La pregunta (aún) sin respuesta.

G. de Chirico

Giorgio de Chirico pintó Las musas inquietantes en 1917, es decir a tres años de comenzada la primera guerra mundial. A partir de 1912, Giorgio de Chirico había comenzado a introducir estatuas y monumentos en el ambiente inanimado de sus cuadros. Y también incluyó figuras -enormes marionetas-, cuyo carácter anónimo y conformación física recordaban tanto los maniquíes como los muñecos articulados que los artistas utilizaban para sus estudios de anatomía. Estos seres sin brazos, parcialmente provistos de bisagras y alambres y sostenidos en cierta medida por complejos dispositivos de apoyo, no admiten ningún tipo de identificación. La crisis que significó ese absurdo que el hombre veía por primera vez llevado adelante a esa escala, hizo que el pintor italiano
abordara su trabajo de una manera intensa y novedosa. De Chirico dejaría de pintar perfectos paisajes venecianos y comenzara a plasmar un mundo como escenario en que se desarrolla un teatro de marionetas absurdo y sin sentido. Esos serían los cuadros «metafísicos» de De Chirico. «Ante la orientación cada vez más materialista y pragmática de nuestra época […] no es ninguna aberración pensar para el futuro en un estado social en que el hombre, el único que vive para los placeres espirituales, ya no tendrá derecho a reclamar su lugar al sol. Escritores, pensadores, soñadores, poetas, metafísicos, observadores […] quien plantee y valore enigmas terminará siendo una figura anacrónica, destinada, como el ictiosaurio y el mamut, a desaparecer de la superficie de la Tierra». De estas palabras de De Chirico cabe concluir que el mundo está vacío de sentido; ya no hay razón alguna para preguntarse por su significación.
Su representación de Las musas inquietantes (Le muse inquietanti) evidencia estas ideas. Aparecen delante de la antigua residencia de la familia de Este de Ferrara, tan aficionada a las bellas artes. Significativamente, este palacio urbano, cerca del cual vivió De Chirico durante la Primera Guerra Mundial, destaca tras un escenario ascendente junto a edificios industriales, chimeneas de fábricas y un silo. Roja de herrumbre, la fortaleza se alza ante el cielo turquesa del fondo. Las dos musas -muñecos articulados sin fisonomía y vestidos de un modo arcaizante- aparecen en el borde anterior del espacio escénico, que se articula mediante zonas de sombra profunda. De pie una y sentada la otra, ambas dan la impresión de haber sido colocadas entre diversos accesorios teatrales. Bajo ellas hay una máscara roja y una vara, atributos tradicionales de Talía y Melpómene, musas de la comedia y de la tragedia. A su vez Apolo, que estaba al frente de las musas, aparece al fondo sobre un pedestal. Da la impresión de contención, de estar tan falto de vida como las musas.

La ambientación estéril, las musas y el dios: el sinsentido absoluto. Lo cómico y lo trágico ante la ausencia del ser humano. Giorgio de Chirico nos sigue cuestionando desde hace noventa y ocho años. Y eso no está nada mal ¿alguien tiene que hacerlo, no? Y ya que de los contemporáneos poco puede esperarse, hay que volver siempre la mirada hacia atrás, allí siempre habrá alguien más preocupado por dialogar o por cuestionarnos que por postrarse ante el dios dinero.