El (estúpido) ombligo del mundo

.

egoísmo

 

 

Leyendo una de las tantas buenas entradas de esos blogs que suelo visitar, me encuentro «puliendo» el significado de una palabra en particular: egoísmo. Y me doy cuenta de que a veces a las palabras debemos retorcerlas, apretarlas, en suma: exprimirlas hasta sacarle la última gota de sentido. Si lo hacemos con regularidad vemos que no es algo tan difícil y que los resultados son similares a hacer zumo de ciertas frutas: muchas de ellas nos brindan un resultado que comienza a decantarse en el vaso en el que lo tenemos y se acomoda en capas de diferente densidad. Lo mismo pasa con el sentido de ciertas palabras: se divide en capas cada vez más sutiles pero todos ellos válidos y útiles. ¿Qué es ser egoísta? Etimológicamente La palabra «egoísmo» deriva del latín, formado de ego (yo, el ser individual) y el sufijo -ismo (tendencia, práctica de…). Por lo tanto, y como todos sabemos, un egoísta es alguien que actúa teniendo al yo como eje central.

Esto, la verdad, nos dice bien poco o no nos dice nada más allá de lo que ya sabemos. Pero hay una definición que me gusta mucho. En Punto de fuga, una novela de Arturo F. Silva, uno de los personajes dice «un egoísta no es más que un coleccionista de estupideces». Y así es. ¿Qué hace un egoísta? Acapara, guarda, esconde. ¿Qué? Pues lo que sea. Cosas materiales pero también inmateriales. Yo conocí a uno que guardaba información. Sí, él no compartía cosas que a los demás podían serles útiles y que para él no hubiesen significado pérdida alguna. Sin embargo, las escondía como si se trataran de un tesoro. Están aquellos otros que, incapaces para ser felices, se abocan a la infelicidad general, bajo la premisa «Si yo no soy feliz, pues que nadie lo sea».

¿Qué se gana en estos casos? Nada. Ni siquiera tienen la inteligencia para darse cuenta del absurdo en el que están inmersos y del que nada los podrá sacar, ni mil toneladas de objetos materiales ni mil intentos infructuosos de dañar la felicidad del prójimo (como si tal cosa pudiese ser posible, después de todo. Si alguien es feliz es a pesar de todos los que lo rodean. La misma definición lo protege de los mediocres). Me quedo, entonces, y como fórmula final, con la sintética cita anterior: «un egoísta no es más que un coleccionista de estupideces».

Tus uñas en mi piel…

6c274693e765713775_725d_22c5-post

“… te duermes descansando tu cabeza en mi pecho. Por unos segundos estás allí, en silencio, satisfecha, respirando con un ritmo preciso, pausado, lento. Pero algo sucede; un gemido trémulo como una indicación precisa de que algo ocurre en tu sueño (quizá fue una abeja o un sonido lejano, El contacto de tu pie desnudo con el agua fría, El saberte piedra, moneda o un pez atrapado en una red que asciende). Clavas tus uñas en mi pecho y me lastimas, dejas marcas precisas en mi piel que es tuya; pero nada digo,  nada hago, por el contrario,  sonrío. Mejor esto que nada, me digo y poso mi mano sobre la tuya y aprieto aun más. Quiero sentirte como nunca te sentí antes. Penétrame digo sin decirlo, sin articular una sola palabra. Quiero devorarte, unirte a mí, fundirnos, quiero que seamos uno definitivamente.

Mi gesto te obliga a moverte y recoges tu mano sobre ti. Pienso que esas marcas en mi pecho son el reflejo de aquellas que dejaste en mi espalda poco antes, y me parece bien. Busco tu boca por última vez esa noche y tú, aun dormida, me respondes…”

Arturo F. Silva. Punto de fuga.