Odio a los dueños de Caniches Toys

Los pobres bichos no tienen la culpa, eso es seguro; aquí habría que parafrasear el viejo dicho que dice “La culpa no la tiene el chancho, sino quien le da de comer”. Y es que desde hace un tiempo se han puesto de moda los caniches toys, perro insulso, sin gracia, aburrido, pero eso sí: es uno de los preferidos por las famosas, sean cual fueren las armas que las hayan llevado a la fama. No importa si es una actriz respetadísima, una periodista de cincuenta centavos o una de esas “modelos” que lo único que saben hacer bien es desnudarse en cuanto se enfrentan a una cámara (y cuando no la hay también, pero eso tiene otro precio). Está bien, para ellas quizá tenga sentido tener un perro así. Se lo pueden llevar de gira metiéndolo en la cartera o poco más. ¿Pero el resto de los mortales, por qué diablos quiere tener uno de estos juguetes?

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Hoy salí a comprar un libro, almorcé en un restaurant y, cuando volvía caminando a casa, en una sola cuadra de la Avenida Colón conté siete caniches. Una mujer tenía tres y recibía, muy orgullosa, las felicitaciones de una transeúnte. Un hombre paseaba con su hija y cada uno de ellos llevaba su caniche de sendas correas rojas. Los otros dos iban solitarios con sus dueños; pero estimo que amigos, en esa cuadra, al menos, no les iban a faltar. Donde trabajo hay seis perros, cuatro de ellos son caniches. Y así es por todos lados. Ahora se los ve más todavía, ya que estamos en verano y, al ser Mar del Plata una ciudad turística, todo el mundo sale con su caniche a pasearse por la ciudad. Y creo que ahí está el nudo de la cuestión: no sacan a pasear al perro, salen a pasearse ellos junto a sus mascotas. El caniche ha pasado a ser un objeto de lujo o, mejor dicho, a ser un objeto que brinda la sensación de lujo. Tener un caniche es como pertenecer a esa clase privilegiada, a esa casta que en el mundo moderno han pasado a ser los famosos.

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Pertenecer tiene sus privilegios, rezaba, hace un tiempo, la publicidad de una exclusiva tarjeta de crédito y muchos deben habérselo creído o actúan como si en verdad así lo fuera. En el caso de los animales de compañía, eso no se aplica en lo más mínimo. Para mantener a las razas lo más puras posible, se evitan las cruzas con otras razas y, a veces —a falta de suficientes ejemplares específicos—, se los cruza dentro de la misma familia. Es obvio que esto acarrea problemas de todo tipo. El documental de la BBC Pedigree Dogs Exposed (pueden verlo en Youtube, subtitulado, pero desde ya les aclaro que si son muy sensibles, lo vean con ciertos reparos, hay escenas muy dolorosas. Aun así, a veces hay que sacar la cabeza de adentro del pozo y ver qué es lo que pasa a nuestro alrededor por muy doloroso que sea) deja bien en claro las desventajas de ese tipo de cría.

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Por experiencia propia sé que los mejores perros son los que encontramos deambulando por cualquier calle. No es una expresión   caprichosa ni un desvarío de fanático; los perros callejeros, por esa misma razón de la que hablé antes —la cruza de razas—, son más fuertes, más inteligentes, más saludables.  Además —y esto corre por mi cuenta, no hay ningún estudio universitario que me avale—, son más agradecidos. no los voy a colmar con anécdotas al respecto porque voy a parecer un viejo gagá hablando de lo preciosos que son sus nietos.

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«Porque los amigos no se compran». Me quedo con esa frase, la que me gustaría refregársela por el hocico a todo dueño de una mascota comprada; aunque posiblemente no se diera cuenta de nada, tan ocupado estaría haciéndose ver por la costa o por el Boulevard con su insulso perrito de ochocientos dólares.