Todas las mañanas

todas las mañanas del mundo

Hace algunos años, cuando el VHS era novedad, trabajé en un videoclub. El propietario que viésemos las novedades del mes, para así poder recomendar con más acierto a los clientes; pero en seguida me cansé de tal costumbre. La razón fue que gran parte de las llamadas novedades eran malas películas de acción, sobre todo de esas a las que llamo de chinitos voladores. Ustedes ya saben de qué hablo: el héroe en cuestión derriba sólo con sus puños y pies a todo un ejército de maleantes hasta que, al final, se enfrenta a otro como él pero más grande, más malo, más feo, más fuerte… y lo vence tras varios minutos de cruenta batalla donde todo a su alrededor termina destrozado. Bien, paso de ello, aunque alguna película buena hay, obviamente.

El punto es que en aquel lugar me dediqué a ver todo el cine europeo que pude, y allí tomé contacto con una película francesa llamada Tous les matins du monde, es decir, Todas las mañanas del mundo. Lenta, delicada, cuidada hasta el menor detalle, Todas las mañanas… cuenta la historia de Marin Marais y su relación con su maestro, Monsieur de Sainte-Colombe y es el reverso exacto de ese cine pochoclero del que hablé al principio.

El encuadre de cada fotograma recrea la pintura del siglo XVIII. más abajo les dejaré algunas capturas (me disculpo de antemano por la calidad de algunos de ellos, se hace lo que se puede).

Lo reconozco: me enamoré de esta película y, como nadie la alquilaba («es muy lenta» era el argumento más usado para no llevarla), la compré y pasó a formar parte de mi videoteca de entonces. De poco me valió, en algún momento, durante los seis años que viví en EE.UU. alguna mano mágica la hizo desaparecer junto a varias cosas más. Cuando regresé, los videoclubes ya alquilaban el formato DVD, lo cual hizo mucho más difícil encontrar películas como Todas las mañanas… y similares. También la busqué en la red, pero nada. por un momento tuve la sensación de haber pasado a un universo paralelo; no solo no encontraba la película, tampoco encontraba a nadie que la hubiera visto (de esto último me salvó un sobrino, a quien se la había prestado y quien también quedó prendado de ella). Hasta que cierto día (¡Loado sea el Señor de la Red!) alguien, un buen samaritano, un amigo del alma (esos que pululan por el mundo pero que no conocemos físicamente), un compañero de aventuras neuronales (y que se llama Hernán Sandoval), la subió completita y subtitulada a Youtube.

Por supuesto, tardé en descargarla lo que tarda el programa en hacerlo y, por una hora y cincuenta minutos fui el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra, en compañía del eterno Gerard Depardieu, la exquisita Anne Brochet y el increíble Jean-Pierre Marielle. Éste último logra una actuación que roza la perfección. ¿Cómo logra decir tanto con tan poco? Un personaje casi inmóvil a lo largo de toda la película nos transmite cada sensación a través, tan solo, de unos precisos gestos faciales.

Y después le dan el Oscar a cualquier salame cuya única virtud es la de haber participado en una mega-superproducción. Pero eso sí: de Hollywood.