Reflexiones varias a partir de una lectura de Rayuela

 

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Hará cosa de un mes compré una edición de Rayuela, de Julio Cortázar; la cual terminé hace unos días y la cual disfruté muchísimo. ¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que la leí? No lo recuerdo; pero fueron más de diez años, eso es seguro. Esta lectura me hizo tomar nota de algunas cosas tangenciales, las cuales no tienen que ver, casi, con la novela en sí, sino con otras cuestiones que parten a raíz de ella.

Uno. Me pregunté qué habría entendido yo en aquella primera lectura de Rayuela. Hago memoria y por algunas referencias secundarias calculo que tendría unos catorce años. Me digo que probablemente no entendí nada y que, al igual que con el Zaratustra de Nietzsche debí haberme quedado con alguna imagen más fuerte que las demás; porque del libro en sí seguro que no capté nada. También me pregunté cuanto podrá entender de ciertas cosas los lectores no argentinos. Cortázar, sin previo aviso, deja caer giros, guiños y referencias que sencillamente no pueden ser captadas por un extranjero (idea secundaria: es obvio que a mí me pasa lo mismo con los autores que  son extranjeros para mí). Y mejor no pensar en las traducciones de idiomas radicalmente diferentes al nuestro… A veces creo que ni siquiera estamos leyendo el mismo libro (hay un juego de palabras italiano que ilustra a la perfección esta idea: traduttore, tradittore; es decir: traductor, traidor…).

Dos. Años después (recuerdo que había tenido a mi primer hijo; es decir que estamos hablando de hace poco más de treinta años), volví a leerlo, pero tampoco tengo muchos recuerdos de aquella lectura. Un poco más acá, me encontraba en un pueblo rural de mi país cuando, en una tienda que vendía de todo, vi una pila de libros de Cortázar, en una edición muy barata. Pregunto por el precio de esos libros y me dicen «Diez pesos cada uno. Y el gordo, veinte». El gordo, claro está, era Rayuela. La edición era tan barata y el papel tan ordinario que ese ejemplar de Rayuela tendría unos siete centímetros de espesor. Lo compré igual. Recordar eso me llevó a pensar en…

Tres. ¿Cuántos libros he (hemos) comprado más de una vez y por qué? Haciendo un rápido racconto veo que, en mi caso, he comprado Rayuela al menos cuatro veces. Así habló Zaratustra, también cuatro. Cien años de Soledad; El perfume; Facundo… al menos tres de cada uno. ¿El Martín Fierro? Ya perdí la cuenta. ¿El Quijote? Otro que no me acuerdo, pero acabo de comprar la Edición Aniversario y debe ser, al menos, la quinta vez. ¿Hay otros? ¿Borges? Ni hablar…

También pienso en las razones por las cuales he comprado esos libros una y otra vez y, por supuesto, las razones son muchas. Préstamos que no se devuelven; roturas; mudanzas (tengo la costumbre de mudarme, de una sola vez, a miles de kilómetros de distancia, lo cual me obliga a dejar todo atrás. Y entonces uno ve esa edición que tanto le gusta y ahí va, otra vez).

Cuatro. ¿Cuál será el próximo libro que tengo o tuve y que compraré otra vez? No lo sé; pero ideas son las que me sobran…

Exit, stage left

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En el capítulo 132 de Rayuela (debemos recordar que la «primera» versión de la novela termina en el capítulo 56, lo que quiere decir que del que vamos a hablar es uno de los que en general no son leídos), Cortázar se explaya, como siempre, en pensamientos hilvanados con gracia y sentido lúdico. Mientras alguien habla de algo, él se pierde en recuerdos de cafés en los que ha estado a lo largo del mundo, en una cita de Hart Crane y, por último, en una serie de recuerdos de sueños. En uno de ellos recuerda haberse sentido «como expulsado», dice, y concluye:

«Todo eso tendrá, me imagino, una raíz edénica. Tal vez el Edén, como lo quieren por ahí, sea la proyección mitopoyética de los buenos ratos fetales que perviven en el inconsciente. De golpe comprendo mejor el espantoso gesto del Adán de Masaccio. Se cubre el rostro para proteger su visión, lo que fue suyo; guarda en esa pequeña noche manual el último paisaje de su paraíso. Y llora (porque el gesto es también el que acompaña el llanto) cuando se da cuenta de que es inútil, que la verdadera condena es eso que ya empieza: el olvido del Edén, es decir la conformidad vacuna, la alegría barata y sucia del trabajo y el sudor de la frente y las vacaciones pagas».

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Masaccio – Adán y Eva

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La pérdida inevitable del Edén debe ser terrible, pero nosotros, los que nacimos sin siquiera la posibilidad de haberlo entrevisto, estamos tan acostumbrados a esta sombra de felicidad que ya bien creemos que esto que nos rodea es la maravilla suprema (en lo personal no deja de llamarme la atención el hecho de que, cuanto más miserable sea la vida de una persona, más deseos de extenderla por toda la eternidad tengan; como si tal cosa fuera deseable en lo más mínimo).

Será por eso que tiendo a querer ir en sentido contrario: y por ello recuerdo a Bakunin, cuando dice: «Al buscar lo imposible el hombre siempre ha realizado y reconocido lo posible. Y aquellos que sabiamente se han limitado a lo que creían posible, jamás han dado un solo paso adelante».

Sí, por ahí va el camino que me gusta: el de la no aceptación de la conformidad vacuna, como dice Cortázar. Si este es todo nuestro paraíso, pues será cuestión de sacarle todo el jugo que tenga, sea mucho o poco lo que vayamos a obtener. Y es por eso que, aunque me gustan las palabras de Bakunin, prefiero la exposición más romántica de Alejandro Dolina: «… salgamos de una vez. Salgamos a buscar camorra, a defender causas nobles, a recobrar tiempos olvidados, a despilfarrar lo que hemos ahorrado, a luchar por amores imposibles. A que nos peguen, a que nos derroten, a que nos traicionen. Cualquier cosa es preferible a esa mediocridad eficiente, a esa miserable resignación que algunos llaman madurez…».

Tal vez sea ese la mejor manera de que, llegado el momento de abandonar el escenario, no tengamos que cubrirnos la cara con por vergüenza o llanto y que nuestro exit, stage left tenga más alegría que la que nos regaló Masaccio.

Saltando al cielo.

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Es irónico que la rayuela haya llegado a ser conocida como un juego de niñas teniendo en cuenta que no podía tener un pedigrí más masculino. Las primeras pistas de rayuela se utilizaron en ejercicios de entrenamiento militar en la antigua Bretaña durante el comienzo del Imperio Romano. Los soldados de infantería que llevaban paquetes de campo (lo que hoy serían mochilas) y armaduras de cuerpo completo debían correr, como parte de su entrenamiento, por estos dibujos trazados en el piso a lo largo de unos cien pies, al igual que los jugadores de fútbol de hoy corren a través de neumáticos de camión.

imagesImitando a los soldados, los niños romanos dibujaban en el piso caminos más pequeños, al que añadieron un sistema de puntuación y que se ha conservado muy bien desde hace más de dos mil años, ya que el juego se ha extendido a Francia (donde se llama «Marelles»), Alemania («Templehupfen»), los Países Bajos ( «Hinkelbaan»), la India («Ekaria Dukaria»), e incluso México («Avión»), Vietnam («Pico») y Argentina («Rayuela»).

En algunos sitios los niños de hoy todavía trazan sus rayuelas con la palabra «Londres» en la parte superior, sin saber que esto representa a la Gran Ruta del Norte, una calzada romana de 400 millas que iba de Glasgow a Londres y que fue utilizada con frecuencia por los militares romanos. En Argentina, en cambio, se utiliza la palabra “Cielo”; desconozco, aunque me gustaría mucho saberlo, qué palabras se utilizan en los demás sitios.

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La verdadera Maga

La verdadera Maga

La Maga, aquel inolvidable personaje de Rayuela, existió. ¿Su nombre real? Edith Aron, a la que Julio Cortázar confesó que iba a escribir un libro mágico. La primera esposa de Cortázar, Aurora Bernárdez, recomienda a su pareja que contacte con su amiga Edith cuando llegue a París. En 1951, Cortázar se muda a Francia y comienza a trabajar en las tiendas Printemps, donde ya se empleaba Edith Aron. A partir de entonces, Aron y Cortázar estrechan su relación, antes de la irrupción en París de Bernárdez, en la navidad de 1952. Aron publicó el libro 55 Rayuelas (Belacqua, 2007).
No se trata del único personaje real con ecos en la novela: el pintor Etienne, gran amigo de Oliveira, se correspondería con el artista argentino Sergio de Castro, al que Cortázar y Aron conocieron en París años antes de la escritura de Rayuela. Y Cortázar no cerraría el círculo, o el triángulo, pareciéndose a Oliveira, el protagonista, sino que se reservó un lugar más discreto: Morelli, el novelista. Juegos de espejos habituales en la literatura, los personajes a veces han respirado en la vida real y hasta es posible que, alguna vez, nos hayamos cruzado con alguno de ellos a quienes todavía no hemos tenido el placer de leerlos en esa otra vida.