Breve ensayo sobre el sentido de la vida (Parte V)

 

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Para finalizar con esta serie; sólo dejaré una última cita porque es tan poderosa que cualquier añadido sería un exceso. Pertenece a Richard Dawkins y se encuentra en su libro Destejiendo el arco iris:

 «Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?»

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Felicidades

 

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Max Ernst

 

“Bienvenido. Y felicidades. Estoy encantado de que pudieses conseguirlo. Llegar hasta aquí no fue fácil. Lo sé. Y hasta sospecho que fue algo más difícil de lo que tú crees. En primer lugar, para que estés aquí, tuvieron que agruparse de algún modo, de una forma compleja y extrañamente servicial, trillones de átomos errantes. Es una disposición tan especializada y tan particular que nunca se ha intentado antes y que sólo existirá esta vez. Durante los próximos años -tenemos esa esperanza-, estas pequeñas partículas participarán sin queja en los miles de millones de habilidosas tareas cooperativas necesarias para mantenerte intacto y permitir que experimentes ese estado tan agradable, pero tan a menudo infravalorado, que se llama existencia.” Bill Bryson, Una breve historia de casi todo.

Es fácil, a veces, perder el horizonte de lo que es y no es la vida o, dicho de otra manera, sobre lo que es y debería ser. Las pretensiones de inmortalidad que son moneda común a lo largo y ancho del mundo y de las civilizaciones me parecen propias de espíritus infantiles, de esos que tienen miedo a lo desconocido, como si otra cosa no fuera el mismo acto de estar vivo. ¿Qué significa despertar cada mañana, levantarse y salir al mundo? Eso es adentrarse a lo desconocido de manera constante. Aun cuando se siga una rutina determinada siempre cabe la posibilidad de que algo rompa —y a veces de manera definitiva— esa torpe costumbre. ¿Quién querría, además, extender esa rutina por toda la eternidad? Siempre que aparece este tema recuerdo aquel fragmento de Destejiendo el arco iris, Richard Dawkins y que me parece el planteo más lúcido que he visto en mucho tiempo:

 “Nosotros vamos a morir y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque ellos nunca nacerán. Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar pero que de hecho nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara. Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats y científicos más importantes que Newton. Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede  masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades, somos TÚ y YO, en nuestra normalidad, los que estamos aquí. Nosotros, los pocos privilegiados que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades ¿Cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?”

El refugio de los cobardes

Todos conocemos a los famosos memes; esas fotografías graciosas que circulan por la red y que sirven para bromear como para criticar. El término meme fue creado por el biólogo Richard Dawkins para referirse a esa tendencia humana de copiar al otro (el término original de Dawkins fue memes del pensamiento; los cuales serían los equivalentes a los genes; mientras éstos pasan información de un individuo a otro, los primeros hacen lo mismo con las ideas). Mejor lo ilustrará un ejemplo:

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El tonto de la fotografía no sabe que la gorra puesta hacia atrás fue una necesidad de los jugadores de béisbol, los cuales comenzaron a darla vuelta cuando entraban a terreno de juego para batear y poder tener una mejor visión. De allí lo tomó la cultura del hip-hop y de allí se extendió por todos lados. El meme del pensamiento hace que la gente pierda de vista hasta el sentido mismo de las cosas, como este muchacho que parece no saber para qué sirve la visera de su propia gorra.

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Bien; los memes, luego han pasado a ser tan útiles en su función graciosa que andan por todos lados haciendo lo que saben hacer mejor: burlarse de todo. Es por eso que muchos políticos pensaron que lo mejor sería, lisa y llanamente, prohibirlos (los políticos parecen no cansarse de su estupidez, por lo visto). Así, en 2014 el legislador chileno Jorge Sabag propuso una ley que imponía cárcel y sanciones para quienes insultaran a las autoridades a través de las redes sociales. Su principal objetivo era acabar con los memes usados para agraviar a la autoridad; el Partido Popular de España (PP) propuso algo similar en el 2016; en indonesia, la ley de Información y Transacciones Electrónicas castiga cualquier comunicación electrónica que incite al miedo o a la vergüenza por delito de difamación; y por último, en México; la diputada suplente del Partido Verde, Selma Gómez Cabrera presentó la propuesta de Ley de Responsabilidad Civil para la Prohibición del Derecho a la Vida Privada, el Honor y la Propia Imagen del Estado (ay, señor, cómo le gustan las mayúsculas a esta gente). Gómez quería regular los memes para “proteger a la familia y a la sociedad”.

memes (4)Bien; más allá de los rimbombantes títulos y objetivos de estos fallidos intentos de censura, hay que reconocer que esta gente algo de razón tiene. Hoy, cualquier tonto con acceso a internet puede difamar a quien quiera y como quiera. Además, ni siquiera dejan rastro para poder ubicarlos y castigarlos como corresponde; ya que abren una cuenta falsa en un ciber y listo, a desperdigar mentiras y falsedades a los cuatro vientos. Después, tal como bien lo sentenciara José Saramago, “La voz pública que, como sabemos, es capaz de jurar lo que no vio y afirmar lo que no sabe” se ocupará de esparcir esas calumnias con absoluta presteza, sabiendo que ninguna consecuencia caerá sobre sus cabezas.
¿Qué hacer entonces? No tengo respuesta a esta pregunta. Lo único que sé que es los llamados troll son una especie que aúna malicia con cobardía y que prohibir no siempre es el camino más seguro ni el más adecuado; pero tampoco puede dejarse sin castigo a quienes se escudan en el anonimato para dar rienda suelta a su odio o a su estupidez.

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Todos somos nazis

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Acabo de ver un debate que tiene un par de años y que se transmitió por la televisión australiana entre el biólogo Richard Dawkins y el Cardenal George Pell; en dos momentos distintos el Cardenal salió con la clásica estupidez de que Hitler era ateo, y de que ésta era la razón de su accionar, etc., etc. ¡En TV y ante millones de personas! Esto me hizo recordar a la ley de Godwin (o la regla de Godwin de las analogías de Hitler), el cual es un adagio de Internet que afirma que: “A medida que una discusión en línea crece, la probabilidad de una comparación con Hitler se aproxima a 1” Es decir, si una discusión en línea (independientemente del tema o el alcance) se prolonga el tiempo suficiente, tarde o temprano alguien comparará a otro (o a algo) con Hitler. (El caso del Cardenal Pell demuestra que La Ley de Godwin se aplica en cualquier ámbito y, por supuesto, no es un caso aislado).

Seguramente les ha pasado a ustedes o lo habrán visto en línea; siempre aparece el tonto que, ante la carencia de argumentos, saca a relucir al gran coco moderno: Hitler. Volviendo a la ley, leo que esta fue promulgada por el abogado y autor estadounidense Mike Godwin en 1990, y originalmente se refirió de manera específica a las discusiones del grupo de noticias de Usenet. Ahora se aplica a cualquier discusión en línea, como foros de Internet, salas de chat y comentarios, así como a discursos, artículos y otras retóricas donde se produce la reductio ad Hitlerum.

Me temo que los tiempos que se avecinan, con el flamante presidente gringo a la cabeza además de otros fascismos, verá reverdecer la Ley de Godwin por todos lados; tanto de parte de los que se encuentren a favor como de los que estén en contra. Será cuestión, entonces, de mirar, de divertirse, y de no participar.

Indignarse es fashion

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Leo, en el número de ayer de la revista Ñ, un breve artículo que hace referencia a la imagen que inicia este post: “Cuando uno se entera de reacciones como las que produjo en Estados Unidos la aparición de una simple remera con la palabra “depression” estampada, puede creer que la gente extraña la presencia del Gran Hermano.” […] “Las protestas masivas del público en Twitter y demás redes sociales sostenían que Urban Outfitters trataba de “glamurizar y convertir en moda una enfermedad mental”. Hablamos de Estados Unidos, donde el Prozac, más que un antidepresivo, es un concepto omnipresente en la cultura y el léxico cotidiano. Prozac es una palabra común en el cine, en la literatura, en la televisión estadounidense.”

Poc0s conceptos me parecen tan ridículos y perniciosos como el de lo políticamente correcto. Y esa manía moderna de ofenderse o indignarse por cualquier cosa —hija directa y legítima de lo políticamente correcto—ya está inmersa en el ridículo más pleno y absoluto. Les dejo dos puntos de vista diferentes sobre el tema de la indignación y de la ofensa. El primero de ellos pertenece al programa de radio La venganza será terrible, conducido por Alejandro Dolina:

El segundo es de una exposición de Richard Dawkins en la Universidad de Berkeley. Lamentablemente, no conseguí ninguna versión con subtítulos; pero de todos modos, para aquellos que no comprendan inglés, un vistazo a los primeros minutos les dará una idea de los argumentos generales de Dawkins.