Astucia romántica

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Una historia curiosa de dos amantes pobres, cuyo sistema de correspondencia se confinaba a una ingeniosa cifra de manchas de tinta en el exterior de una carta (o de un sobre, para ser más precisos), es contada por el poeta Samuel Taylor Coleridge. Según él, en uno de sus paseos en el distrito de los lagos, vio al cartero ofrecer una carta a la sirvienta en una posada de una aldea que, después de mirar cuidadosamente la dirección, devolvió el documento al cartero, diciéndole que no podía tomarla, ya que era demasiado pobre para pagar el franqueo. Entonces Coleridge dio un paso adelante y dando al cartero el chelín requerido para la carta, se la entregó a la muchacha. Para su sorpresa, ella no pareció tan contenta como él había esperado; entonces, cuando el cartero estaba fuera de la vista, explicó el asunto confesando al poeta que toda la carta consistía en su dirección y ciertas manchas y marcas exteriores y que ése era el método adoptado por su amante y por ella misma para mantenerse al día. Una correspondencia que no pagaba el franqueo requerido. Sólo espero que esos dos pobres muchachos hayan visto compensadas sus carencias económicas con otras riquezas. Ante bolsillos vacíos, prefiero imaginarlos ricos en caricias y noches compartidas. Abiertos a inventar o creer cualquier posible final, me quedo con ese, sencillo y tan pobre de ideas como ellos de monedas, pero que tal vez justifique al mundo entero.