino y la dejo ir; pero nadie aparece llamándola. Ella cruza la transitada avenida y por fortuna ningún coche la atropella. Me doy cuenta de que está perdida y corro tras ella. Es una perra de raza pura y seguramente darán una buena recompensa por ella, pienso bajo la lógica de quien está sin trabajo. Cuando estoy a tres metros de ella sale corriendo y se aleja unos cuarenta metros. Otra vez. Y otra. Seguimos así por tres cuadras. Sé que nunca la alcanzaré y, agotado, me arrodillo y abro los brazos. Ella me mira y viene corriendo hacia mí. El dueño nunca apareció y yo nunca lo busqué. Vivió conmigo más de siete años.

Polaroids IV

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XI.

Veo su cuerpo reflejado en verbos y noto cuánto la echo de menos. Recuerdo que le dije que más la imaginaba reflejada en adjetivos y ella me dijo que esperaba un texto mío sobre eso: el reflejo de su imagen adjetivada. Claro está, nunca pude escribirlo; me resulta imposible por impericia o ―y prefiero pensar que esta es la verdadera razón―, porque no se puede crear nada estético, nada bello con tantas restricciones. Pero vuelvo a mirar la imagen y veo que no es necesario hacer nada; ella está allí, reflejada en verbos y eso es suficiente. Veo en esa imagen todo lo que es necesario ver: lo bello, lo estético y, también, cuánto la echo de menos.

XII.

El mar es un mar de invierno; las playas permanecen solitarias casi diez meses al año y para visitarlas hay que ir con demasiado abrigo; apenas visible el rostro y a veces las manos, aunque sólo a veces. El sol permanece alto, pero es un sol frío, sólo brillo segador que no alimenta. Creo que nadie camina por esas playas solitarias porque hacerlo es sentirse como un grano de arena más en esa costa interminable. Soy de los pocos que disfruta hacerlo; y cuando nos cruzamos con otro solitario -en las raras ocasiones en que eso sucede- solemos desviar educadamente nuestras miradas.

XIII.

La rosa permanece inmóvil en su vaso de vidrio. Está allí para ser observada como si fuese un proyecto científico. ¿La poesía como proyecto científico? Vaya contradicción. Aun así, ahí está; quieta pero no humilde. La rosa que observo tiene en toda ella a las rosas que antes fueron; incluso aquellas que nadie vio o tocó de verdad: Saint-Exupéry, Wilde, Quevedo, Borges, Milton, Lorca. Incluso  yo alguna vez intenté un verso o una definición: una rosa es pura abstracción hasta que un hombre decide que no lo es; pero como ya sabemos, una rosa es una rosa es una rosa es una rosa y ya nunca podremos salir de ese círculo.

Polaroids III

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VIII.

Cuando dijimos que queríamos ir a la playa nos dijeron que tuviésemos cuidado. Que fuéramos lejos del río que desemboca en ese mar, ya que ese río estaba infectado de cocodrilos y que ya habían ocurrido casos donde varios niños habían sido devorados. Atribuimos esos dichos a las exageraciones propias del color local y nada más. Cuando pasamos por el puente que atravesaba es río cuyo nombre nunca supe, nos detuvimos a observar a los cocodrilos, enormes, lentos, tranquilos, que pasaban allí, debajo nuestro. Pasamos un día estupendo en la playa y por la noche volvimos al hotel. Meses después veíamos en la televisión cómo las autoridades y una familia desesperada buscaban infructuosamente a un muchacho de dieciséis años que había sido arrastrado río adentro por los cocodrilos.

IX.

El hotel era pequeño y demasiado modesto. Se encontraba en la ladera de una montaña y por la noche siempre estábamos acompañados por muchos policías, ya que el dueño del hotel había sido electo como autoridad local de esa pequeña ciudad y corría riesgo de ser secuestrado. Aburridos, sin nada que hacer ni recorrer, tomé la guitarra y comencé a improvisar unos acordes sencillos en tiempo de blues. Ella comenzó a improvisar sobre la letra y salió algo que no quedó del todo mal. El nombre del sitio nos causaba mucha gracia y seguimos jugando con esas ideas. Inventé el Himno a Huandacuca basándome en un fragmento de un ópera bufa y luego, observando la naturaleza que nos rodeaba, creamos la bandera del ahora Reino de Huandacuca: sobre un fondo de verde follaje, medio aguacate y en medio del aguacate, una cucaracha.

X.

En el museo de Arte Moderno de Medellín me encuentro frente a una tela de Frank Stella. Nunca fui un gran admirador de este artista, pero esa obra, en ese momento, despertó en mí una serie de asociaciones tan fuerte y variada que, sin siquiera pedir permiso, corrí un asiento y me senté frente a ella dejando que esas asociaciones volaran libres, a su antojo. La poca gente que entraba a la sala no permanecía allí más que unos pocos minutos, a pesar de que esa parte del museo constaba de tres salas. Supongo que veían un montón de manchas por todos lados y eso los hacía salir disparados; no sin antes echarle una mirada curiosa a ese tipo que miraba fijamente a una tela que sólo tenía dos cuadrados coloreados. En un momento veo que un hombre de unos setenta años se dirige hacia mí, resuelto, seguro de sí mismo. Supongo que me va a preguntar algo y me levanto para recibirlo. Mi gesto lo asusta (lo veo en su rostro) y de inmediato cambia el rumbo de sus pasos, toma a su esposa por el codo y salen de la sala a paso veloz. Debe haber pensado que un tipo que se pasa media hora frente a un cuadro abstracto no debe ser alguien en quien se pueda confiar.

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IV.

En una playa de Bocas del Toro, una isla casi inhabitada en Panamá; encuentro al pie de una palmera los fragmentos del cráneo de un animal. Como si fuesen las piezas de un rompecabezas tridimensional olvidado allí por un niño, entre la espuma de las olas y los cocos verdes, comienzo a unir los fragmentos de hueso (probablemente el cráneo de un pequeño mono). Desgastados por el agua, se deshacen entre mis dedos y se funden para siempre con la arena blanca.

V.

Por pura coquetería se había puesto unas botas de piel muy bonitas; pero poco aptas para caminar por la nieve del Central Park. La piel había ido absorbiendo el agua derretida y ahora sus pies estaban helados. Esperamos, de todos modos, a que cayera la famosa bola blanca con que se da inicio el principio del año en Nueva York; pero aún faltaba mucho y ella ya no soportaba el frío. Decidimos irnos. Tomamos el metro hasta el aeropuerto JFK y allí abordamos el transporte que debía llevarnos al hotel. Estábamos solos, esperando al chofer que tardaba en llegar. Oímos el estruendo de los cohetes y la explosión de los festejos a nuestro alrededor. Feliz año nuevo, nos dijimos mientras yo masajeaba sus pies intentando que entrara en calor.

VI.

Todo es hijo de una lejana promesa que nunca hice.

VII.

En el Jardín de las Rosas, en Morelia, la charla en los cafés se ve interrumpida constantemente por personas de todas las edades ofreciendo algo para ganarse una moneda. Artesanos, vendedores, músicos, niños, mendigos, floristas; todos ellos tratan de pelear el centavo como pueden, ofreciendo sus servicios. La única que no interrumpe es ella. No sé su nombre y tampoco sé si alguno de mis amigos lo conoce. Ella sólo se para a tu lado, revisa su bolso de donde invariablemente saca un rollo de hilo de color y de él extrae un rollo pequeño que de manera muy prolija envuelve entre sus dedos y que luego deja, en silencio, a tu lado. Si levantas la mirada la ves concentrada en el siguiente rollito, el que dejará al lado de la siguiente persona en la mesa. Murmura siempre algo ininteligible. Nunca la oí decir una palabra, aunque siempre sus labios están en movimiento y aunque es posible oír el murmullo callado entre sus dientes. Acepta la moneda que se le da y sin mirar a nadie se dirige a la siguiente mesa; donde vuelve a buscar en su bolso otro rollo de hilo, tal vez de otro color; tal vez, luego de tanto revolver, termine sacando el mismo.