A través del universo

Hace poco vi un atractivo ejemplo de ciencia aplicada en forma poética. Decía algo así: «Ella le dijo Escríbeme algo hermoso. Y él le escribió:

 

Dirac (1)

 

Esta es la ecuación de Dirac, que describe el entrelazamiento cuántico, por el cual se estable que «Si dos sistemas interactúan uno con el otro durante un cierto período de tiempo y luego se separan, lo podemos describir como dos sistemas separados, pero de alguna manera sutil están convertidos en un solo sistema. Aunque se separen y estén a millones de kilómetros de distancia o a años luz, uno de ellos sigue influyendo en el otro. Dos partículas que, de algún modo, estuvieron unidas, siguen estando relacionadas. No importa la distancia entre ambas, aunque se hallen en extremos opuestos del universo, la conexión entre ambas es instantánea».

La idea es por demás romántica, claro está, aunque para ser exactos, es errónea, ya que su aplicación sólo vale para la física cuántica, no para la física tradicional, que es en la cual estamos inmersos. De todos modos, el juego poético-romántico es válido y por demás encantador, hay que reconocerlo. Esta idea me hizo recordar a un fragmento de Roland Barthes que expone lo mismo pero en sentido contrario: parte, podría decirse, de lo poético a lo científico:

 

Dirac (2)

 

«El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. Lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo)». (Roland Barthes. Fragmentos de un discurso amoroso).

Amar a través de las palabras (Amarte a través…)

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El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. Lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación. (Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo).

Roland Barthes. Fragmento de un discurso amoroso.

Amar a través de las palabras (Amarte a través…)

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El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de mis palabras. mi lenguaje tiembla de deseo. La emoción proviene de un doble contacto: por una parte, toda una actividad discursiva viene a realzar discretamente, indirectamente, un significado único, que es “yo te deseo”, y lo libera, lo alimenta, lo ramifica, lo hace estallar (el lenguaje goza tocándose a sí mismo); por otra parte, envuelvo al otro en mis palabras. lo acaricio, lo mimo, converso acerca de estos mimos, me desvivo por hacer durar el comentario al que someto la relación.

(Hablar amorosamente es desvivirse sin término, sin crisis; es practicar una relación sin orgasmo. Existe tal vez una forma literaria de este coitus reservatus: es el galanteo).

Roland Barthes. Fragmento de un discurso amoroso.

Un pequeño punto en la nariz

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Alteración. Producción breve, en el campo amoroso, de una contraimagen del objeto amado. Al capricho de incidentes ínfimos o de rasgos tenues, el sujeto ve alterarse o invertirse repentinamente la buena Imagen.

1. Rusbrock (nota: Rusbrock es un personaje de Dostoievsky) está enterrado desde hace cinco años; lo desentierran; su cuerpo está intacto y puro (¡evidentemente!, si no se acabaría la historia); pero: “había solamente un pequeño punto de la nariz que llevaba una marca ligera, mas una clara marca de corrupción”. Sobre la figura perfecta y como embalsamada del otro (tanto me fascina) percibo de repente un punto de corrupción. Ese punto es menudo: un gesto,, una palabra, un objeto, un traje, algo insólito que surge (que despunta) de una región que jamás imaginé, y que vincula bruscamente al objeto amado con un mundo simple. ¿Será vulgar el otro de quien yo alababa su elegancia y originalidad? De pronto hace un gesto por el cual se descubre en él otra raza. Estoy atónito: escucho un contrarritmo: algo como una síncopa en la bella frase del ser amado, el ruido de un desgarrón en la envoltura lisa de la Imagen.
(Como la gallina del jesuita Kircher, a la que se la libera de la hipnosis con una leve palmada, estoy provisionalmente defascinado, no sin dolor).
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Roland Barthes. Fragmentos de un discurso amoroso.
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Se me ocurre que a veces podemos marcar con precisión cuándo fue que notamos ese punto; mientras que en otras oportunidades lo que nos sorprende es el no haberlo notado antes y ser conscientes de que ya el ser que amábamos no está más ahí, a nuestro lado, que ésa persona es un completo extraño. Ahora, lo más importante, lo que nos compete como seres responsables y pensantes: ¿Hacemos nosotros lo necesario para que ese punto no aparezca en nuestra nariz, o nos abandonamos a la rutina de lo logrado y después culpamos al otro o al destino o la mala suerte?