Mariposas, mariposas por todos lados

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Monarcas 02

Foto: Borgeano

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«Ya no se ven mariposas. Antes se veían muchas; ahora ya no». Recuerdo haber oído a mi madre decir eso hace ya más de cuatro décadas (aproximándose peligrosamente a las cinco). Creo que lo que más recuerdo de esas palabras fue el tono melancólico en el que las pronunció. Ella venía de vivir en una zona rural, en un vagón del ferrocarril donde trabajaba mi padre, el cual estaba acondicionado como vivienda. Cuando dijo esas palabras estábamos en una ciudad y, aunque vivíamos en los suburbios, las mariposas por allí no se acercaban. El tono melancólico ―vuelvo a él porque es lo más importante de esas palabras― reflejaban la pérdida de aquello que se tuvo y que se echa de menos, tal vez porque de alguna manera íntima y no racional, se sabe que no se volverá a poseer, a encontrar.

Recordé esas palabras cuando ascendía por las escaleras de madera o los senderos de grava y tierra del cerro Campanario hacia el Santuario de las mariposas Monarca; la extraña mariposa que viaja más de ocho mil kilómetros para escapar del invierno canadiense e hibernar aquí, a más de tres mil metros de altura, en estas cimas de cedro, pino y oyamel. La mañana estaba fresca y densas nubes cubrían el cielo. Quienes me llevaron aquel día me dijeron que no íbamos a tener suerte, que no íbamos a ver nada y, aunque después supe con exactitud a qué se referían, allí estábamos y seguimos subiendo sólo para ver si teníamos suerte al llegar a la cima; si el clima cambiaba en el tiempo que nos tomaba subir esos dos kilómetros y fracción caminando. Al llegar allí encontramos un sitio amplio, cercado por cintas amarillas. Los altos árboles que nos rodeaban fueron, para mí, una maravilla; pero para quienes me habían llevado estaban bastante desilusionados; ellos querían sorprenderme con el vuelo de miles o de decenas de miles de mariposas anaranjadas y negras; y lo único que pudimos ver eran los grandes racimos (¿se les dirá así? No lo creo, pero esa es la imagen que se me ocurre: la del racimo, como si estuviese frente a una vid gigantesca; de decenas de metros de alto y con racimos de dos o tres metros colgando de las ramas) de mariposas que, dormidas, esperaban el regreso del tiempo propicio para regresar a Canadá, cruzando medio México y todos los Estados Unidos. La desilusión de mis acompañantes no es compartida por mí. El saber que esas pequeñas mariposas (con todo lo que una mariposa es o implica en el imaginario humano; no hay otro animal que sea o pueda ser el símbolo de la fragilidad como lo son ellas) realicen ese viaje hasta esta exacta montaña y las que la rodean es algo que roza lo inexplicable; no porque la ciencia no pueda hacerlo, por supuesto, sino porque al ver una sola de ellas se pierde toda relación con las precisiones científicas. La poética visión de una mariposa o de miles de ellas dormitando en un racimo colgado de un oyamel hace que dejemos de lado las precisiones y nos abandonemos a la maravilla de lo imposible. Entonces, no es que no podamos explicar la migración de las Monarcas; es que preferimos no hacerlo.

Estuvimos un par de horas allí, mirando hacia lo alto; pero el cielo no abría, el frío se acrecentaba, las nubes se tornaban cada vez más densas y oscuras y, ante la posibilidad de que la lluvia nos atrapara allí, decidimos bajar. Las disculpas de mis acompañantes eran innecesarias. Yo había visto mucho, más que suficiente.

Aún así; dos semanas después, por insistencia de uno de ellos, volvimos. Retomamos la subida con calma, deteniéndonos, incluso, cada tanto para descansar (no es que se esté ascendiendo a la cima del Everest o del Aconcagua; pero para alguien nacido al nivel del mar; ascender por laderas empinadas a tres mil metros no es algo que se haga al trote ni mucho menos). Al llegar a la cima del Campanario entendí a mis acompañantes cuando dos semanas antes se habían sentido desilusionados ante la quietud de las Monarcas. Todo era una explosión de color y movimiento continuo: miles, tal vez decenas de miles de mariposas volando por doquier y los racimos, allí arriba, continuaban intactos. En la cima de la montaña, es decir, en pleno santuario, debe mantenerse el silencio y, de ser necesario hablar, sólo hay que hacerlo en un susurro; pero no hace falta que nadie nos lo diga de manera explícita; este es uno de esos sitios donde la naturaleza impone su dominio y su impronta de magnificencia. Aquí el silencio es obligado porque así nos lo señala el entorno. ¿Qué puede decirse? En silencio alguno señala un claro en el bosque, donde los rayos de sol penetran casi verticales y donde las mariposas vuelan en mayor cantidad. Nos tocó un buen día y eso marcó la diferencia (luego nos enteramos que el día anterior había ocurrido todo lo contrario; el frío y la falta de sol hizo que la quietud de las mariposas fuese aún mayor que la primera vez que estuvimos allí. «Es sólo una cuestión de suerte», nos dijo uno de los guardaparques. Y nosotros la habíamos tenido esa tarde).

Las mariposas no pueden tocarse, ni siquiera las que mueren y quedan sobre el suelo vegetal; pero ellas vienen y van, rodean al visitante que se queda de una pieza, mudo y sonriente (una constante en todos los que allí estaban) y se posan en su cuerpo, como para que podamos, por fin, observarlas como queremos hacerlo: a pocos centímetros de nuestros ojos y por varios minutos.

Aunque es innecesario, me acerco a la cinta amarilla, como si así pudiera estar más cerca de ellas. Pienso en mi madre y me digo que me gustaría que estuviera allí, conmigo y con ellas. Invertir la melancolía de aquellas palabras suyas y decirle que sí; que aún las hay, y muchas; y que viajan ocho mil kilómetros, y que duermen colgadas de las ramas del oyamel o del cedro y que ellas, al igual que nosotros, tal vez lo único que necesitan es un poco de sol y silencio. Lo demás es sólo un largo viaje.

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Monarcas 01

Foto: Borgeano

 

Rodeado de mariposas (I)

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La Reserva de la Biosfera de la Mariposa Monarca se encuentra al este del estado de Michoacán y parte del oeste del Estado de México. Llegar hasta allí desde Morelia implica unas tres horas de ruta sinuosa. La reserva fue creada para proteger el entorno natural y hábitat de la mariposa monarca y fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 2008. Me hacía mucha ilusión saber que iba a visitar la reserva y tal vez eso me jugó un poco en contra. La visita no fue tan espectacular como lo esperaba, pero de ninguna manera puedo decir que no fue maravilloso el haber estado allí. Las mariposas, en esta16831957_1890685871142993_5593796591494910125_n época del año, vuelan por miles a lo largo y ancho del enorme santuario; pero sólo lo hacen cuando el sol está a pleno, cuando la luz y el calor se filtran en el cerrado bosque michoacano. El día en que pude ir, por otra parte, estuvo nublado y frío, con eventuales apariciones del sol; y allí sí que pude verlas desplegar su encantador vuelo (ver volar una mariposa tal vez no sea gran cosa; ver volar a miles en el mismo sitio es algo que una de esas cosas que no se olvidan tan fácilmente).
Llegamos al parque por la mañana temprano y subimos los casi tres kilómetros hasta el Santuario el Rosario (en total son cinco) en silencio. Las nubes cubrían el cielo (lo cual no es extraño si pensamos que nos encontrábamos en una montaña a unos 3000 metros de altura) y al comenzar la caminata también soportamos una ligera lluvia, la cual no duró
demasiado. Entre los muchos datos que sorprenden, tal vez el mayor sea el saber que las mariposas Monarca realizan un viaje migratorio de alrededor 16649434_1890685547809692_2411371478049313498_nde 4000 kilómetros entre Canadá y esta precisa zona mexicana, donde los bosques de Oyamel (una variedad de pino de tronco delgado y notable altura) les brindan la protección que necesitan.
A lo largo de la subida hay carteles informativos sobre el ciclo de vida de las mariposas; fue allí que me enteré de que las mariposas que llegan aquí son las que para hibernar durante unos tres meses.
forman la llamada Generación Matusalén. Cuando se acerca el otoño, en los sitios de Canadá y Estados unidos donde vive esta mariposa, surge esta generación especial que se caracterizará por su largo período de vida. A diferencia de sus padres, abuelos, bisabuelos y tatarabuelos que tendrán vidas efímeras (de cuatro a cinco semanas) las mariposas migratorias vivirán hasta ocho meses y serán quienes realicen el viaje de miles de kilómetros de largo.