Todo es poetizable y otras delicias del lenguaje

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Acabo de leer en la Revista R, del diario Reforma, un reportaje a la Reina de las letras mexicanas, Julia Santibáñez, a quien tuve el honor y el placer de presentar en su vista a Morelia del año pasado. De las muchas entrevistas que he escuchado o leído de ella en estos últimos tiempos (tiempos que la tienen muy atareada, por cierto), creo que esta es una de las mejores; en parte por el entrevistador, Miguel de la Vega y, por supuesto, en mayor parte por la entrevistada.
Antes de señalar un par de sus respuestas a esta entrevista, quiero hacer una aclaración para que se comprenda el porqué de mi elección: Desde hace un tiempo mantengo con Julia un interesante diálogo con respecto a los límites y entrecruzamientos entre la filosofía y la poesía. Hemos intercambiado libros, lecturas personales y posturas diversas sobre ambas disciplinas y, si bien las diferencias son cada vez menores, a veces nos esforzamos por encontrar algún punto que vuelva a internarnos en la discusión, tanto es lo que nos gusta debatir.
Aclarado esto, me interno en dos o tres preguntas de la entrevista. Luego de que Miguel de la Vega intentara infructuosamente sacarle una definición del amor, me encuentro con la siguiente pregunta:

¿Qué te seduce?
Fundamentalmente, la inteligencia. La envoltura no me interesa.

Primer llamado de atención: la poeta no define al amor pero no duda en señalar que se siente profundamente atraída por la inteligencia. No es un detalle menor. «Tal vez —me digo—, sólo se trate de que el amor no puede existir sin inteligencia». Pero no soy yo el entrevistado, así que continúo leyendo.

Otras definiciones interesantes fueron: “La pasión es una fatalidad, pero también es una vitalidad” y la muy clara: “No creo en amores eternos, no creo que exista el amor eterno […] sí creo que tiene una vida bastante corta y, sin embargo, en ese tiempo es eterno. El amor es eterno mientras dura. El tiempo que dure es eterno, en ese momento puedes vivir la eternidad”. Lucidez extrema en estos tiempos de ideas confusas y volátiles. Casi al final del reportaje tenemos, entonces, no una definición del amor (cosa que no había conseguido el entrevistador en un primer momento pero que logró, de alguna manera, atacando el tema de manera tangencial) sino una idea, que es mejor que una definición porque no pretende imponerse desde una tribuna de verdad.

Por último, otra perla:
¿No te bastan las palabras que tenemos?
A veces es insuficiente el lenguaje…

Pues déjame decirte que no lo parece, Julia; por fortuna, no lo parece.

Por cierto, pueden leer el reportaje completo aquí.