Poemas que hablan al oído.

portada-rabia-de-vidaEl Eros se dirige al otro en sentido enfático, que no puede alcanzarse bajo el régimen del yo. Por eso, en el infierno de lo igual, al que la sociedad actual se asemeja cada vez más, no hay ninguna experiencia erótica. (Han Byung-Chul; La agonía del Eros, p. 11).
En síntesis: sin el otro no hay yo, sin yo no hay otro.
En Rabia de vida vemos expuesta esta idea en forma poética: no hay erotismo sin el otro, sin el cuerpo del otro, sin la mirada, la fuerza, el sometimiento, el ardor del otro y, lo que aquí es más importante, Julia Santibáñez no olvida que uno también es el otro del otro.
Como cuerpos en la penumbra de la intimidad, los personajes o habitantes de Rabia de vida se superponen, cambian de roles, se buscan, se someten y, sobre todo, se encuentran.
No puede haber egoísmo ni unicidad en la exposición del Eros y eso también se nos muestra desde las páginas de este volumen; los poemas abren caminos para ser transitados en conjunto, lejos de la mera exposición narcisista propia de ciertos poetas que parecen más preocupados por mostrar qué tan inteligentes son en lugar de entablar un verdadero diálogo con el lector. Aquí los poemas nos invitan, llevándonos de la mano de imágenes certeras y precisas, a un ámbito común y compartido: el de la propia experiencia sensual (uso aquí el término sensual en su doble acepción: sensualidad erótica por un lado y sensibilidad poética por otro).
Borges dice que los poemas deben producir una sensación física. Los poemas de Rabia de vida producen esa sensación física y uno se pregunta si ello es debido a lo que transmite el poema o a los valores de su exposición. Cada cual verá qué siente y por qué; yo aquí guardo silencio y me retiro a seguir leyendo, otra vez, este bellísimo poemario de Julia Santibáñez.
Una perla (aunque se hace necesario; imprescindible, diría, tener una mirada del collar completo; la visión del conjunto supera a cada uno de sus componentes):

El monstruo se desata
en el laberinto de mi oreja.
Corre calle abajo
(embriagado)
Y avasalla.
En loca carrera trastorna,
Fascina con el portento de su rabia.

Lo espera una flor incandescente.

Qué prodigio de ojos excesivos.