Pequeña guía para políticos modernos

 

Franklin Delano Roosevelt

A veces parece que los políticos no saben leer la historia o que hacen caso omiso de ella. Eso no es cierto, claro; en líneas generales los políticos saben bien lo que hacen y por qué lo hacen; sólo es que no les conviene recordar a este o a aquel político anterior que dijo aquellas cosas tan incómodas y que incluyen términos como igualdad, humanidad, justicia, etc.

Un ejemplo es el de Franklin Delano Roosevelt; quien dijo aquello de «La prueba de nuestro progreso no es si añadimos más a la abundancia de aquellos que tienen mucho; es si proporcionamos suficiente a aquellos que tienen demasiado poco».

¿Se imaginan a Trump leyendo estas palabras? Trump y muchos otros de diversas latitudes para quienes, si bien Roosevelt no fue un antecesor directo, no pueden decir que esas palabras no les caigan como anillo al dedo, según el saber popular.

Y si algún político contemporáneo quisiera argumentar al respecto con posturas neoliberales o alguna patraña similar, no estaría mal recordarle esas otras palabras del mismo Roosevelt que también tienen forma circular; es decir de anillo más que adecuado para el dedo de la dama o del caballero:

«Aquellos que tratan de establecer sistemas de gobierno basados en la reglamentación de todos los seres humanos por un puñado de gobernantes individuales… llaman a esto un “nuevo orden”. Pues no es nuevo y no es orden».

Hombre mirando al este.

SAM_5023Ayer hablé de las Catrinas y nombré a una en particular: la Catrina de seis metros que se encuentra a la entrada de Capula, en el estado de Michoacán. Cuando nos detuvimos para tomarnos unas fotos (porque no iba a irme de allí sin una foto con ella) noté algo que me hizo reír. El nombre del artista —Juan Torres— se encontraba escrito en unos azulejos en el pedestal de la figura, mientras que a un lado, en una placa pegada a una base de concreto, podían leerse los nombres del presidente mexicano, del gobernador y de otros funcionarios. Así es; mientras que al nombre del artista —ser atemporal por definición— hay que buscarlo con cuidado, los nombres de los políticos —seres pasajeros por definición y para suerte de todos— están allí, presentes a la vista de todos.

Pero la realidad siempre nos brinda la posibilidad de no tener que tomarnos estas cosas demasiado en serio. Mientras el texto de la placa ya ha comenzado a deteriorarse (por intervención del clima o del fervor popular) el nombre del artista sigue allí, junto a esa obra que mira eternamente al este, al amanecer de todos los días y a sus pies arden las velas con que la gente le brinda su veneración y cariño. Lógicamente, a los pies de la placa de metal no hay nada y está bien que así sea. El honor se gana, no se exige ni se compra.

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Las palabras y las cosas

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Sin pensamiento crítico es muy fácil detonar la barbarie larvada en el ser humano. Hace unos días se desato en Argentina una serie de hechos lamentables que recibieron el aplauso y el apoyo de cierto sector de la sociedad animalizada por el odio generado y generalizado por y desde los medios. También se sumaron, como siempre, algunos políticos de esos que, al no tener altura propia, no dudan en pararse encima de los muertos para que los vean mejor los que están más lejos. La profunda tristeza que provocan estos hechos no implica que no debamos seguir atentos y combativos. Por el contrario, es en estos momentos cuando más firmes nos deben encontrar.

Gracias a Claudia Snitcofsky por acercarme la cita. Por cierto, la oración que abre esta entrada también le pertenece: Sin pensamiento crítico es muy fácil detonar la barbarie larvada en el ser humano.

“E iban matando a todos los judíos que encontraban a su paso, y se apoderaban de sus bienes. . . -¿Por qué a los judíos? –pregunté. Y Salvatore me respondió: -¿Por qué no? Entonces me explicó que toda la vida habían oído decir a los predicadores que los judíos eran los enemigos de la cristiandad y que acumulaban los bienes que a ellos les eran negados. Yo le pregunté si no eran los señores y los obispos quienes acumulaban esos bienes a través del diezmo, y si, por tanto, los pastorcillos no se equivocaban de enemigos. Me respondió que, cuando los verdaderos enemigos son demasiado fuertes, hay que buscarse otros enemigos más débiles. Pensé que por eso los simples reciben tal denominación. Sólo los poderosos saben siempre con toda claridad cuáles son sus verdaderos enemigos.”

(Umberto Eco, El nombre de la rosa)

El clásico final de los utopistas

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Todos conocen o han oído hablar de Tomas Moro y de su famoso libro Utopía; libro, por otra parte, que casi nadie ha leído, incluido quien esto escribe. Pero espero hacerlo pronto, ya que encontré un artículo sobre el mismo y me dejó con ganas de más.

Algunos datos, los cuales serán pocos y vagos, porque lo que me importa seguirá a continuación de ellos: “El Rey Enrique VIII (ése que pasaba por las armas a sus esposas porque no le daban un hijo varón y que creó su propia iglesia para poder divorciarse de una a la que no podía matar por razones políticas) se enemistó con su canciller Tomás Moro debido a las desavenencias surgidas en torno a la validez de su matrimonio con su esposa Catalina de Aragón a la que Tomás, como Canciller, apoyaba. Enrique VIII, el que, como vimos, no se andaba con chiquitas a la hora de darse los gustos, acabó encarcelando a Moro en la Torre de Londres tras la negativa de éste a pronunciar el juramento que reconocía a Enrique VIII como cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, tras la ruptura con Roma. Finalmente el Rey ordenó juzgar a Moro, quien fue acusado de alta traición y condenado a muerte. Otros dirigentes europeos como el Papa o el emperador Carlos V, quien veía en Moro al mejor pensador del momento, presionaron para que se le perdonara la vida y se la conmutara por cadena perpetua o destierro, pero de nada sirvieron esas súplicas y Moro fue decapitado el 6 de julio de 1535.

Mantuvo hasta el final su sentido del humor, confiando plenamente en el Dios misericordioso que le recibiría al cruzar el umbral de la muerte. Mientras subía al cadalso se dirigió al verdugo en estos términos: “¿Puede ayudarme a subir? porque para bajar, ya sabré valérmelas por mí mismo”. Finalmente, ya apartando su ironía, se dirigió a los presentes: “Muero siendo el buen siervo del Rey, pero primero de Dios.” (Eso me gusta mucho: coherencia, coherencia, coherencia. Si hay que morir, hay que hacerlo “con las botas puestas”, como bien se ha dicho).

Tomás Moro fue beatificado junto a otros 53 mártires por el papa León XIII en 1886 (entre ellos John Fisher, otro obispo pasado por las armas por el gordo tierno e incomprendido de Enrique VIII), y finalmente proclamado santo por la Iglesia Católica el 19 de mayo de 1935 por el Papa Pío XI (junto a John Fisher, ya que estamos). Juan Pablo II, el 31 de octubre del año 2000, lo proclamó patrón de los políticos y los gobernantes. Y aquí viene lo bueno. Entre las ideas que Tomás Moro plasmó en su Utopía (por las cuales me voy a agenciar un ejemplar hoy mismo y por las cuales los políticos y gobernantes se verían en engorrosos problemas si tuviesen que rendirles cuentas a su Santo Patrón), encontramos:

  • Sobre las guerras: los ladrones son a veces galantes soldados, los soldados suelen ser valientes ladrones. Las dos profesiones tienen mucho en común.
  • Sobre el robo: ningún castigo, por severo que sea, impedirá que la gente robe si ése es su único medio de conseguir comida.
  • Sobre la pena de muerte: Me parece muy injusto robar la vida de un hombre porque él ha robado algún dinero. Nada en el mundo tiene tanto valor como la vida humana. La justicia extrema es una extrema injuria. Ustedes fabrican a los ladrones y después los castigan.
  • Sobre el dinero: Tan fácil sería satisfacer las necesidades de la vida de todos si esta sagrada cosa llamada dinero, que se supone inventada para remediarlas, no fuera lo único que lo impide.
  • Sobre la propiedad privada: Hasta que no desaparezca la propiedad, no habrá una justa igualitaria distribución de las cosas. Ni el mundo podrá ser felizmente gobernado.

Estoy feliz: ¡Por fin encontré un santo que me cae simpático!